La palabra «ocurrencia» ha cobrado fuerza descalificadora en el reducido acervo verbal de nuestros (más bien, suyos) representantes políticos. En realidad, yo no le veo su carga negativa, pues de ideas inesperadas y repentinas, convertidas unas pocas veces en geniales, se han jalonado buena parte de los avances tecnológicos de nuestra especie, especialmente en lo que atañe a la subvariedad mediterránea, propicia al improntus más que al método.
Sin embargo, opino que, siendo útiles para experimentar con gaseosa, cuando se trata de ordenar la vida colectiva, las ocurrencias deberían estar proscritas. El buen orden sociológico exigiría que los que gobiernan no pensaran tanto en poner su nombre en las paginitas de la historia tal como les gustaría que se contara. En vez de convertirse, a la primera oportunidad, en padres adoptivos de medidas que supondrán supuestamente «cambios definitivos» de cualquier asunto, sacandode leyes de su chistera como magos en fiesta infantil de cumpleaños, deberían admitir que para modificar un rumbo solo haría falta ser piloto (o que te confíen el timón un ratito), pero para poder llegar a buen puerto, hay que apoyarse en los cartógrafos.
La prudencia y el ejemplo de los que van más prósperos, debía servir de modelo para admitir que las mejores reformas -las más duraderas- son las que se han hecho a poquitos, avanzando sobre lo sustancial de lo ya andado. Así, , para que, pian pianito, se llega a tener una estructura de normas, leyes, costumbres y convenios que está asimilada por funcionarios, agentes sociales y público en general, convirtiéndose en referencia y orgullo, y ofreciendo eso que se suele llamar seguridad jurídica, que, para los legos, se traduce en que no te cambien el compás, y si el concurso de baile iba de tangos, no te digan que el premio será para los que mejor dancen estilo reguetón.
Un pacto antiocurrencias nos vendría de perillas, y hasta debería elevarse a rango constitucional. Se atajarían así los ardores renbovadores de cualquier ministruelo que pretenda, sin debate, o a despecho de la opinión expresada por los que saben más de qué va la cosa, modificar leyes de educación, de prestación de servicios, de suspensión de gestaciones, mejora de la sanidad pública, seguridad en la ejecución de obras, protección ambiental y de costas, creación de empresas, etc.
No va a ser así, expreso, desde mi pesimismo de experto. En lugar de acomodarnos nosotros a la realidad, por pequeño que sea el trozo que nos toque, queremos cambiarla, para acomodarla a nosotros. Cualquier jefecillo dedicará sus primeros esfuerzos en el cargo, no a saber lo que es urgente o lo que el anterior dejó pendiene, sino a hacerse pintar las paredes del despacho, comprar otros muebles (y tirar los que había), poner sus cuadros, y si tiene presupuesto (aunque la empresa o el servicio esté en la ruina), tirará tabiques y se pondrá un wáter con hygolet.
Las ocurrencias las pagamos muy caro, y no sirven más que para alentar las del siguiente, produciendo una cadena de despilfarros y fraudes. Dejemos, por una vez, al menos mientras dure la penuria, sin cambiar de sitio la cocina, la habitación principal donde está y resistamos a convertir la despensa en aseo de servicio. Vivamos en lo que tenemos y dediquemos todo el tiempo que se pueda a animar a los que saben y pueden, no en calentar los ánimos de los que solo hemos pedido que nos dejen trabajar en paz, sin zancadillas, trampas ni empujones.

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