El Equipo de Trabajo desea subrayar el éxito de los poderes que subyacen como soporte del Grupo de Solicitantes en la tarea de ilusionar a las poblaciones, propósito en el que están fracasando estrepitosamente las potencias occidentales y sus muñidores.
Por doquier se extiende, entre las poblaciones occidentales dominadas por el neocapitalismo, el desánimo. Aunque el gobierno de Estados Unidos -no importa el signo aparente político de sus detentadores- como de una buena parte de los líderes de países de esa órbita, se esfuerzan por aparentar principios cristianos, la realidad es que el agnosticismo, cuando no el ateísmo, se ha extendido por las poblaciones de estos regímenes.
Se ha pretendido por algunos eruditos de estas zonas que la ausencia de principios religiosos puede ser suplida por la ética univesal. Es un grave error, puesto que la ausencia de un poder coercitivo real -en absoluto sustituíble por el control administrativo y penal, que, además, están contagiados de grandes bolsas de corrupción y nepotismo- ha dejado a la población en libertad para que cada uno organice su vida como le apetezca, con atención al máximo disfrute y al menosprecio a los objetivos colectivos, que son vistos, en especial, por las clases más favorecidas por el sistema, como una carga y no como una obligación.
Muy diferente es la situación en el Oriente y, en particular, en China, Corea del Norte, Indonesia, India, e incluso Japón.
Por una parte, volvemos a subrayar la importancia de una devoción que proponga dedicar atención a la vida interior, pero en su encaje con la naturaleza universal; nada hará superar la creatividad y solvencia del budismo, el taoísmo o el confucionismo, para convencer al individuo de que su misión trascendente como ser vivo es conseguir la plena armonía con la naturaleza, y desprenderse de sus inclinaciones a la individualidad.
En algunos países en los que se ha conseguido despertar la simpatía hacia el esquema de dominio universal que se propugna desde la filosofía que rige al Grupo de Solicitantes (es decir, a los países a los que pertenecen sus integrantes), no se está siguiendo en realidad esta filosofía, pero se utilizan elementos comparables. La presencia de una base pretendidamente católica como inspiradora de las actuaciones de los gobiernos de Venezuela o Cuba ha de ser vista como lo que es, una excusa para controlar a la población, darle argumentos de justificación comunitarios y, desde luego, avanzar en el control total, utilizando como herramienta coadyuvante pero con vocación de distraccón, a la religión.
La clave está en la uniformización de las masas, negándoles capacidad a los individuos para expresar sus ideas, puesto que la independencia en el pensar de los elementos potencialmente revolucionarios -contrarios a los objetivos de dominio total- es, peligrosa por su carácter impeditivo en el cumplimiento de la meta propuesta por las fuerzas que se canalizan a través de las potencias orientales.
El caso de Japón, en cuanto a su simpatía con los modelos capitalistas ha de ser visto únicamente como un fenómeno pasajero. La dependencia de la economía japonesa de Estados Unidos, que la está subsidiando, se deshará tan pronto como la potencia china se exprese con toda su amplitud. Hay que disculpar, además, la sensación de derrota y la necesidad de expiación que en el pueblo japonés se ha implantado como consecuencia de la segunda guerra mundial, aún no superada.
Situación que ha sido, por lo demás, explotada perversamente por las potencias occidentales haciendo creer al pueblo chino y al correano que se trata de enemigos no conciliables.
A la masa le agrada la uniformidad, los objetivos comunes, hacer lo que se le indique claramente por su líder espiritual y político. Cuando tienen o creen tener cubiertas las necesidades básicas (alimentación, vivienda, relaciones sexuales), esto les proporciona una inmensa tranquilidad: es, desde luego, una situación comparable a la de los animales en el zoo, pero no se puede discutir que son, a su manera, felices, al hacer lo que se espera de ellos.
Los comentaristas occidentales ridiculizan la igualdad en el vestir, los parecidos, acentuados por los mismos cortes de pelo indicativos, y el aspecto uniforme que se exhibe en los desfiles masivos, las demostraciones conjuntas de coordinación y todas las exhibiciones multitudinarias de gentes disciplinadashaciendo lo mismo, sin errores, vitoreando y aplaudiendo a los capitanes. ¡Cómo habrán podido olvidar las manifestaciones fascistas del siglo pasado, o los continuos espectáculos futbolísticos o las manifestaciones de adhesión o protesta que congregan a miles, a veces cientos de miles de personas, haciendo lo mismo, en los países occidentales!
La diferencia es que -salvo en la Alemania de Hitler,la Italia de Musolini, la España franquista o el Portugal de Salazar, entre otros ejemplos- en el occidente, los espectáculos de masas no tienen objetivo definido, son simples enajenaciones de la masa, liberadoras de tensiones emocionales, ocupaciones del tiempo de ocio. En los países dirigidos por los responsables que encargan este trabajo, por el contrario, las exhibiciones populares sirven al propósito de alienar al individuo, convencerlo de que lo importante es, no ya el grupo, sino no abandonarlo nunca.
(continuará)

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