El Conde Lozano, padre de Da. Jimena, en el conocido pasaje de «Las mocedades del Cid«, de Guillén de Castro, le expone a Ansures, un principio de actuación que ha pasado a formar parte del ideario irónico colectivo: «Procure siempre acertalla/el honrado y principal;/pero si la acierta mal,/defendella y no enmendalla.»
Cuando vemos, con lógico estupor, la firmeza con la que quienes, estando encumbrados en funciones de responsabilidad, defienden, tras haber sido descubiertos en falta grave, su inocencia, podemos estar seguros de que ese principio de «Mantenella y no enmendalla» es el escudo protector con el que tratan de ganar tiempo para escapar del centro de la escena.
¿Levantamiento de bienes en perjuicio de acreedores? ¿Infracción a la Hacienda Pública o falsedad en documentos a la Seguridad Social? ¿Utilización de una trama empresarial para evadir responsabilidades, generar economías opacas? ¿Mentir a los accionistas, a los socios, falsificar facturas?
Lo importante es no perder la calma o, al menos, tener a mano el recurso infalible: negar la mayor ante el que viene de cara y, al mismo tiempo, amenazar con desvelar otros pasteles a los colegas de fechorías.
«Juro por mi honor», «vengo a defender mi conciencia y honor», «en ningún caso he cometido irregularidad alguna», son variaciones del mismo objetivo: expulsión de tinta de calamar sobre las certezas, para que se vean menos claras, se emborronen algunos renglones y… se consiga tiempo. Tiempo para que la tensión mediática se aminore, los hechos principales se olviden, la memoria se diluya.
Tiempo para que quienes no han sido descubiertos aún movilicen sus recursos, amistades e influencias, no tanto para salvarse ellos mismos, sino para que salven del ahogamiento a quien dispone de información que les haría daño. en caso de ser divulgada.
La fórmula de distracción ha tenido tanto éxito en la Historia de la desvergüenza, que se utiliza como panacea en toda circunstancia, aunque no tengan que ver con la ética, sino con la competencia y habilidad de personas y equipos para generar soluciones a los problemas colectivos. ¿Que las previsiones de creación de empleo no se cumplen? ¿Que las medidas de reactivación no tienen efecto alguno (en caso de que existan)? ¿Que el cumplimiento de ridículas teorías acerca del déficit presupuestario y el bienestar se vuelven en sables acerados contra la paz social, deshacen el núcleo del estado de derecho, que es la solidaridad con los necesitados, y cortan de cuajo el impulso del crecimiento que ha de contar con la mejora en educación e investigación, cuanto menos?
¿Que la forma de financiación extraordinaria de los partidos políticos ha quedado con las nalgas al aire? ¿Que las empresas contratistas o concesionarias de servicios públicos están detectadas como elementos clave para distribuir comisiones irregulares?
Mantenella y no enmendalla. «No hemos cometido irregularidades y, en caso de que fuera descubierta alguna, el culpable lo habrá realizado a título exclusivamente particular y, además, está muerto».
Desde la razón, la seriedad, el compromiso, se alzan voces que se convierten en clamor creciente: Enmendalla, enmendalla, enmendalla.

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