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Catarsis sin tragedia

7 diciembre, 2014 By amarias Deja un comentario

A medida que se van concretando los signos por los que podríamos deducir que nos encontramos en la etapa más interesante de la evolución de la Humanidad, -es decir, de la última-, supongo que no seré el único preocupado porque sea lo más dilatada posible.

No merece la pena detenerse en detallar cuáles son esas señales que me hacen sospechar que la cuerda cósmica que nos compete se nos está acabando. Los ritmos de los cambios se han acelerado exponencialmente, la presión consumista sobre la naturaleza es ya insostenible, el desacuerdo sobre lo que convendría hacer se consolida como insalvable (desigualdades sociales, desprecio a principios éticos, fanatismos contagiosos, contaminación galopante, desequilibrios climáticos asumidos con estulta resignación, modelos económicos en crisis de solvencia, individualismos exacerbados, ausencia de liderazgos solventes, etc.).

Admitiendo que la adopción de medidas globales es imposible, ante la dispersión y heterogeneidad de los centros de decisión, preocupados por mantener a flote sus cuatro dogmas, a los que no participamos en la toma de decisiones pero mantenemos la ilusión de considerarnos capaces para realizar, aunque sea limitado, un análisis de lo que está pasando, solo nos queda escribir a los dioses.

Recuerdo la emoción que me produzco leer por primera vez a Mircea Eliade («El mito del eterno retorno») y la atención con la que me detuve en saborear la idea de que la fe supone la emancipación de la ley natural, y de que la presunción, entendida como un axioma, es decir, un a priori sin justificación, de que existe Dios, es el pilar más sólido de nuestro concepto de libertad.

La existencia de un ser superior a nosotros, que está en el otro lado de nuestro devenir, esperándonos, proporciona, según Eliade, la certeza de que las tragedias que ha soportado la Humanidad, a lo largo de su Historia, tienen un significado que las trasciende. Con palabras más llanas, debieron haber servido para algo: para corregir el rumbo, cuando estaba equivocado, en relación con ese tactismo luminoso hacia quien, deberíamos aceptar, es el autor de esta grandiosa escenografía en la que evolucionamos desde el primer mono-homínido, hasta el homo sapiens superior que creemos ser ahora.

Estoy lejos -aunque no exactamente en el polo opuesto- de la conclusión de Eliade, pero lo que me gustaría, y por ello, a mis lares y penates invoco cada noche, es que esta última catarsis, contradiciendo por una vez a Aristóteles, se realice sin tragedia. Que me pille, a mí y, al menos, a los que quiero, en un dulce sueño.

Publicado en: Actualidad, Política Etiquetado como: Aristóteles, catarsis, Eliade, historia, mito del eterno retorno

El efecto sangre

1 marzo, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Pocas series televisivas y ya contadas películas pueden sustraerse al efecto sangre («the blood effect»). Incluso se le han incorporado otros efectos, combinándolo con cortes de cabezas y extremidades producidos por tajos espeluznantes, o se le adorna con caídas estrepitosas interpretadas por espectaculares acróbatas circenses.

La excusa para sacar la sangre a pasear ha sido variada, y de creciente complejidad: un intercambio de disparos entr bandas rivales, una batalla campal con espadas, cañones o a porrazos, una operación quirúgica con extracción de varios órganos vitales, o un accidente en un medio de transporte con centenares de víctimas a cual más destrozada.

Ya que la oferta visual al espectáculo se refuerza con el uso del color, la variedad de efectos sanguíneos cubre desde el rojo kechup hasta complejos tonos que pululan desde los terrenos del carmín al del magenta.

Pero como a todo se acostumbra quien no sufre la desgracia en sus propias carnes, el efecto sangre ha perdido fuelle, para cederle hoy claramente el sitio al efecto cadáver («corpse effect» o «zombie effect»), tendencia que ha sido inmediatamente incorporada en los festejos de Carnaval, donde las máscaras con un hacha incrustada en el cráneo rivalizan con la presencia de travestidos orondos con medias de malla.

