I
Admirable su voz ronca, cuyas palabras
comprometían, al sonar, el eco de la sala,
atronando.
Leía versos sociales
pero igual podía encender una guerra,
destruirnos a todos.
En las filas de atrás, modestos por la fuerza,
nos limitábamos a envidiar en silencio
su poder para captar la atención
de aquellas hembras duras
que parecían vivir pendientes de su favor;
y a nuestras señales de pollitos muy tiernos
respondían con miradas al aire.
Lo más seguro
es que sobre todos nosotros gravitaba una orden de busca
y captura permanente,
pero -teniendo en cuenta nuestros antecedentes de locura-
nos unía lo agradable que era
sabernos protagonistas del recelo
con el que, en las cuatro habitaciones de los lados,
alguien vigilaba nuestros pasos,
estudiaba mínimo los gestos,
nos sonábamos la nariz, íbamos al baño.
El ya no está. Incluso, en los momentos más bajos,
dudo que existiera.
Las mujeres que nos hacían vibrar, soñando
con noches de recreo y sinrazón, son pálidas
gemas engastadas en prótesis cuyos ojos
tienen el brillo de las cataratas de la vida;
puestas a olvidar, ni siquiera identifican bien las fechas.
II
Pero lo que más me preocupa todavía
es que no reconozco la pasión de tu éxito,
qué has hecho del imberbe revoltoso
puesto a vivir en ese hombre mayor,
iconoclasta de élite, hoy devoto del montón,
crítico demoledor ayer, que se cree respetable
controlando mal las opiniones ajenas,
actor que ha construído su razón de seguir,
(qué espantosa carrera),
en rentabilizar, lleno de ansias,
la debilidad de lo que toca.
(De Con algo suave, Angel Manuel Arias, 1996)

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