Se identifican ciertas estrategias en el mundo animal que necesitan de ayudas externas para tener éxito. Entre ellas, son sorprendentes las que actúan en contra de los intereses del propio cooperador. A quien ofrece ayuda al invasor para que se implante con mayor facilidad en su territorio, perjudicándolo, no resultaría difícil catalogarlo como imbécil.
Que un juicio tan duro esté destinado a un ser humano, no viene sino a probar la innata capacidad para lo insensato de la que no es capaz de sustraerse nuestra especie.
Un necio colaborador para las cotorras invasoras
Las cotorras argentinas se han convertido, en pocos años, en parte esencial de nuestro paisaje avícola urbano. Son extremadamente ruidosas, actúan en grupo, tienen un vuelo veloz, con aleteo constante, y disputan a otras aves el grano de los comederos. En primavera, sus graznidos y peleas anuncian su excitación sexual, y se las puede distinguir en las altas cúpulas de algunos árboles -palmeras, abetos, altos pinos, etc., normalmente, a más de siete o diez metros sobre el suelo-, donde instalan sus grandes nidos, que comparten varias parejas.
Proceden de Sudamérica, y no han llegado hasta aquí por sus medios. Como muchas otras especies invasoras, lo han hecho de la mano del hombre, como el mejillón gigante, el cangrejo americano, los castores, las mofetas, las tortugas verdes, las iguanas o las serpientes pitón.
Son extraordinariamente adaptativas. La historia de su aparición en nuestro espacio es tan común como deplorable. Ofrecidas por tiendas de comercio animal o por un importador en fraude de ley, se convierten en un regalo de cumpleaños o primera comunión, apetecido por los niños. Se encaprichan con la posesión de un animal así, por haberlo visto en los escaparates o haber despertado la simpatía infantil en tiernos dibujos animados.
Una cotorra parece un ave interesante, de cuerpo con color verde brillante y alas azuladas; fácil de cuidar. La mascota perfecta. No es muy grande (unos 30 cm de longitud),y se puede mantener en una bonita jaula dorada en el salón. A lo mejor, hasta por la inocencia del destinatario del regalo o de su donante, éstos creen que puedan empezar a hablar algún día, como los loros del pirata de las novelas de aventuras. Alguna palabra sin sentido sí que llegan a pronunciar, si la paciencia de sus mentores alcanza altos niveles.
Solo que, al cabo de poco tiempo, -como sucede casi sistemáticamente con todos esos animales de los llamados de compañía que sirven, en teoría, para socializar a los infantes- los niños o los papás se cansan de la suciedad que provocan, o de su sostenimiento ineficaz, y, surgido el desinterés, se las deja escapar. Para no acusar en vano a sus propietarios, puede también que se haya escapado por sí solas, dada la alta capacidad para escabullirse de las cotorras y sus semejantes.
Ya libres, estas aves verdiazules se reproducen sin descanso. Ponen hasta siete huevos por nidada, y los incuban casi en el mismo tiempo que las gallinas, en solo 27 días. Desplazan a las palomas, amenazan incluso a las urracas con quitarles la comida, ahuyentan a los pájaros insectívoros, destruyendo sus nidos.
Desde 2011 estas aves están catalogadas como Especies Exóticas Invasoras, (Real Decreto 1628/2011), y está prohibida en España su posesión, comercio e introducción en el medio natural. En todos los ayuntamientos afectados por la invasión de las cotorras, se estudian medidas para erradicarlas. Se estudian con intensidad y parsimonia, porque su número crece. En Madrid, a veces he llegado a pensar que son las aves con poblaciones más densas: en el Retiro, en Arturo Soria, en la Ciudad Universitaria, en la Casa de Campo, en…
¿Qué podemos aprender, en el supramundo empresarial, de la estrategia de las cotorras? En mi opinión, que también se puede medrar y ganar dinero sin ninguna estrategia. Basta contar con un tonto útil que nos encumbre a la posición privilegiada, cediéndonos el terreno. No necesitamos más que contar con un aspecto apetecible, hermoso, disimular nuestra condición dañina o perversa.
Lamento haberme metido en este berenjenal, pero también ahí se pueden encontrar ejemplos de éxito entre aquellos que no tienen más virtud que la del ropaje con la que se disfracen, para engatusar a alguien que -presumiendo de haber descubierto a un mirlo blanco- nos lo introduzca en el gallinero. Acabará comiéndose las gallinas, sin que sus huevos ni carne sean comestibles.

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