Sin duda, hay muchas maneras de adornar con calificativos la situación y, muy particularmente, el embrollo español. Para la Historia de nuestro pequeño y maltratado país, sirvan mis primeras pinceladas de urgencia para indicar, con brocha gorda, los principales elementos de la variada parafernalia que compone el actual mosaico en donde nos vemos obligados a desarrollar, porque no tenemos otra, nuestra existencia.
El fondo principal lo compone, sin duda, el desarrollo, aún descontrolado, de la pandemia de la Covid, de la que España, por razones que no hemos llegado a descifrar con claridad, se convirtió en el sufridor europeo por antonomasia.
Sabemos que, en el origen, allá por el mes de febrero de 2020, los sabios epidemiólogos oficiales, con escasos recursos intelectuales y ocultando sus afinidades políticas con el Régimen, minimizaron el ataque vírico e incluso desaconsejaron la adopción de medidas profilácticas y de defensa (léase, como ejemplo, el uso general de mascarillas adecuadas), que se sabía con certeza histórica (¡desde la pandemia vírica de 2014, por lo menos!) que eran imprescindibles.
Y sabemos hoy, con la sagacidad que nos concede la investigación de fuentes plurales y la situación en otros países europeos, que, aunque se sigue ignorando muchas cosas respecto a la propagación del virus y casi todo de la forma de salvarnos en caso de contagio grave o de protegernos contra el mismo de forma definitiva (lo que no esté empañado por turbios intereses comerciales de aviesas farmacéuticas y la acelerada manifestación de posturas por parte de epidemiólogos de toda condición), seguimos dando los bandazos de la improvisación, la desinformación y la falta de autoridad ética y política de nuestros representantes.
Hemos pasado de la alabanza desmesurada a la gestión de la pandemia realizada en la siempre marginada región asturiana, prodigioso resultado, se dijo, en la primera oleada de contagios, del bien hacer del gobierno local socialista, obviando los justos efectos de la insularidad, del efecto salutífero de la naturaleza y del viento y de la dispersión de los núcleos urbanos.
Hemos discurrido por los vituperios y descalificaciones mordaces a la gestión de la presidenta madrileña, tratando incluso de romper la coalición entre el PP y Ciudadanos que hizo viable esa ventura, tildando a sus consejeros médicos y virólogos casi da asesinos, sin hacer caso de la tremenda concentración vírica que supone la capitalidad, el flujo de turistas extranjeros y la alta densidad del transporte público, básico para sostener la economía regional.
Cambiadas las tornas, Asturias se sumerge en las profundidades de las altas cifras (valga el oxímoron) en esta segunda ola de la pandemia, con riesgo de que las UCI lleguen a un punto de colapso y Madrid saca pecho orgullosa de sus medidas peculiares de contención de la pandemia, que, desde luego, han conseguido distender la situación hospitalaria y relajar, sin bajar la guardia ante el respeto a usos y distancias, la tensión en la calle, a despecho de las concentraciones de energúmenos que defienden el libre contagio, la anarquía general y la destrucción de los bienes públicos y privados.
Con todo, siendo importante la cuestión vírica, causante de una depresión económica de la que España tardará años en recuperarse, y que obligará, sin duda, a una recomposición de los sectores empresariales y a revisar las líneas de generación de empleo y riqueza, lo que me duele especialmente es el comportamiento de los políticos. El virus pasará, la crisis económica se superará, pero el mal que emponzoña la política puede provocar efectos nefastos que nos conducirán a un desastre de muy difícil superación.
Los síntomas son tan evidentes que me sorprende la poca reacción que provocan en los medios y, sobre todo, en los otros poderes del Estado. El Parlamento y el Senado actuando como si estuvieran secuestrados no cumplen su función de independencia legislativa, subordinados al rodillo insolente del Gobierno Tampoco puedo entender la pasividad del poder judicial, con una Judicatura indudablemente politizada y hasta se podría calificar de incuria profesional (dicho sea con el respeto al que me obliga mi condición de abogado) algunas actuaciones de la Fiscalía.
Tal parece que se ha conseguido despreciar, convirtiéndolo oficialmente en papel mojado, el obligado respeto no ya a la palabra dada, en juramento o promesa de cumplir la legalidad, sino el sagrado -por lo sublime- compromiso con el pueblo, como imprescindible ejemplo, de respetar la libertad de las instituciones, atender al bien común y ser el primer garante de la Constitución desde el Gobierno que obliga, como sabe o debería saber todo escolar y con mayor razón todo ciudadano adulto, máxime ocupando un cargo oficial, a defender, con palabras y con hechos, que somos una Monarquía parlamentaria, una nación indivisible, un pueblo orgulloso de una Historia común y una democracia que habíamos conseguido que fuera ejemplo para el mundo.
Todo se ha roto. Tenemos un Gobierno mestizo, que ha combinado los restos de un socialismo desconocido para los socialdemócratas serios, con lo más peligroso del secesionismo republicano, que ha demostrado históricamente la falta de respeto a la ley y al orden, (llegando incluso a asesinar por la miserable defensa de unos principios del terrorismo más vil) y un populismo faccioso, que ha dinamitado, convirtiéndolas en jugo de rebelión, las ideas respetabilísimas de la izquierda comunista que había conseguido, no sin esfuerzo ideológico, adaptar su posición revolucionaria para encajar en las vías del progreso democrático, universal y pragmático.
Me ha dolido el juego que el vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, se permite con la Monarquía, que es nuestra forma democrática legal de Jefatura de Estado. No tengo nada que objetarle a la convicción republicana de este personaje de aspecto inquietante y atuendo descuidado -yo también me confieso favorable a esa forma, aparentemente más igualitaria, con la que aupar a una persona a la posición representativa, simbólica, de las esencias comunes de un pueblo-.
Pero jamás, es decir, como dirían mis nietas, nunca jamás, dejaré de defender a nuestro Jefe de Estado, mientras ostente esa representación legítima, apoyada por el sentir popular mayoritario y refrendada por actuaciones personales impecables. Nunca utilizaría mi posición, desde luego, contra el garante de la unidad nacional, menospreciando, criticando o socavando su autoridad. Nunca me prestaría a usar los poderes que me concede mi posición en el gobierno para destruir la unidad nacional, y atacar al símbolo que la personifica -que, además, en este momento, está felizmente depositado en una persona de excelente formación y gran capacidad empática, Su Majestad Felipe VI-.
De otras posiciones, de las actitudes de algunos de los ministros responsables en el Gobierno, de la ambigüedad inexplicable de su Presidente en cuestiones claves del Estado, de la anomia paralizante que rebelan algunos líderes de la oposición, del silencio cómplice de las fuerzas garantes de la unidad de España ante algunos desmanes no solo dialécticos, y, en fin, de la situación de ataxia de demasiadas estructuras básicas del país, escribiré, si tengo fuerzas, mañana.
Hoy debo descansar, después de siete horas de sesión oncológica, en la que, desde el forzado aislamiento del tratamiento clínico (magníficamente atendido por eficientes enfermeras del Hospital de Día de mi centro de Referencia, el Ramón y Cajal). Buenas noches, pues

