Al socaire

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Cómico o ridículo (20)

4 marzo, 2017 By amarias 1 comentario

Todos lo hemos vivido así, o lo vivirán de ese modo. Se pasa de ser los más jóvenes, sin transición, a ser de los mayores del grupo.

Pertenezco a la promoción cultural de los que nos casamos poco después de terminar la carrera. No pretendo, al indicar este detalle, aprovechar para hacer un relato de las razones que nos movían, a poco de encontrar un trabajo remunerado, para organizar el proyecto vital. Pretendo solo presentar el marco personal con el que contar un par de anécdotas de mi época como profesor de la Escuela de Minas de Oviedo.

Desde 1972, y durante tres años, simultanée mi trabajo en Ensidesa con el de profesor encargado de dos cursos de la asignatura de Algebra Lineal. Eran tiempos de pluriempleo, y hoy no me duelen prendas en reconocer que ambas tareas lo eran a tiempo completo. Sumados ambos sueldos, ganaba una miseria, pero no era el dinero lo que me guiaba, -no lo apunto como mérito, sino como realidad compartida con otros muchos- sino catapultar la economía de la recién formada familia a zonas de confort.

Todos los días de la semana, de lunes a viernes, después de la jornada de Ensidesa (factoría de Avilés), que por fortuna para la compatibilización horaria, era continua, almorzaba apuradamente en en el comedor de la empresa, y, sin mucho tiempo para preparar las clases, me lanzaba a cuatro horas seguidas (dos por grupo) de permanencia en las aulas, ante un centenar de alumnos a los que seguramente no sacaba más de tres o cuatro años de media de edad.

Cuando me casé, en marzo de 1974, en pleno curso, no me atreví a pedir permiso por el feliz acontecimiento, y llevé a la que empezaba a ser mi paciente esposa, de viaje de novios de fin de semana, a Santillana del Mar, volviendo a tiempo para dar las clases del lunes.

No sería ese mismo lunes, pero, pongamos, el martes siguiente, María Jesús empezó a mostrarme sus habilidades culinarias con unos estupendos escalopines a la cayena. Estaban muy sabrosos, aunque los encontré algo picantes.

Llevaba apenas media hora de clase cuando me acometió un ardor indescriptible. Debo indicar, además, que las clases, en aquellas aulas inmensas, se desarrollaban con mucho apoyo escrito con tiza sobre encerados de pizarra, que era necesario borrar cada poco. Toqué el timbre, y apareció un conserje -supongo que sería Jesús, ya una institución por entonces, pues Mario aún no se había incorporado-.

-Por favor, tráigame un vaso de agua -pedí con un hilo de voz-

Al poco, aunque los minutos me parecieron siglos, llegó el deseado líquido, que ingerí de un trago.

Pero no se amortiguaba mi ardor, así que volví a tocar el timbre, y pedí otro vaso. Así terminé la primera clase.

Cuando al comienzo de la segunda clase del día, y a pesar de haber aprovechado el descanso de cinco minutos para abrevar como si me hubiera convertido en un camello a punto de cruzar el desierto, volví a pedir otro vaso de agua, Jesús vino con una jarra:

-No se qué te pasa hoy, pero tienes un incendio en el estómago.

Lo tenía. Cuando, por fin, terminé la jornada y María Jesús me ofreció cenar de los mismos escalopines a la cayena que tanto me habían gustado al almuerzo, me interesé por saber la cantidad de especie que había utilizado.

-Solo cuatro o cinco de los pimientitos -me reconoció-. Para que estuvieran más sabrosos.

Los grupos de Algebra de aquel año resultaron muy especiales. Había estudiantes excepcionales, en lo académico y en lo personal. Unas semanas antes de lo que acabo de recordar, comuniqué a mis alumnos que me casaba, y que seguramente me tomaría uno o dos días libres.

Al día siguiente, el delegado de uno de los cursos me entregó,  solemnemente, con el aplauso de la clase que, seguramente, habría participado en el regalo, junto a un aparatoso ramo de flores, un par de gallos de pelea de alpaca, que conservé hasta que, en una de las muchas mudanzas (ya se sabe que tres mudanzas equivalen a un naufragio) se me perdieron.

El grado de confianza o de cordial desvergüenza con aquellos (falsos) discípulos, quedó reflejado en la frase que grabaron en una de las figurillas. Era algo así: «Al profesor Arias, con el deseo de que nunca se pelee con su esposa».

Pues, sí, fue premonitorio, jóvenes colegas de antaño. Cuarenta y tres años después, aquí estamos. Sin apenas rasguños. ¡Y mira que soy un tipo difícil…!


Esta pareja de carboneros garrapinos comparte lugar en el comedero del jardín comunitario. No lo tienen fácil, porque la competencia es mucha, y estas aves -de las más pequeñas del plantel de comensales- deben aprovechar momentos en que el lugar queda momentáneamente libre. Con preferencia, a primera hora del amanecer, 0 cuando el sol ya se ha ido bajo el horizonte de la manzana de casas. Con eso no quiero justificar la baja calidad de la foto, sino poner de manifiesto la complicidad y sagacidad de estos pequeños páridos.

