A medida que se van concretando los signos por los que podríamos deducir que nos encontramos en la etapa más interesante de la evolución de la Humanidad, -es decir, de la última-, supongo que no seré el único preocupado porque sea lo más dilatada posible.
No merece la pena detenerse en detallar cuáles son esas señales que me hacen sospechar que la cuerda cósmica que nos compete se nos está acabando. Los ritmos de los cambios se han acelerado exponencialmente, la presión consumista sobre la naturaleza es ya insostenible, el desacuerdo sobre lo que convendría hacer se consolida como insalvable (desigualdades sociales, desprecio a principios éticos, fanatismos contagiosos, contaminación galopante, desequilibrios climáticos asumidos con estulta resignación, modelos económicos en crisis de solvencia, individualismos exacerbados, ausencia de liderazgos solventes, etc.).
Admitiendo que la adopción de medidas globales es imposible, ante la dispersión y heterogeneidad de los centros de decisión, preocupados por mantener a flote sus cuatro dogmas, a los que no participamos en la toma de decisiones pero mantenemos la ilusión de considerarnos capaces para realizar, aunque sea limitado, un análisis de lo que está pasando, solo nos queda escribir a los dioses.
Recuerdo la emoción que me produzco leer por primera vez a Mircea Eliade («El mito del eterno retorno») y la atención con la que me detuve en saborear la idea de que la fe supone la emancipación de la ley natural, y de que la presunción, entendida como un axioma, es decir, un a priori sin justificación, de que existe Dios, es el pilar más sólido de nuestro concepto de libertad.
La existencia de un ser superior a nosotros, que está en el otro lado de nuestro devenir, esperándonos, proporciona, según Eliade, la certeza de que las tragedias que ha soportado la Humanidad, a lo largo de su Historia, tienen un significado que las trasciende. Con palabras más llanas, debieron haber servido para algo: para corregir el rumbo, cuando estaba equivocado, en relación con ese tactismo luminoso hacia quien, deberíamos aceptar, es el autor de esta grandiosa escenografía en la que evolucionamos desde el primer mono-homínido, hasta el homo sapiens superior que creemos ser ahora.
Estoy lejos -aunque no exactamente en el polo opuesto- de la conclusión de Eliade, pero lo que me gustaría, y por ello, a mis lares y penates invoco cada noche, es que esta última catarsis, contradiciendo por una vez a Aristóteles, se realice sin tragedia. Que me pille, a mí y, al menos, a los que quiero, en un dulce sueño.

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