En la vida real, el efecto sangre tiene, como se sabe, un poder de atracción instantánea, aunque arrastra el problema de que decae rápidamente. Ha sido siempre así. De tarde en tarde, la tribu necesita su catarsis, y es preciso seleccionar algún culpable, para entregárselo. Presentado a la exposición pública marcado con un par de latigazos y con las vestiduras desgarradas o, abandonado donde sea fácil de encontrar, para que sea descubierto por la masa el objetivo, lo que sigue está más visto que el TBO de mis tiempos de niño.

La multitud se lanza como posesa sobre el malo, intentando despedazarlo, en una escena de linchamiento que no parecería posible controlar ni desviar.

Pero no hay que alarmarse. Es muy posible que todo sea, en realidad, falso. En primer lugar, lo que no sabrá jamás la masa, mientras cree satisfacer sus ansias de justicia, de sangre, de expiación y catarsis, es que los objetivos no los elige ella. Le son presentados, con criterios de oportunidad, o de venganza, por sus cuidadores. …son los cuidadores de la masa, los que tienen por oficio y, por tanto, se lo toman muy a pecho, mantener los niveles de dieta de sangre adecuados, ofreciendo las adecuadas víctimas para el sacrificio tribal en sus altares, después de haberlas colocado con el caperuzo y las cadenas.

Y en segundo lugar, tengo la sospecha, de que, como en las películas, el efecto sangre es solo un truco del decorador y el estilista, que se incorporan al libreto para darle credibilidad y, por su acción, las manchas de sangre que lucen los sometidos al sacrificio de caer bajo los pisotones e iras populares, son ficticias. Se pretende, con ello, derivar la atención de otros objetivos más altos, calmar los ánimos populacheros y, sobre todo, hacer innecesario que las huestes obliguen a pasar a la fase mucho más delicada de «efecto cadáver», y, además, que se realice sobre el que está más arriba, pasando por encima del que se propone para que reciba los golpes de la turba.

Fundamento esa sospecha, en que, pasado cierto tiempo, los cogidos en trampa hoy desaparecen pronto de la escena, y son suplantados por otros nuevos  tipos, que distraen los ánimos, cubiertos con grandes ademanes, con montones más espesos de ketchup y pintura y moratones, adobados con gritos por los que se nos quiere ilustrar del tremendo castigo que se les está infligiendo.

Por eso reaparecen algunos con el tiempo, limpios ya de sangre, tan campantes, para darnos consejos sobre lo que tendríamos que hacer con los culpables; mientras los que están por encima de todo preparan, satisfechos, más guiones con efectos sangre, efectos zombi y otros efectos especiales, haciéndonos creer, con tales dosis de verosimilitud que lo que estamos viviendo es realidad, cuando no deja de ser pura fantasía.

Publicado en: Actualidad, Uncategorized Etiquetado como: acróbatas circenses, Blood effect, carnaval, catarsis, efecto cadáver, efecto sangre, efectos, sospecha

El Club de la Tragedia: Por dónde hay que cortar

20 enero, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Transcurrida la hora menguada para las calles, en que, por faltar la luna, el momento había resultado término redondo de todo requiebro lechuzo, el piélago racional español continúa trabando la batalla de cada día, cada uno con propósito y negocio diferente, en la pretensión de engañarse los unos a los otros. (1)

De lo que algunos no parecen darse cuenta, fingiendo que aquí no ha pasado nada es que, en esta noche pasada, el Diablo Cojuelo ha estado alzando los tejados de ciertas casas escogidas, levantando una polvareda de embustes y mentiras que nos dejó boquiabiertos.

Retornados hoy a la luz del día, no atinamos a descubrir, aturdidos como estamos, una brizna de verdad, ni por un ojo de la cara, en cuantos nos dicen ser de otra ralea bien distinta a los bichejos con los que se encuentran juntos en las rendijas.