Publicado en: Personal, Sociedad Etiquetado como: algebra lineal, alumno, boda, cómico, escuela de minas, flores, gallos de pelea, Oviedo, profesor, regalo, ridículo, santillana

Cómico o ridículo (18)

2 marzo, 2017 By amarias Deja un comentario

A los animales, e incluso a las cosas, se los llega a coger cariño. Se de familiares y amigos que han llorado la pérdida de un perro o un gato con tanta intensidad y verosimilitud como si fuera de la familia (no me atrevo a poner el nivel más alto). La devoción a algunos objetos, que mantenemos durante décadas como recuerdo de quién sabe qué situaciones, es también conocida.

Reconozco, arrojándome la primera piedra, que soy incapaz de desprenderme, por ejemplo, de las decenas de libretas en las que, por inveterada costumbre, fui anotando durante años, apuntes de conferencias, conversaciones telefónicas, notas de las reuniones en las que participé.

Federico era un pollo. No recuerdo cuando apareció en nuestra vida familiar, en uno de los veranos que pasábamos en el pueblo. Supongo que habría sido adquirido junto a otras decenas de pollitos destinados a mejorar el sabor del arroz, cuando hubieran adquirido el tamaño suficiente para alcanzar la categoría de pollo tomatero.

La peculiaridad de Federico consistía en que acudía cuando lo llamábamos. No importa lo lejos que estuviéramos de lugar en donde sus compañeros engordaban ciegamente, a base de maíz, harina de trigo y gusanos que recogían del recinto de gallinero, si alguien gritaba: «¡Federico!», al poco rato acudía presto, moviendo sus alas para impulsarse con aún mayor rapidez.

Para los niños de la casa, aquel pollo era un juguete especial, con el que hacíamos las inevitables pruebas de confirmación del fenómeno. Si estábamos en el jardín, y Federico se encontraba (porque así lo habíamos dispuesto) en la azotea, el animal, al instante de ser invocado, se lanzaba con arrojo propio del capitán Trueno desde lo alto, para venir al lado de quien lo hubiera llamado.

Ni qué decir tiene que el pollo sobrevivió a sus compañeros. Cuando tuvimos que volver a Oviedo, yo, como capitán de la patrulla que formaba junto a mis hermanos, di instrucciones precisas de cómo debería cuidarse, porque no tenía dudas que, al año siguiente, convertido en un gallo hecho y derecho, aquél ave singular estaría en condiciones de generar una estirpe de prodigiosa inteligencia (a nivel avícola, por supuesto).

En las cartas que dirigía puntualmente a mi abuela y tía, que habían quedado hasta comienzo del invierno en la casa de campo, me interesaba por el estado del pollo, y recibía tranquilizadora información de que progresaba adecuadamente. En mi imaginación infantil, hasta creía que, con el aumento del cerebro propio de la edad, Federico sería capaz de otras habilidades, a poco que se le enseñara.

Grande fue mi decepción cuando, a principios de diciembre, tuve ocasión de hacer una breve visita al pueblo. Federico no estaba. Después de una investigación en la que tuve que utilizar mis habilidades policíacas, se me reconoció que, el mismo día de nuestra marcha, Federico había corrido detrás del coche y había sido atropellado por un camión. Se me había ocultado la información, se me dijo, para no disgustarme. «Mejora hubiera sido haberlo echado a un arroz», dijo el casero, manifestando su insensibilidad.

Así terminó la historia del único ave con inteligencia emocional que conocí. Las demás gallinas con las que me crucé en mi existencia me parecieron, sin excepción, estúpidas.

Por ejemplo, es proverbial la incapacidad que tienen las gallinas para esquivar los automóviles, al contrario, por ejemplo, que las urracas, los cernícalos, los cuervos y hasta los gorriones.

Un día en que volvíamos de Guitiriz, en donde había acompañado a mi padre a visitar una concesión de caolín que prometía hacernos millonarios -jamás se cumplieron, lamentablemente, sus predicciones-, ya al atardecer, avistamos, detenidas en la carretera, picoteando alegres, un grupo de perdices. Mi padre, que conducía -yo tendría doce años-, en un hábil movimiento de volante, consiguió atropellar a dos de ellas.

Cuando nos disponíamos, con emoción, a recoger la caza, apareció una señora con muy malas pulgas que nos afeó el que hubiéramos matado a dos de sus gallinas conduciendo tan temerariamente.

Después de una discusión, en la que venció, sobre todo, la vergüenza de la torpe apreciación que habíamos tenido sobre la naturaleza de los pollos, mi padre consintió en abonar unas pesetas por las fallecidas.

Con fingida dignidad, cuando la campesina le ofreció quedárselas, renunció a tal cosa, con un: «Que le aprovechen a Vd. señora, que a nosotros no nos gusta el pollo, que somos más de pescado». Y seguimos, tan campantes, sin referirnos al incidente.


Hace unos años, alguien puso una mascarilla a la estatuilla de Arturo Soria, el insigne urbanista, que preside el viaducto sobre la avenida de América. «Menos mal que estoy muerto» rezaba el letrero que acompañaba al acto reivindicativo de una ciudad con atmósfera más limpia.

En Madrid gobierna desde va a hacer dos años la alcaldesa Manuela Carmena, que me da la impresión que ha adoptado un perfil más bajo que al inicio de su mandato. Hace unos días se terminó el plazo para que los madrileños votáramos si queríamos que la Gran Vía se peatonalizara y que el billete de transporte público fuera único, para autobús y para metropolitano.

