En el Club de los Ociosos Forrados, que tenía por entonces su sede en la calle principal de nuestra ciudad, surgió un día de invierno una discusión entre varios socios, aparentemente trivial, por la que se evidenciaron dos posturas. Una, de la que resultaba su mayor defensor el Conde de la Petulancia, argumentaba que la maldad era una categoría objetiva, indiscutible.
-Todos los intentos de concretar lo que está mal, son interesados y, por tanto, desde la posición cósmica, fugaces-decían, exaltándose cada vez más, los socios que defendían esta posición-.
-Pero ¿estáis negando la existencia de una ética universal? -gritaban los opositores a esta teoría, blandiendo sus copas de coñac y otras bebidas de alto contenido alcohólico.
-No. Lo que quiero decir es que no hace falta argumentar ni detallar los términos de la maldad, ni de la bondad, y cualquier concreción supone una pérdida de objetividad, poniendo en evidencia intereses que son contrarios a la ley general de la naturaleza de cada ser. Mirad, por ejemplo, la relación de los pecados, que es constante obsesión de todas las iglesias y religiones. Parten de una posición dogmática concreta, y, por tanto, cuanto más detallan, más se separan de lo que es natural, en su intento de deformar la esencia propia del hombre, por lo que no tienen futuro alguno, desde una perspectiva de largo alcance.
Por otro lado, como queda dicho, se encontraban las posiciones de los que aseguraban que el ser humano tenía una tendencia clara hacia la maldad, y que, por tanto, era imprescindible y necesario, saludable y sano, ponerle cortapisas, normas, mandamientos, leyes, para evitar que todo no desembocase en un caos.
-Si no existieran leyes, si no se estuviera continuamente atento a castigar al mal, tanto en este mundo terrenal como en lo que nos espera en el más allá a las almas de justos y de incumplidores, la humanidad estaría dominada por los malvados.
-¿Y no lo está acaso? -preguntaba, sin esperar respuesta, uno de los que pertenecían al grupo de los que, por simplificar, llamaremos nihilistas proféticos.
-Cada hombre puede alcanzar un destino propio, distinto del colectivo, porque tiene capacidad de pensar y decidir lo que está bien y mal por sí mismo. Los mandatos religiosos están inspirados en el deseo de alcanzar a Dios, de llegar hasta a El, y son una guía para la salvación del individuo. -continuaba uno de los eruditos del Club, del grupo que llamaremos de, por idéntica intención de abreviar, de los positivistas estéticos y que pertenecía, por lo demás, a una congregación laica de devotos de las Adoraciones Permanentes.
La discusión se prolongaba demasiado, y, como tenía unas ganas ya irrefrenables de ir al servicio, pues la próstata le presionaba, el Conde de la Petulancia, se metió voluntariamente en un brete:
-Zanjemos la cuestión. Yo propongo, acompañado por uno cualquiera de Vds., que hagamos un viaje al centro de la banalidad, lo que nos llevará un año. Trascurrido este tiempo les traeremos la prueba irrefutable de que el mal y el bien coexisten allí cómodamente, como dos hermanos siameses.
-¿Cómo vas a traer una prueba del campo de la metafísica? ¡Eso que dices es una tontería propia de alguien que ha bebido demasiado! -le dijo el Marqués de la Buena Vida, que estaba jubilado de sus posiciones anteriores, mientras le acompañaba a los baños, también apretado de lo suyo.
-Vente conmigo- fue la escueta respuesta del Conde, al tiempo justo de abrirse la pretina sin mayores desperfectos.
Se fueron, pues, de viaje ambos socios. Iban pertrechados de varios libros de inexcusable lectura, vales que les propiciaban entrada libre a las mejores bibliotecas del mundo y un calendario de entrevistas personales con los mayores pensadores aún vivos, de entre ellos, varios premios Nobel y tres pontífices de otras tantas Iglesias.
Pero como no transcurrió el año todavía, no sabemos el fruto de sus pesquisas. El plazo debe estar al caer, según parece.
FIN

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