Andan los pobres y pobras escarapelados viendo la justicia en su garito, y mientras con parsimonia proverbial desgrana como puede la madeja de los hechos, interferida o intervenida como can sujeto con correa por intereses de gran pelaje y superior calado, tememos los de a pie que el Cojuelo nos ponga de manifiesto más y más tramposos, porque prosiguiendo su labor de destape nocturno, al descubrirnos, a cada luz del día, más sujetos de tal calaña, nos deje a los restantes por confusos, inermes, por escandalizados, corridos, por confiados, más ayunos.

Dicen ahora los que creen saber lo que se cuece después de haber comido, que el Cojuelo actúa por despecho al haber sido expulsado él mismo del bienestar de un Paraíso donde moraban los demonios principales, y que, vuelto esclavo liberado de la redoma a donde le había confinado un astrólogo desnortado -que es, como decir, licenciado en economías de provecho-, se ha hecho amigo de un tal Cleofás, estudiante en la profesión de provocar el cataclismo en lo que toque -becario de un medio de difusión, por todas señas-.

Pues ya lo tenemos aquí, un desaguisado más. El diablo alzando velos, como quien levanta el hojaldre de un pastelón, dejando ver la carne pútrida que ha generado nuestro país en la fiambrera de la desidia colectiva, y convertida en pasto de risión ajena, nuestra arca nacional. Sin que sea de ignorar cuanto sirve de catarsis el asunto para otros mentirosos, aún por descubrir, que se creen a salvo de la corriente de destape, afirmando que nunca tuvieron ni un catarro ni supieron jamás de nadie qe tuviera el menor moquillo, atentos solo como estaban a mirar solo de frente, por donde alguien cualesquiera les guiaba, y ellos, obedientes.

No es de envidiar siquiera el papel de los que nos vamos acercando al socavón de silencios movedizos por donde se hunde nuestra ingenuidad a tierras llenas. Mirando moverse patas arriba  la variedad de sabandijas, batracios y culebras, que antes se ocultaban en los áticos y ahora se retuercen como pueden, no atinamos a dónde mirar que no sirva de espanto, ni sabemos bien qué hacer con tanto bicho , y no porque, habiendo entre ellos alacranes, corramos peligro de quedar emponzoñados también con su veneno, sino porque corridos ya estamos, inocentes culpables de consentir tanta vergüenza.

Volviendo de la realidad literaria a la ficción social, ha dicho y redicho el presidente Rajoy, cuando la claridad del día ya era cegadora, que no le temblará la mano para cortar por donde haya que cortar, pretendiendo atajar de esa manera carnicera el mal de corrupción en grado sumo que puso el diablo al descubierto en uno que tuvo toda la confianza del conento, siendo consciente de que las escopetas cazadoras, cargadas ahora de fuego verdadero, apuntan al núcleo de la financiación irregular de su célebre partido, disparando allí donde tejió su nido la gaviota y se pusieron los primeros huevos.

Lo peor para él es que no le creemos, acostumbrados de más a su silencio para que ahora hable, de puerta en puerta, en cortijos y masías. No le vemos con fuerza para acuchillar, ni con ganas demancharse con sangre ajena las manos para tenerlas más limpias, y ya notamos que se parapeta detrás de otros pobres y pobras más bregados en hacer, con las palabras, de las suyas.

Siendo el riesgo grande, para el que teme que le alcancen los disparos, mejor quedarse agazapado. Porque, aunque hemos visto esta noche anterior algo de lo que se mueve bajo algunos tejados, cuando vuelva la oscuridad y Cojuelo vuelva con las suyas, es posible que se nos ponga en evidencia lo que está sucediendo igual en otros habitáculos y que lo que aflora ahora en pisos altos, alcance a otros más bajos, enmerdando a empresarios y a emprendidos.