Bien está mantener al personal entretenido. Hoy mismo, una algarabía de bocinazos colapsó la calle Arturo Soria. A golpe de claxon y griterío, acompañados de varias decenas de coches policiales, motoristas de la nacional y urbana, una respetable (en tamaño) caravana de coches y autobuses de las academias de conductores pedían, por lo que pude deducir, que se hicieran exámenes, ya.

Lo que ya no se es si a Arturo Soria, estatua, le colocaron algún cartel esta vez. Yo no pude sacar el coche del garaje y tampoco fui capaz de concentrarme en mi trabajo, por el ruido. Había quedado a comer con un amigo, y cuando fui a coger el metro, resulta que no había servicio, al menos durante media hora, según anunciaba la megafonía. Las opiniones entre los que esperaban en vano, se repartían entre los que creían que era debido a la huelga de conductores y los que argumentaban que alguien se había arrojado a las vías.

Salí de la estación y fui andando.

 

 

Publicado en: Literatura, Personal Etiquetado como: atropello, caolín, cómico, cultura, educación, gallináceas, guitiriz, pollo

Cómico o ridículo (7)

22 enero, 2017 By amarias 3 comentarios

Cuando contamos lo que nos sucedió, lo normal es que nos presentemos con los colores del triunfo, Solo los cómicos profesionales suelen imaginar historietas en las que aparecen como perdedores. La exposición personal a la irrisión es fuente segura de risas entre los asistentes al espectáculo.

Los técnicos de los departamentos de metalurgia en la vieja Ensidesa éramos llamados como refuerzo de los comerciales cuando había que responder a una reclamación de entidad. Por aquel entonces, yo me encargaba de la investigación de laminados en caliente, y andábamos ocupados en encontrar la mejora de las características mecánicas de las bobinas y chapas gruesas, añadiendo pequeñas dosis de microaleantes.

Sucedió que una empresa italiana, Maraldi, a la que se había vendido un lote importante de bobina laminada en caliente, reclamaba que los tubos se abrían por el cordón de soldadura, y exigía la retirada de la remesa o una fuerte indemnización. Allá que nos fuimos un grupo de heroicos defensores de la calidad de nuestra siderúrgica, dispuestos a batirnos el cobre como correspondía.

No me pregunte nadie por qué, antes o después de recalar en Ravena, hicimos escala técnica en París, en  donde se nos reunió un importante director comercial de Pemex, que figuraba como destinatario final de aquellos tubos. Y tampoco contestaré si hay alguna pregunta acerca de porqué fuimos todos, directivos y este nindungui que redacta estas notas, a Pigalle, a ver ese espectáculo que puso de moda Toulouse-Lautrec, en Le Moulin Rouge.

La noche avanzó un tanto, y cuando ya no había más razones para estar en el sitio, cogimos un taxi para volver al hotel. Los expedicionarios, nos apretujamos en el vehículo y yo, que siempre presumí de saber idiomas, indiqué al conductor a dónde íbamos: «A l´Hotel Crillon, s´il vous plaît». El tipo resultó ser un pied noir de pura cepa, con un concepto mejorable de los parisinos en general, y yo, que estaba sentado en el asiento de al lado del conductor, hilvané una larga conversación en la que repasé toda nuestra guerra de la Independencia.

Llegamos, pagué la carrera, y descendimos todos. Nuestro Hotel Crillon parecía haber disminuído como Alicia en el País de las Maravillas. Había un cartel pequeñito, con el nombre, sí, pero nada nos recordaba la magnificencia de aquel fastuoso hotel, en el que, dada la hora, no habría tiempo más que para tomar una ducha helada y el desayuno bufé.

«¡Nos ha tomado el pelo, tu argelino del c…!» , me espetó uno de mis jefes, mientras yo me acerqué a la puerta. Debajo del nombre del Hotel había otro letrero en el que podía leerse: «Entrée du personnel». Sin perder la formación, corridos y congelados por el frío de la mañana, dimos la vuelta a la manzana hasta encontrar la puerta principal, donde un uniformado disfrazado de capitán general nos saludó con «Bon jour, messieurs les clients». «En media hora, abajo, cambiados de traje y duchados, para desayunar», ordenó un jefe. «Y no se hable más «.

Hasta hoy. Bueno, no exactamente. En mi novela «Un mensaje para Elías», me refiero también a este episodio.

Uno de los momentos más ridículos de mi existencia como avezado comercial, me lo brindó un taxista de La Paz, en Bolivia. Debía tomar un avión a Santa Cruz a última hora, después de una jornada intensa, pero me resultaba difícil encontrar un vehículo libre, hasta que por fin, un coche se paró a mi altura. «¿Le llevo, patroncito?» Tenía claro que no era un taxi oficial, pero llevaba ya tanto tiempo yendo y viviendo a Bolivia, que no me importó. «Voy al aeropuerto. Al Alto», le dije, con inevitables aires de conquistador español.

El coche era una tartana, y el tráfico -merced a cientos de guaguas que recogían pasajeros a cada poco, gentes que retornaban a sus casas después del trabajo-, intenso. Cuando estábamos a medio ascenso de la montaña (La Paz está a 3,6 km de altura, pero El Alto está a 4 km), vi que el avión que debía tomar se elevaba ya por el aire.

-«Dé la vuelta, no tiene sentido que subamos más, Mi avión se fue» -le ordené al improvisado taxista.

