Escribo sensaciones, la mujer que escribe notas
concentrada en hacer llamadas de teléfono, y más allá
dos hembras jóvenes (una algo más fea) que se enseñan los compases
sin parar de hablar, cuando en la mesa de al lado
una anciana circunspecta con el aire de cliente habitual
mira alrededor con curiosidad hecha de hurtadillas.
Luego está el grupo de intelectuales de sartén, tomando su cerveza
mientras el patriarca dogmatiza. Un francés sorbe, delicado,
su cafe au lait, el pelo blanco a juego con un rostro rubicundo.
Está allí la pareja de amantes que van a ser, él, desplegándose,
ella atendiendo a sus razones. Entra un trío formado por un padre
y sus hijas, que al sentarse en la realidad se descompone,
pues una de las jóvenes ocupa otra mesa y lanza un mensaje
desde el móvil, mucho más allá. La anciana, en fin, se va;
lleva muleta y cruza -corriendo en contraste, duelo y risa-
una niña con una bolsa de plástico que suena a cristal.
El camarero, elegante y cordial, me trae lo que he pedido.
Un poco de tranquilidad, la marca de la casa. No finjo más,
junto al ventanal que da a la calle transitada se han dispuesto
los más afortunados: dos inglesas con trazas de llevar así el verano,
un joven lector en chándal deportivo, dos poetas, alguien pensativo,
y mi imagen reflejada entre tanta soledad, hecho testigo
(escrito en el Café del Círculo de Bellas Artes, el 7 de noviembre de 2005,
Angel Manuel Arias, Poemas de encargo)

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