Presionado por la misma desazón que embarga a este Gobierno, ha dicho el candidato a ser alternativa para gastar lo que entregamos, el otrora ingenioso Rubalcaba, liebre corredora, caída del guindo o de una higuera, que es necesario un acuerdo político de todos los partidos contra la corrupción. Y sentimos en el alma atormentada no poder creerle más que al otro, y hasta dudemos de los que están aposentados a su izquierda, inseguros de que muchos de quienes nos convencen con mieles se hallan encumbrados, debajo de los caparazones de su género ideológico, por las mismas lindezas, idénticos espumarajos productivos, y están ocultos también en sus partidos, con parecidas añagazas, responsables independientes o para beneficio colectivo, de desvaríos y desmanes, detrás de convenientes mascarillas para que los rostros resistieran, pétreos, embates de sospecha.

Ya al completo el festival de fuegos, con todo ardiendo, sospechamos, con suficientes muestras de que el jamón está podrido, que otros castillos y torres de poder se encuentran presas del mismo mal, y que todo fallece víctima de la misma calentura. Abierta la veda del destape, otros diablillos, más o menos cojos o traviesos, levantarán, de noche o de día, más pestillos, y se alzarán más cornejas y lechuzas que estaban anidando en los almiares; saldrán más sabandijas cuando se destruyan o desplacen tapas de agujeros, y en cuantos sean los resquicios por donde penetre nuestra vista y actúe el filo escudriñador de la sospecha, se recoja de cosecha una fauna completa de alimañas.

Solo queremos que nuestra vergüenza termine, no la suya. Sin ánimo para escuchar las explicaciones rebuscadas, deducimos en juicio sumarísimo, que todo era asunto consentido, porque no cabe ignorar lo que hacen con las manos quienes están sentados con nosotros a la mesa.

Matar a Pitón necesita el surgimiento de un Aquiles, y no podrá serlo quienes han campado, admitiéndolas o ignorándolas a base de rodeos, por las mismas miserias, o disfrutaron de las victorias que otros les brindaron, repartiendo entre los suyos prebendas y plazas con las dádivas que fueron peaje por mercedes públicas.

Como la casualidad es maravilla, en estos mismos días, del mundo del deporte ha llegado, campante, una respuesta. Lance Armstrong, mito heroico, adalid de un deporte para sufridores extremos, ejemplo de manual para explicar valores a la infancia, ha confesado que su personaje increíble era, en efecto, una ficción, fruto de mentira. Que hacía trampa, en fin, que se drogaba, que tomaba ventajas, todo ello para no competir en igualdad con los otros, porque quería ganar por encima de cualquiera.

Su aterradora verdad ha despertado otras, y son, en pocos días, multitud los que reconocen que venían haciendo lo mismo, para aparentar ser mejores. Como en un cuento burdo,  en el que se acaba descubriendo que todos cuantos participaban en el juego con opciones de ganar, trampeaban, han dejado patente que engañaban a los ingenuos que, por seguir las reglas, carecían de la menor oportunidad para vencer, y, por tanto, a los que disfrutábamos con el espectáculo de ver ganar a quienes, creyéndolos heroicos, mentían más qe nadie.

Catarsis, sí, Pero dejando que otros, limpios, nos permitan volver a ilusionarnos de que ningún Cojuelo tendrá nada vergonzante que mostrarnos la próxima vez que le de por levantar los tejados de las casas, dejándonos a todos, los que manden y mandados, dormir a pierna suelta, tan tranquilos.

—

(1) Comienzo el Comentario de esta forma, con rendida devoción a Luis Vélez de Guevara, autor de El diablo cojuelo (1640), que tengo a la vista en la magnífica edición de Ramón Valdés (Biblioteca clásica, 1999), cuya lectura de texto original y glosas recomiendo. Son varios los momentos del texto en que utilizo, con ligeras transformaciones, frases de Vélez.

Publicado en: Política Etiquetado como: Armstrong, catarsis, Cojuelo, corrupción, crisis, diablo, indignados, Lance, mentideros, oportunismo, políticos, responsabilidad, Vélez de Guevara

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