-«No se preocupe, doctor, le digo que ese es otro. El suyo está esperando por Vd.» -y siguió, sin hacerme caso, hasta arriba.

Como podía haber imaginado, y siendo mi vuelo el último del día, el aeropuerto estaba cerrado. Las luces, apagadas, y ni un solo taxi a la vista.

-¿Ve Vd? -le grité al voluntarioso e imaginativo conductor- ¡Mi avión se fue, aquí no queda nadie, y tenemos que volver! ¡He perdido casi dos horas por su culpa!

-Ah, no señor. -me replicó el otro-. Vd. no fue enérgico para decirme que volviera. Si me lo hubiera dicho con otra voluntad, yo me habría vuelto. Pero me lo dijo como sin razón.

Me da cierta vergüenza escribir que volví en el mismo vehículo (no había otro a la vista), y aunque el tipo pretendía cobrarme doble («ida por vuelta, doctor»), tuve que amenazarle con llamar a la policía local, y, por lástima, le pagué lo habitual de una carrera al aeropuerto. Estaba, sin embargo, escrito, que aquella noche en el hotel, en donde era al parecer el único huésped, la cocinera me sirvió unos pastelillos de quinoa que me supieron a gloria.


Los días finales de este enero de 2017 vienen fríos, y lo pájaros concentran su actividad en las horas en que el sol más calienta. Al mismo tiempo, la primavera ya se asoma en algunos temperamentos, y se ven a algunas aves, más ansiosas, buscando pareja. El hueco de la rejilla de ventilación de nuestra cocina, desde hace años, viene siendo ocupado por un nido de gorriones. El año pasado fotografié a la pareja.

Desde hace días, vengo comprobando como el macho de la pareja del año pasado, trata de hacer migas con una hermosa representante del sexo femenino gorrionil, a la que acerca a su nidal, indicándole lo confortable y calentito que puede estar.

No sé lo que pudo ser de la anterior ocupante del nido, y espero que no le haya ocurrido nada malo. En todo caso, y en su memoria, sirva esta congénere que, en acrobática postura, saciaba su sed esta mañana en uno de los estanques de El Retiro madrileño.

 

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Cómico o ridículo (5)

16 enero, 2017 By amarias Deja un comentario

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El sentido del ridículo es una de las defensas menos seguras que tiene el ego frente a la maledicencia ajena. Sin embargo, es utilizado frecuentemente como excusa para ocultación de nuestra inseguridad.

No me refiero a la prudencia que debe servir de recoleta pantalla para que los demás no se nos cuelen, sin estar invitados, en lo que nos interesa proteger, y, en especial, para evitar que lo hagan con intenciones retorcidas o actúen como elefantes en cacharrería. Caracterizo, por contra, el «sentido del ridículo» como un impedimento que nos lleva a ocultar nuestra opinión, cuando la situación lo requeriría, a no mostrarnos, cuando sería conveniente dejar expresa  nuestra voluntad, o a no dar la cara para poner en solfa a quienes están maltratando un bien público o incumpliendo una norma cívica.

Como casi todos los seres humanos, yo he evolucionado desde la timidez que traté mal que bien de disimular en la adolescencia, hasta conseguir derribar amplias barreras de mis zonas exógenas de seguridad. Puede que algunos interpreten que pertenezco al grupo de los extrovertidos, y no me veo así. Lo que me pasa queda mejor explicado porque a) no concibo estar en una reunión sin sacarle el máximo jugo para que resulte interesante y b) me he propuesto no dejar pasar por alto, manifestando mi criterio, ni las injusticias, ni las incoherencias, ni las mentiras interesadas, ni, entre otras, las vulneraciones ambientales.

Por supuesto, nunca he pretendido hacer el ridículo de forma consciente. Aunque algunas veces tengo la sensación de haber protagonizado escenas de alto contenido ridiculizante.

Una de ellas fue, sin duda, con ocasión de las pruebas físicas de milicia universitaria, que, en Oviedo, se desarrollaban en el campo de atletismo del Colegio de San Gregorio.

Las pruebas se realizaban por facultades o escuelas universitarias, de acuerdo con los cuerpos del Ejército a los que seríamos destinados si superábamos esos exámenes. Una de las pruebas, la más simple, suponía correr cien metros en menos de 14 segundos, en grupos de seis: tirado. Yo no tenía problema con ninguna (ni subir la cuerda, saltar «el caballo» o superar los 4,5 m en longitud), aunque sí (como otros) un recelo: tenía dos compañeros, Anselmo Gutiérres y Feliciano Alvarez, que eran campeones de distrito en cien metros lisos, vallas y lo que se les pusiera por delante.

«Por favor, no forcéis el ritmo» -les pedimos los demás- «Vayamos todos, más o menos, a la par».

Cuando nos dieron la salida, yo tenía a mi izquierda a Feliciano. Salió como una bala. Tratando de seguirle el paso, trastabillé y di con la cara en el suelo, además de destrozarme la piel de ambas piernas. Fin de la prueba, eliminado.

La salvación vino de la mano de uno de los tenientes que vigilaban el desarrollo de la prueba: «No te limpies, y vete de inmediato al comandante, salúdalo militarmente, y pídele permiso par repetir la prueba mañana». Mi aspecto debía de ser deplorable. Accedió.

