Hoy, siete de julio, cumplo años. A mi edad, mis abuelos varones habían muerto; mi bisabuelo Vicente, que falleció con ochenta y ocho, andaba por estas sus fechas en La Habana, y su yerno, Manuel, que acababa de volver allá para enderezar los asuntos y, tal vez, evitar que lo mataran sus compatriotas, lo encontró «acriollado».
A mi padre le quedarían todavía doce años de su cuenta particular, antes de caerse al pie de la cama, diciendo a su viuda Isabel que «no era nada». Mi madre haría ya décadas que se había muerto, dejándome cambiado.
El escribano del libro de Job, después de poner en boca de Jehová unas poéticas palabras sobre la fortaleza del hipopótamo (Behemot) y del cocodrilo (Leviathan), que habrían de servir como prueba, si fueren creídas, de que además de su simpatía contrastada por coleccionar escarabajos, Dios nos tiene a los humanos por seres debiluchos, concluye que el virtuoso varón «después de esto, vivió ciento cuarenta años y vio a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, hasta la cuarta generación. Murió, pues, Job, viejo, y lleno de días». (1)
Haré como que no me doy cuenta del tiempo que me pasa. Como suelo hacer desde que los encierros de Pamplona se corren por la tele, he conectado el aparato, para ponerme en conexión con la estupidez humana, de la que formo parte alícuota.
Ver a miles de individuos acelerarse delante de seis toros (hoy fueron cinco, porque uno se rompió una pata en el encierrillo de ayer), exponiéndose a que en la carrera les pisoteen los bravos o los cabestros, sufran magulladuras por efecto de la pasada de la manada cornúpeta o la bípeda, e incluso se lleven un puntazo de recuerdo a la enfermería o al otro mundo, me encandila. Manera segura y barata de ponerme a tono con la naturaleza de la que formo parte: Polvo soy, y, desde luego, nihil me alienum puto.
Si me hago yo el currículum, lo puedo llenar de fechas, episodios, diplomas y menciones y hasta podría sentirme tentado a incluir, ocultando fracasos, ciertos logros. No me impide esa fatuidad carente de escenario, reconocer que, a salvo a algunos de la familia más directa, y puede que también a un par de amigos de cuidado, a nadie más le llevaría más de un segundo despacharme.
En fin, repito la misma historia particular, con el empeño de quien se piensa un héroe. No queriendo ser consciente (qué remedio) de que lo que tendré vivido, bien resumido, serán dos meras fechas escritas sobre el viento, caídas junto a millones de hojas de otros tantos que también se empeñaron en contarse. Incluso sospecho, escéptico ilustrado, que lo que nos cuentan de los cuatro personajes que han pasado a la Historia, son inventos, leyendas, mitos que mienten más que corroboran su existencia: pudieron no haber nacido.
Caben más días. No me veo con el vaso colmado, tengo ganas de más. Quiero saber mejor, recibir de los que amo, ver crecer, poder contar. Por eso, mientras le doy cuerda al reloj, me esfuerzo en disimular, tratando de pasar desapercibido, no a ti que me lees, sino al que siega los propósitos.
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(1) En otras traducciones, «colmado de días».

no sabía la fecha, pero ya que lo dices, pues eso: Felicidades!!!!
por otro lado, mi abuelo, decía con respecto a los encierros de San Fermín: «no sé quién es más animal, si los toros o los que corren delante de ellos.»
saludos.