Cerca de diez mil personas, según diversas fuentes, han cruzado irregularmente el 18 de mayo de 2021 la frontera de Ceuta (por encima del doce por ciento de la población de la ciudad, que tiene un censo 80,000 habitantes ). De ellas, una décima parte son niños; alguno, incluso, bebé. El súbito asalto tiene todo el aspecto de haber sido organizado por el gobierno marroquí, pues ha contado con el beneplácito de la guardia de fronteras marroquí, que indicaba a los expedicionarios, muchos de ellos llegados en autobús, el punto de la frontera al que deberían dirigirse, abriéndoles las puertas de la valla de cierre.
Al advertir que el control que ejercía la policía marroquí sobre la frontera no existía, y que la guardia de frontera española, ante lo inusitado de la invasión humana, se veía desbordada inicialmente, algunos de los que estaban aguardando desde hace días la oportunidad del paso ilegal, en los alrededores del Carajal, aprovecharon la vía abierta. Ya no eran marroquíes, sino originales de países subsaharianos.
No se trata, pues, en esencia, de una oleada de migración como consecuencia de la crisis económica y alimentaria del África profunda (países del Sahel, fundamentalmente). Es una increíble operación de uso de una población para lanzar una señal -una advertencia, una muestra de descontento- hacia un «país amigo».
La maniobra tiene, sin duda, la autorización e impulso del rey Mohamed VI, personaje de otra época, que dirige como si fuera su feudo el país con la frontera más desequilibrada con la Unión Europea, ya que el pib per cápita es aproximadamente la décima parte del de España, y nuestro país dista menos de 20 km (medidos por el estrecho de Gibraltar), además de contar con dos ciudades autónomas en el continente africano (Ceuta y Melilla).
La invasión humana teledirigida es, por todos los indicios, una maniobra de presión -al estilo de la Marcha Verde de los tiempos del papá Hassan II, y del que obtuvo importantes réditos-. Por sorprendente que parezca, gracias a la utilización de una sumisa población que habita en la falsa democracia marroquí en la que reciben el carácter de súbditos y no de ciudadanos libres, fue posible movilizar unos cuantos miles de personas para invadir «pacíficamente» un país vecino, miembro de la Unión Europea. La operación, de gran riesgo para esos seres humanos, cuenta con una suposición favorable, una certeza. El país invadido se portará con excepcional diligencia para que no se produzcan víctimas y tratará a los invasores con sensibilidad y delicadeza.
Así ha sido. España acoge y acogerá a los infantes invasores con cariño y atención sanitaria especial; a los adultos, si no se deciden a volver por sus medios, se les hará chequeo médico, se les alimentará y cuidará y, finalmente, se les devolverá después de un procedimiento establecido aunque no muy sencillo si no lo hacen por su propia voluntad (al ser España un país democrático, los ciudadanos extranjeros, aunque se hayan introducido en su territorio por medios ilegales, gozan de derechos e incluso beneficios).
La crisis está dando mucho que hablar y, por supuesto, la mayoría de nuestros representantes políticos no han escatimado decir algunas tonterías improvisadas. Se han reavivado los fuegos sin apagar del Frente Polisario (su líder está siendo atendido en Logroño de un cáncer terminal, aunque tiene causas pendientes con la justicia española). Sobre todo, ha quedado en descubierto el culo al aire de nuestra pésima estrategia con Marruecos, país al que no sabemos cómo tratar ¿de igual a igual o como enemigo encubierto?-, y a cuyo Monarca tratamos de «familia real» pero no siempre damos el jabón necesario.
Se han movilizado más de 3.000 efectivos del Ejército en Ceuta y se está en alerta en Melilla. Estados Unidos, siempre atento su Presidente de turno para hacer una política internacional centrada en sus exclusivos intereses, ha aprovechado el momento (o no; es igual) para manifestar su simpatía con el régimen marroquí con un mensaje impresentable. Obama y Trump ya expresaron su apoyo a la adhesión de la vieja colonia española -convertida en un Estado fallido- a la avidez fagocitadora del cacique marroquí y sus huestes, interesados en aumentar su territorio y su propia riqueza personal.
Juego de emes. Marruecos mete miedo. Mi mamá me mima. Mohamed miente mucho. Mucha mierda más.