Al día siguiente, mis dos rodillas se habían hinchado de forma notable. Los candidatos de Derecho, que eran también amigos  (y, por fortuna, no pensaban batir ningún récord), no forzaron la carrera y la superé sin mayores problemas. Ah, pero el salto de longitud, que era lo que siempre se me había dado mejor, se torció. Las piernas me dolían terriblemente y cometí dos nulos imperdonables.

Traté de mentalizarme para volar, como fuera, al tercer intento. Tenía al estadio pendiente de mi, porque quedábamos solo cuatro minusválidos (con respeto lo digo) atascados. Sentí el calor de la multitud en mis orejas. Corrí cuanto pude, y, no queriendo pisar la raya, salté incluso un decímetro antes, yendo a caer alejado, me pareció, un metro más allá del mínimo.

Sonaron los aplausos de la clac entregada ante aquel aspirante cubierto de esparadrapos y con la cara llena de postillas. «Chaval, te has pasado. No había que batir ningún récord. » alguien me dijo.

En relación con los deportes, el mío, durante algún tiempo, fue la pesca. Estábamos de vacaciones en Noia, con esposa, hijos y cuñada, y habíamos alquilado un piso en una casita al lado de la ría. Magnífico paisaje. A poco de llegar, una tarde en que la familia se había ido de compras, yo decidí acercarme a la ría y recoger algunas lombrices de mar, que utilizaría como cebo, y que los asturianos llamamos xorra.

Me armé con botas de pescar de caña alta, una fesoria y una caja para mis cebos, y bajé, confiado, hasta la ría, metiendo ambos pies en el fango en donde esperaba cargarme de lombrices. En segundos, me vi con ambas piernas hundidas hasta los corvejones y, lo que es peor, sin capacidad de movimiento alguna.

Pasé los peores momentos de mi vida, mientras arrastraba, penosamente, los pies, hasta recuperar la orilla. Ni azadón, ni caja de cebos. Subí a la carretera, con las botas y los pantalones chorreando basa maloliente. Esperaba no cruzarme con nadie hasta llegar a casa y poder limpiar mi indumentaria, pero me topé con una vecina, que me advirtió. «Ay, rapaz, vexo que téntante os caramuxos,  mais ten coidado co o bulleiro, que e moito traizoeiro»

Como no doy mi brazo a torcer así como así, le contesté, con una sonrisa: «No iba por bígaros, señora. Acabo de dejar el yate aparcado ahí mismo».


Me gusta esta foto de un colirrojo tizón (Phoenicurus ochruros), volando desde su percha -se suelen colocar, moviendo de forma característica su cola rojo-anaranjada, sobre un murete, o el alféizar de una ventana- hasta la presa apetecida.

No es una instantánea clara, pero el color del conjunto me parece que posee una calidad pictórica agradable. Al fin y al cabo, a veces, en la indefinición está el mérito.

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Cómico o ridículo (3)

12 enero, 2017 By amarias Deja un comentario

carbonero comiendo loncha de chorizo

Tenemos una capacidad excepcional para olvidar aquellas situaciones en las que hicimos el ridículo. Esta acción de borrado actúa como una protección de nuestro ego, de la autoestima. Nos viene bien, para convivir con nuestra pequeñez.

Sin embargo, «haber hecho el ridículo» es una apreciación básicamente subjetiva que nos lleva a imaginar (y casi siempre, de manera equivocada) que una actuación, voluntaria o involuntaria, nuestra indumentaria o una circunstancia tenida por anómala,  es sancionada por los demás menoscabando la consideración que tienen de nosotros.

Los adolescentes sufren mucho al pasar ese campo sembrado de inseguridades. El termómetro interior es el sonrojo. Ningún adulto está libre de ese temor, sin embargo, aunque, como siempre que opera el consciente, no todos tenemos la misma sensibilidad al respecto (algunos simulan no tener ninguna).

La experiencia demuestra que no solo nosotros olvidamos nuestros actos ridículos, sino que, por fortuna, los demás también los entregan rápidamente al olvido, e incluso lo hacen antes que nosotros, y puede que ni los detecten. En caso de que alguien mantenga presentes, y difunda nuestras actuaciones ridículas, debemos sospechar que tiene razones personales para ello,  no necesariamente negativas.

En el tiempo que estuve como delegado de Ensidesa en Alemania, viví ciertamente momentos peligrosos para mi ego. Al inicio, ni sabía suficiente alemán, ni tenía experiencia alguna como vendedor (venía de la investigación pura y dura). Disponía de un antídoto contra cualquier depresión: una esposa infatigable. Con dos hijos que aún estaban en su primer lustro y la ilusión de mis 31 años, tenía aún, como se suele decir, el mundo por delante.

Aprendí a convivir con mis limitaciones y a reirme con ellas. Al hacer balance cada día, sentía haber hecho varias veces el ridículo. Tenía una grabadora asociada al teléfono con la que repasaba, estudiándolas, las conversaciones que mantenía con los clientes. Mis «wiederholen Sie, bite» y mis «Entschuldigen, aber ich habe nicht verstanden» se repartían a partes iguales las primeras semanas.

