Si las cifras no engañan, en el parque nacional del Serengueti (Tanzania) coexisten unos 3.000 leones con más o menos un millón de gacelas. Aunque la dieta de los leones puede ser más variada, mi información es que prefieren comer gacela.
Analizar la situación en el parque, desde el punto de vista de unos y otras, revela una cuestión de interesante aplicación a los parques en donde los humanos desarrollamos nuestras vidas.
Conjunto intersección vital para gacelas y leones.
Se atribuye a Roger Bannister la concreción de una parábola bastante obvia, que este investigador clínico británico expresó así: «Cada mañana, en Africa, se despierta una gacela. Sabe que debe correr más rápido que el león o no sobrevivirá. Todas las mañanas, un león se despierta y sabe que debe correr más rápido que la gacela más lenta, o se pasará hambre. Así que, no importa si eres la gacela o el león, cuando el sol sale, lo mejor es que estés moviéndote.» (1)
El asunto plantea la cuestión de la supervivencia entre depredadores y posibles víctimas, en términos precisos. Las gacelas lo tienen más difícil, pues no les basta correr muy bien, sino que tienen que superar la marca del león más veloz, con el que tienen el riesgo, en su momento de peor suerte, de encontrarse. Por supuesto, la mayor parte de las veces en las que se vean obligadas a correr delante de un león, no estarán enfrentándose al campeón, pero esto no las exime de prepararse para la eventualidad más perjudicial, si quieren tener la seguridad de sobrevivir en cualquier circunstancia.
Para los leones, el dilema tiene una formulación mucho más cómoda. Si la casualidad les llevó a competir con las gacelas más veloces que ellos, no tienen más que desistir, y esperar a toparse, recuperadas las fuerzas, con un grupo de esos gráciles herbívoros en el que alguno de ellos no alcance a superar su registro personal. Como todos los leones tienen la misma necesidad de alimentarse, no será preciso que su estrategia sea prepararse para ser el campeón de los leones: le bastará a cada uno con confiar que la casualidad le permita confrontarse con una gacela que, no siendo desde luego la más veloz de las gacelas, al menos, sea menos rápida que él mismo.
Me he visto confrontado, como todos, varias veces, a lo largo de la vida, con otros coetáneos que disfrutaban de marcas inalcanzables para mí. Prudentemente, procuré, si me era posible, evitar entrar en conflicto y, cuando la situación lo permitía, entrar en colaboración con el más listo, más ágil, mejor informado.
Pero si entendía que el momento no me facilitaba ni escabullirme ni buscar la cooperación eficiente con los mejores, me esforcé en estar dentro del pelotón.
Es posible imaginarse situaciones así. En mi caso, la actitud propuesta me resultó especialmente útil en las pruebas físicas de selección, para las que la naturaleza no me dotó con prodigalidad. Ni he jugado bien a ningún deporte, ni corrí para destacar. Consciente de esas limitaciones, no pretendí ser el mejor, sino asumir mi limitación. En las pruebas de milicias (en aquellos tiempos en los que el servicio militar era obligatorio), mi clave personal era no resultar la gacela más lenta. No pretendí, en esos casos, competir con los más capaces -ni de lejos, para no despilfarrar mis fuerzas-, pero sí pasar desapercibido en el grupo.
En el mundo de las empresas, me sorprende encontrarme con equipos que parecen desconocer sus limitaciones de gacelas. Se empeñan en correr en los torneos para leones, en lugar de concentrarse en aumentar sus opciones en aquello en lo que son realmente buenos, en lugar de pretender competir con los campeones. Hay muchos sitios que ocupar en los escalones intermedios, porque se necesitan habilidades a diferentes niveles.
Para sobrevivir como gacela, lo más prudente es estar alejado de las zonas que frecuentan los leones. Si aceptamos que la relación es de 3.000: 1.000.000, la probabilidad somera de encontrarse, haciendo abstracción de más complejas consideraciones, es tan pequeña como 3 milésimas.
Para tener éxito como león, por supuesto, todo es mucho más fácil, pero no hay que olvidarse de que se come gacela. Instalados en un territorio, la capacidad de supervivencia está directamente relacionada con la habilidad para mantenerse en la carrera entre gacelas o leones. Si eres de las primeras, no es aconsejable, salvo intenciones suicidas, lanzarse inconscientemente al terreno de los leones.
Si eres de los leones, en lugar de empeñarse en ser el más veloz, bastará tener más agilidad que parte de las gacelas. Y, la verdad, si se advierte que la propia empresa está en el pelotón de las menos eficientes, ya sea de gacelas o de leones, mejor será liquidar el hipotético negocio y dedicarse a otra actividad para la que nos veamos más capacitados, pero siempre, en comparación con nuestra naturaleza.
Por eso, me sorprende cuando oigo, por ejemplo, a un joven que acaba de abrir su restaurante, con la ayuda del dinero que le prestaron sus padres o su futura familia política (solo probable), y con el equipaje precario de unos cursos en la Escuela de Hostelería de su ciudad, decir: «Me propongo conseguir la primera estrella Michelín en dos años».
Si encuentro que mi mensaje va a llegarle a tiempo, le tengo que replicar: «¿Y para qué quieres esa estrella, difícil, sino imposible de conseguir, en un mundo en donde hay miles de leones y gacelas que pretenden ser las más veloces? ¿No será más adecuado para tu futuro, limitarte a tener un buen restaurante, con clientela satisfecha, colaboradores eficientes, y una caja diaria que te permita sobrevivir dignamente y devolver el dinero que te han prestado?
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(1) Bannister redactó su reflexión de esta forma: “Every morning in Africa a gazelle wakes up. It knows it must move faster than the lion or it will not survive. Every morning a lion wakes up and it knows it must move faster than the slowest gazelle or it will starve. It doesn’t matter if you are the lion or the gazelle, when the sun comes up, you better be moving.”
