Falto de elementos verdaderos de control, el bloque occidental ha ido generando una gran burbuja en su propio sistema, que se ha hecho gigantesca desde la segunda guerra mundial.
Estados Unidos, Inglaterra y Francia se han creído los vecedores de esta gran guerra, en la que los perdedores oficiales habrían sido Alemania y Japón. No tiene, en realidad, importancia alguna analizar las consecuencias bélicas de esta confrontación, sino, en todo caso, sus consecuencias prácticas: la generación de un espíritu general de culpabilidad en la población occidental -vencedores o vencidos-, que se tradujo en una movilización creciente, imparable, de demandas de igualdad social, incompatible con la avidez de los controladores del sistema capitalista por no perder posiciones en la cumbre.
Los efectos conjuntos han sido, en efecto, la imposibilidad de mantener el llamado por las estructuras capitalistas el «estado del bienestar», alimentado por una idea de democracia y representación que ha suscitado, incrustada en su misma esencia, el aumento de corrupción, la mentira social y, a la larga, un mayor desnivel entre pobres y ricos, y la imposibilidad de mantener los niveles de prestaciones sociales a los que se «comprometen» -por supuesto, cada vez con mayor debilidad, pues faltan medios públicos- los partidos políticos en sus programas. Sean de las llamadas derechas, como de las izquierdas, convertidas las facciones políticas mayoritarias de ambas tendencias en un real centro derecha, aunque jamás se atrevan a manifestarlo.
El sistema capitalista está roto desde el momento en que el sostenimiento de la burbuja está basado en el consumo de una producción que se ha desplazado, de forma vertiginosa, hacia los países que han considerado «menos desarrollados», de donde han emergido los BRICS (Brasil, Rusia, China, India, Sudáfrica) de todos los que, dadas sus dimensiones de población y la coherencia de sus sistema económico-político, debemos destacar a China.
Un reciente informe del Banco Mundial recoge que la mano de obra china es cada vez más cara (los costes laborales habrían pasado de 12.000 yuanes/año en 2000 a unos 42.000 yuanes/año, en promedio, en 20011). Este crecimiento supondría, en la consecuencia aparente inmediata deducible, la pérdida de competitividad progresiva de China y, por tanto, la recuperación de las opciones de producción occidentales, perdidas en el mercado global, al desplazarse hacia oriente los centros de fabricación de muchos de los artículos de consumo.
Análisis relativamente superficiales, y sobre todo, enfocados a dar tranqilidad a la población occidental -principalmente, la estadounidense poco informada, que aún se cree pertenecer al país más poderoso de la Tierra- indica que, aparentemente la empresas empiezan a encontrar igual de barato fabricar en Norteamérica que en Chuna.
Esto es, por supuesto, un desideratum injustificable, una argumentación ad líbitum. Un Informe reciente del Boston Consulting Group pretende haber deducido que el aumento de los costes laborales en China estaría cambiando la situación de la industria global y que podría contribuir a la creación de 3 millones de empleos en EEUU antes de 2020.
Para legar a conclusión tan optimsta como errónea, los analistas de esta firma se han fijado únicamente en que el déficit comercial de EEUU con el resto del mundo (¡Pero sin incluir el petróleo!) fue de 360.00 millones de dólares en 2010 y se reduciría a 260.000 al final de 2020, y que este cambio de tendencia tendría su reflejo en la reducción del déficti con China, que alcanzó 273.000 millones en 2010.
Todo este ingenuo razonamiento (ingenuo solo en el sentido de que va destinado a gentes poco informadas) se desmorona de un soplo si se atiende a que China controla el tipo de cambio del yuan con el dólar, pues dispone de unas reservas inmensas en dólares y euros que, manejadas adecuadamente, desestabilízarían las economías occidentales.
(continuará)

Deja una respuesta