Mi primera secretaria, Thirza, alemana, me adoptó como hijo. Hacía de Dante y de Pigmalión, y de lo que fuera. En Zum Schiffchen (la catedral del codillo y la cerveza negra), hice amistad con uno de los camareros (se llaman allí Kobe), que cam paba por el local con su particular campechanería, no exenta de insolencia. Me servía el Schweine haxe más grande y  la alt en jarra doble. Una vez que ella llevaba un abrigo de pieles para proteger del frío exterior su cuerpo más bien rollizo (yo me mantenía delgado tendiendo a demacrado) nos llevó a la mesa con un saludo general: «Hier kommen die Löwin und ihr Junge!.» (aquí vienen la leona y su retoño)

Como país tercero que era España entonces, las huestes de Eurofer estaban ávidas a obtener tajada de los precios de nuestros productos siderúrgicos y de la situación económica española. Apenas llegado al país, la dirección de Carl Spaeter, que veía con recelo que tuviéramos una delegación en el país, propuso a la dirección de Ensidesa mantener una reunión en un lugar adecuado en el que se pudiera pactar el documento de cooperación futura (la palabra cooperación, que se magnifica en alemán, es una de las más utilizadas comercialmente).

Muy posiblemente en el programa secreto de la reunión figuraba mi inmolación.

El lugar previsto era Frankfurt, y yo, que aún vivía de hotel,  me desplacé desde Dusseldorf el día anterior con lo puesto. No fui advertido, o si hubo intención, como era fin de semana, nadie cogió el teléfono en mi oficina, de que se decidió cambiar a última hora el sitio de concentración de fuerzas a un recoleto Hotel en Baden Baden, en la Selva Negra. Allí aparecí, pues, impecablemente vestido de traje, corbata a tono y mis zapatos con suela de cuero, en un áspero día de febrero en el que la temperatura exterior se mantuvo algunos grados bajo cero.

Al dar los primeros pasos sobre el hielo, resbalé y pude matarme. «¡Herr Arias! ¿Viene Vd. para enrolarse a la División Azul?¡¡El equipamiento es inadecuado!» -me saludó, enfatizando las palabras, con su rostro impenetrable (que, más tarde, descubriría que protegía a un tipo estupendo), el Sr. Stachelhaus.

La reunión no cumplió sus objetivos previstos, y yo me aferré al Jägermeister para sobrevivir. A pesar de la medicina, estuve varios días con fiebre alta.

Unas semanas más tarde, cumpliendo con el rito de llevar a los clientes distinguidos a conocer la factoría de Avilés, acompañé en su periplo hispano a los directores de una empresa naval, y, como no sabía qué hacer con ellos luego de la visita a la fábrica, la comida, el paseo por la ciudad y la cena, queriendo sacar nota en mi inmersión como comercial, en lugar de llevarlos al hotel, había preguntado a un experto en la cuestión comercial sobre lo que sería lo más top.

«Llévalos de cachondeo; les gustará», me aconsejó (no exactamente con estas palabras, que el lector avezado sabrá sustituir, si le apetece).

Oviedo no es precisamente la ciudad más alegre del mundo (no le era entonces), pero en la zona de Los Monumentos (prerománicos) del Naranco había (y creo que sigue habiendo) concentración de Night Clubs y otros lugares de los llamados de alterne. Nunca había estado allí, y le pedí al taxista que nos llevase a uno que tuviera animación.

Cuando bajamos del taxi, llamé decidido al timbre del que me fue recomendado, poniendo aire de experto. Me abrió un tipo raro (todos me lo hubieran parecido, desde luego) y me pareció que se encendían algunas luces. Estuvimos más solos que la una hasta que aparecieron, por fin, unas mujeres, que nos pidieron, como corresponde, que las invitáramos a beber.

Resultaba un lugar deprimente y una situación auténticamente ridícula, aunque mis clientes eran gente de buen humor y, para mi tranquilidad, no deseaban más que tomar una copa (o dos) sin  mayores complicaciones ni excesos.

Si el lector/lectora tiene otras sospechas, ruego que se me respete la presunción de inocencia. De pronto, miré el reloj, y entendí que se estaba haciendo tarde y que debía avisar a casa. Cogió el teléfono mi suegra. «Dígale a María Jesús que estoy en Los Monumentos con unos clientes y que ya nos vamos».

Mi mamá política, que era una mujer encantadora y más buena que el pan -aunque no inocente-, cuando le trasladó el mensaje a mi esposa, que estaba dando la papilla a Miguel, mi hijo menor, no pudo refrenar una curiosidad: «Hija, esto de los Monumentos donde está Angel, ¿no será ese sitio dónde dicen que hay mujeres de mala fama? ¿Vais bien?»

Mi mujer tuvo una salida inteligente: «Mamá, ya sabes cómo es Angel de bromista. Está con unos amigos de la Universidad cenando en el Reconquista».

Aún me suenan hoy los oídos al recordar el discurso que tuve que escuchar cuando llegué a casa.


Reconozco que sentí emoción cuando me topé con este carbonero común que llevaba una loncha de chorizo en el pico. Era pesada para él, así que le cayó después de un corto vuelo. Viendo que volvía sobre ella, me acerqué, y lo fotografié varias veces, mientras le daba frenéticos picotazos al embutido, con evidente deleite.

Los libros de aves de los que dispongo en mi biblioteca (y tengo algunas decenas), coinciden en afirmar que los «parus major» se alimentan, fundamentalmente, de semillas e insectos, aunque no dudan, llegado el caso, en atacar a polluelos de los pequeños herrerillo común o agateador.

