El sentido del ridículo es una de las defensas menos seguras que tiene el ego frente a la maledicencia ajena. Sin embargo, es utilizado frecuentemente como excusa para ocultación de nuestra inseguridad.
No me refiero a la prudencia que debe servir de recoleta pantalla para que los demás no se nos cuelen, sin estar invitados, en lo que nos interesa proteger, y, en especial, para evitar que lo hagan con intenciones retorcidas o actúen como elefantes en cacharrería. Caracterizo, por contra, el «sentido del ridículo» como un impedimento que nos lleva a ocultar nuestra opinión, cuando la situación lo requeriría, a no mostrarnos, cuando sería conveniente dejar expresa nuestra voluntad, o a no dar la cara para poner en solfa a quienes están maltratando un bien público o incumpliendo una norma cívica.
Como casi todos los seres humanos, yo he evolucionado desde la timidez que traté mal que bien de disimular en la adolescencia, hasta conseguir derribar amplias barreras de mis zonas exógenas de seguridad. Puede que algunos interpreten que pertenezco al grupo de los extrovertidos, y no me veo así. Lo que me pasa queda mejor explicado porque a) no concibo estar en una reunión sin sacarle el máximo jugo para que resulte interesante y b) me he propuesto no dejar pasar por alto, manifestando mi criterio, ni las injusticias, ni las incoherencias, ni las mentiras interesadas, ni, entre otras, las vulneraciones ambientales.
Por supuesto, nunca he pretendido hacer el ridículo de forma consciente. Aunque algunas veces tengo la sensación de haber protagonizado escenas de alto contenido ridiculizante.
Una de ellas fue, sin duda, con ocasión de las pruebas físicas de milicia universitaria, que, en Oviedo, se desarrollaban en el campo de atletismo del Colegio de San Gregorio.
Las pruebas se realizaban por facultades o escuelas universitarias, de acuerdo con los cuerpos del Ejército a los que seríamos destinados si superábamos esos exámenes. Una de las pruebas, la más simple, suponía correr cien metros en menos de 14 segundos, en grupos de seis: tirado. Yo no tenía problema con ninguna (ni subir la cuerda, saltar «el caballo» o superar los 4,5 m en longitud), aunque sí (como otros) un recelo: tenía dos compañeros, Anselmo Gutiérres y Feliciano Alvarez, que eran campeones de distrito en cien metros lisos, vallas y lo que se les pusiera por delante.
«Por favor, no forcéis el ritmo» -les pedimos los demás- «Vayamos todos, más o menos, a la par».
Cuando nos dieron la salida, yo tenía a mi izquierda a Feliciano. Salió como una bala. Tratando de seguirle el paso, trastabillé y di con la cara en el suelo, además de destrozarme la piel de ambas piernas. Fin de la prueba, eliminado.
La salvación vino de la mano de uno de los tenientes que vigilaban el desarrollo de la prueba: «No te limpies, y vete de inmediato al comandante, salúdalo militarmente, y pídele permiso par repetir la prueba mañana». Mi aspecto debía de ser deplorable. Accedió.
Al día siguiente, mis dos rodillas se habían hinchado de forma notable. Los candidatos de Derecho, que eran también amigos (y, por fortuna, no pensaban batir ningún récord), no forzaron la carrera y la superé sin mayores problemas. Ah, pero el salto de longitud, que era lo que siempre se me había dado mejor, se torció. Las piernas me dolían terriblemente y cometí dos nulos imperdonables.
Traté de mentalizarme para volar, como fuera, al tercer intento. Tenía al estadio pendiente de mi, porque quedábamos solo cuatro minusválidos (con respeto lo digo) atascados. Sentí el calor de la multitud en mis orejas. Corrí cuanto pude, y, no queriendo pisar la raya, salté incluso un decímetro antes, yendo a caer alejado, me pareció, un metro más allá del mínimo.
Sonaron los aplausos de la clac entregada ante aquel aspirante cubierto de esparadrapos y con la cara llena de postillas. «Chaval, te has pasado. No había que batir ningún récord. » alguien me dijo.
En relación con los deportes, el mío, durante algún tiempo, fue la pesca. Estábamos de vacaciones en Noia, con esposa, hijos y cuñada, y habíamos alquilado un piso en una casita al lado de la ría. Magnífico paisaje. A poco de llegar, una tarde en que la familia se había ido de compras, yo decidí acercarme a la ría y recoger algunas lombrices de mar, que utilizaría como cebo, y que los asturianos llamamos xorra.
Me armé con botas de pescar de caña alta, una fesoria y una caja para mis cebos, y bajé, confiado, hasta la ría, metiendo ambos pies en el fango en donde esperaba cargarme de lombrices. En segundos, me vi con ambas piernas hundidas hasta los corvejones y, lo que es peor, sin capacidad de movimiento alguna.
Pasé los peores momentos de mi vida, mientras arrastraba, penosamente, los pies, hasta recuperar la orilla. Ni azadón, ni caja de cebos. Subí a la carretera, con las botas y los pantalones chorreando basa maloliente. Esperaba no cruzarme con nadie hasta llegar a casa y poder limpiar mi indumentaria, pero me topé con una vecina, que me advirtió. «Ay, rapaz, vexo que téntante os caramuxos, mais ten coidado co o bulleiro, que e moito traizoeiro»
Como no doy mi brazo a torcer así como así, le contesté, con una sonrisa: «No iba por bígaros, señora. Acabo de dejar el yate aparcado ahí mismo».
Me gusta esta foto de un colirrojo tizón (Phoenicurus ochruros), volando desde su percha -se suelen colocar, moviendo de forma característica su cola rojo-anaranjada, sobre un murete, o el alféizar de una ventana- hasta la presa apetecida.
No es una instantánea clara, pero el color del conjunto me parece que posee una calidad pictórica agradable. Al fin y al cabo, a veces, en la indefinición está el mérito.


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