Lo que no leí en ninguna parte es que les gustase el chorizo. Queda registrado.

 

 

 

 

(1) Se que teutón y alemán no son sinónimos, e incluso que a los alemanes no les agrada la identificación, pero a los españoles esta distinción nos suele importar un carajo.

 

 

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Cómico o ridículo (2)

10 enero, 2017 By amarias Deja un comentario

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Uno de mis penosos ridículos lo protagonicé, aunque por fortuna para mi ego, de forma anónima, con ocasión de los exámenes médicos que debíamos sufrir los varones cuando nos llamaban a filas, es decir, para confirmar nuestra aptitud para el servicio militar.

Muchos de los aspirantes se hacían acompañar por novias y familiares, que aguardaban en la antesala de los servicios médicos del Cuartel de Rubín, en Oviedo. Los jóvenes, en certera premonición de la disciplina que nos aguardaba, éramos mantenidos en fila, en calzoncillos, con la ropa de calle en la mano, y desfilábamos por la secuencia de tallaje, auscultación, y una operación cuyo alcance no estaba tan clara para muchos, por la que se nos pedía que enseñáramos los genitales, y un oficial médico nos tocaba ambos testículos.

Después de la auscultación, recibí la orden liberatoria: «Vale, vístase». Aliviado, pero confuso, salía ya por la puerta de la calle, de aquella guisa, hasta que la voz del comandante me paralizó: «¡Pero dónde va, hombre!¿Se cree Vd. que estamos en un programa de varietés?»

Una de las anécdotas más graciosas me la proporcionó mi sustituto en Dusseldorf, que había tenido una institutriz alemana y se jactaba de amplios conocimientos de alemán. Cuando paseábamos con las familias por la orilla del Rin -el selecto linken Seite- dio, tajante, una instrucción a sus revoltosos hijos. «No se os ocurra jugar al balón aquí, y menos aún dar balonazos». Cuando le pregunté por qué les limitaba de esa forma, me dijo, señalando un letrero: «¿No lo ves? ¡Está prohibido chutar!».

Miré y le aclaré: «Dice Schutten abladen verboten, que significa Prohibido tirar basuras». No replicó, pero los niños no recibieron (al menos, en aquel momento) contraorden, y siguieron dando pataditas y pasitos cortos por la amplia explanada ribereña.

La enseñanza que recibimos en el Auseva, regido por los Hermanos Maristas, tenía calidad, aunque no estaba exenta de inefables curiosidades. En quinto curso, con alumnos de catorce y más años, el fraile que nos daba francés, y a quien apodábamos El Capotas, por la forma de su calvicie, se tomó la molestia de recortar, del Selecciones del Reader Digest en ese idioma, que utilizaba como texto de apoyo, absolutamente todas las fotos en donde aparecían mujeres. Puede imaginarse sin problemas que la lectura de los artículos tenía, a veces, tales claros, que resultaban absolutamente ininteligibles.

Era, eso sí, divertido, cuando algunos hacíamos esfuerzos por imaginar lo que se nos había hurtado, y utilizábamos, para ello, la sorna que nos parecía adecuada. Para castigar esa malicia, recibí una vez un deficiente en Conducta.

Se que a los adolescentes de hoy, ilustrados desde edad temprana en los misterios del sexo (ahora llamado género), cualquier referencia a la forma en que se cuidaba nuestra pureza, resulta extravagante. Yo era (y sigo siéndolo) aficionado al cine, y los domingos por la tarde, no me perdía ninguna de las películas que proyectaban en el Auseva en su Salón de Actos. Una vez, con ocasión de no sé qué festividad, se invitó a las niñas de las teresianas (que eran vecinas) a ver una película con nosotros. Recuerdo que era Mon oncle, de Jacques Tati. No pude entender nada, porque cada cinco minutos, más o menos, se encendían las luces y un encargado de inspeccionar el recato se paseaba por la sala, entre jolgorio y carraspeos.


La pareja de patos azulones que ilustra mi Comentario (o lo desvirtúa) refleja el contraste entre el vigilante macho y la hembra, que sumerge su cabeza para pastar las hierbas acuáticas del estanque en donde tienen su morada.

No se crea, sin embargo, que lo que preocupa al diligente machito es la protección de su pareja de depredadores. No. La atención del ave está puesta en otros machos que rondan al acecho y, al menor descuido, se aproximan a su pareja, para cubrirla.

 

 

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: ave, chiste, cómico, macho, pato, ridículo

Cómico o ridículo (1)

10 enero, 2017 By amarias Deja un comentario

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Me gusta utilizar la ironía, arma de fogueo que solo debe emplearse entre gente inteligente y distendida, y siempre bajo la condición no escrita de que te pueden devolver el disparo. Como en todo deporte con armas, se corre el riesgo de que, si no calibras bien, el tiro te salga por la culata. La ironía tiene un pariente lejano muy desagradable, que es el escarnio, que no es deporte de salón, sino de taberna inmunda.

No comprendo al chistoso, y aún menos entiendo la supuesta relación del chiste con el subconsciente, por mucho que haya teorizado Freud sobre el asunto (salvo como guía para detectar algún posible desvío mental en quien se cree gracioso). En las sobremesas con grupo, siempre hay alguien que aprovecha los instantes de sopor que siguen a las libaciones para lanzar una retahila de chistes verdes -no solamente groseros, sino, por lo general, machistas, racistas o, por agruparlos en una categoría única, infumables-.

Un momento especialmente peligroso, que yo suelo aprovechar (si tengo esa libertad) para marcharme, aduciendo que voy al baño, es cuando otros de la cofradía se animan al reto de contar los suyos.

Nunca comprenderé porqué la mayoría se ríe tanto más si el chascarrillo es archiconocido y tampoco, qué mueve a los chistosos a contar variantes, tan pronto el primero del club de la comedia acabó con lo suyo.

Con estos antecedentes de seriedad más bien palurda, se comprenderá que pocas ocasiones han atravesado mi vida por las que pueda, con sinceridad, afirmar que me sucedió algo digno de ser calificado de gracioso.

Mi padre me recordaba de vez en cuando que, al poco de nacer, puesto encima de la mesa del comedor de la abuela, oriné. «Fue muy gracioso», apostillaba. Ninguna gracia me hizo, por supuesto, que el primer día en que me incorporé como gerente de aguas de Vigo, después de llevar a mis jefes al aeropuerto de Peinador, tuve que empujar el vehículo que andaba flojo de batería y me rompí los gemelos cruzados. Al día siguiente, aparecí con una pierna escayolada y muletas y, al pasar entre las limpiadoras de la entrada, resbalé y dí con las posaderas en el suelo húmedo y brillante. «Fue muy divertido», me dijeron más tarde.

El ridículo sí que soy consciente de haberlo hecho muchas veces. Recuerdo, con bastante sonrojo, mi introducción al exquisito Comité de Laminoirs a Froid, en el París de la Francia, a la que Javier Millán (q.e.p.d.) que era Jefe de Laminación en frío de Ensidesa había sido gentilmente invitado. Le acompañaba yo, como más experto en el idioma de Molière. Llegamos cuando ya estaba muy avanzada una de sus reuniones ordinarias. La puerta no se abría, y tuve que darle un golpecito (quizá una leve patada).

Se produjo un silencio y las miradas se concentraron en los intrusos. Sentí la necesidad de presentarnos: «Nous sommes ici par première fois. Je suis Angel Arias d´Espagne, acompagnant au chief de Laminoirs à Froid d´Ensidesa, Javier Millán»

El que parecía jefe de la erudita reunión se levantó y, en perfecto español, mientras nos ofrecía sendos asientos a su lado, y antes de hacer la presentación oficial, me aclaró: «Sr. Arias, es usted el primero de España, pero habría sido el quinto de Alemania.»

Los idiomas siempre han estado revoloteando sobre mis anécdotas. En casa de los Acuña, con los que me unía una buena amistad, después de una exhibición de ballet del profesor con la hermana pequeña de las hijas de la familia, realizada con riesgo indudable en el salón, y en la que a cada evolución temíamos que la lámpara se nos cayera encima de la cabeza, el danzarín, que era francés y dominaba el español, nos contaba que, recién llegado a nuestro país y estando aquejado de gripe, entró una farmacia para solicitar remedio.

No estaba seguro de cómo decir pastilla, aunque, dada la proximidad entre ambas lenguas, imaginó que debía ser parecido a pilule. Como era alérgico a la aspirina, precisó a la joven dependienta, señalando su destacable nariz: «Quiero una pirula, pero no vale la normal, tiene que ser especial. La otra me hace daño».

(continuará)


El jilguero es un fringílido, como el pinzón vulgar. Era un ave preferida para jaula, puesto que, los machos, tienen un trino bastante variado y melodioso, que sacan a relucir, de forma agradecida, a poco que les de el sol de la mañana.  Tiene más variaciones su voz que la del pinzón, aunque éste suele terminar su canto de pocas notas con un floreo muy vistoso.

Su pasado de esclavitud, debió forzar a los jilgueros a ser muy cautos con la especie depredadora máxima, aunque a finales de otoño se les ve agrupados en bandadas, donde se mezclan los nacidos en el año con los más avezados, que son quienes les guiarán a tierras más cálidas, atravesando el estrecho de Gibraltar.

Durante bastante tiempo creí que a los machos se les distinguía por tener el rostro de un conspicuo rojo sangre, en tanto que las hembras y los juveniles tenían la cara limpia. No es así, sin embargo, y los adultos tienen casi idénticos colores, incluso, por supuesto, las alas de plumas negras y amarillas que les dan un porte muy vistoso.

En mi época de adolescente, tuve un jilguero al que llamé Sirjós -no recuerdo por qué-. Era muy cantarín y vivaz. Parecía casi domesticado: cuando ponía un grano en el dedo, y lo acercaba a los barrotes, me lo arrebataba con delicadeza y parecía agradecido. Un buen día, cuando estaba limpiando su jaula, se escapó.

Me dijeron en el pueblo que, si mantenía abierta la puerta de la jaula, seguro que volvía, pues estaba acostumbrado a encontrar allí el grano que le servía de fácil alimento.

Pero nanay del Paraguay. Nunca volvió. Consulté con mi madre sobre la conveniencia de poner un cartel con la foto del pájaro y la leyenda: «Se extravió. Agradezco a quien pueda informar de su paradero». Me hizo desistir. Fue hace casi sesenta años.

Publicado en: Actualidad, Sociedad Etiquetado como: Arias, chiste, cómico, Freud, jilguero, Laminoirs, Millán, pilule, pirula

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