Al socaire

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Estrategias salvajes (Epílogo): Propuesta de estrategia para civilizados. Previsiones (2)

26 marzo, 2016 By amarias Deja un comentario

La facilidad con la que los países occidentales, y especialmente los europeos, se han concentrado en problemas particulares, a los que, además, no alcanzan a resolver, es un elemento que permite definir con alta probabilidad cuál será su trayectoria a medio plazo (siglos XX y XXI, como ya tengo escrito). La del perdedor.

La trayectoria reciente de la Unión Europea, en si misma, resulta preocupante por la falta de coherencia entre principios y praxis. A pesar de lo que intenta reflejar su nombre, la desunión y disparidad de criterios entre los gobiernos (es decir, entre los países) ha crecido, produciéndose el crecimiento anti-natura de posiciones egoístas, nacionalistas o partidistas. La amenaza del Brexit, el trato dado a la crisis griega y la incorporación precipitada y no digerida de países del Este con ejemplos que, en lugar de ayudar a la cohesión, han añadido incertidumbres sobre la coherencia. En España, el resurgir de los ímpetus independentistas catalanes y vascos, apoyados por genuinos síntomas de insolidaridad, ha puesto en nuestro territorio el problema de la revisión permanente que pretenden los egoismos de cualesquiera identidades compartidas.

No solo en la falta de coherencia interior se muestra el resquebrajamiento de la idea de una Europa unitaria. La debilidad internacional de sus estructuras comunes apuntan hacia la conclusión inequívoca de que, no será protagonista de ninguna de las actuaciones relevantes globales -ya sean acuerdos pacíficos o guerras de posición-. Continuará consumiendo valiosas energías en tratar de resolver problemas interiores de cohesión, discutir campos de competencia privilegiada  para los grupos empresariales dominantes, y se anquilosará en los análisis de posibles actuaciones que no llegarán a ponerse en práctica o perderán su oportunidad.

Es una lástima. Considero irrenunciable el mantener como guía de la actuación de la especie humana la ética universal, lo que exige una coherencia plena entre lo expresado como principio y lo ejecutado. La Unión Europea tiene ahí, bien a la vista, no ya sus serios problemas de identidad, sino su falsedad doctrinal. La posición que adoptó la UE respecto a los refugiados sirios es incoherente con sus principios, éticamente inadmisible y perfectamente encajable con la filosofía Nimby, en la que los objetos a los que se considera como basura indeseable son seres humanos.

La Unión Europea no parece, sin embargo, ser consciente de sus problemas de coherencia deontológica cuando se  presenta como paladín mundial en las medidas de contención del cambio climático. Por eso, ahondando en la credibilidad de esa postura, podrían descubrirse raíces oscuras. Los objetivos de aumentar la participación de las energías renovables en el mix energético propio, apoyados, en especial, por Alemania y Francia (España, actuaría aquí en coherencia con su vocación de tonto útil), tendrían como fundamento comercial la posibilidad de obtener importantes beneficios empresariales en la implantación de las «energías limpias», cuya tecnología dominan, en áreas internacionales con gigantesco potencial desarrollo (1)

En fin, la estrategia salvaje de la Unión Europea sería la de perseguir o ahuyentar de su territorio a los gorriones, en lugar de entender la importancia que representan para su propia existencia. En esta tragedia, los exiliados forzosos de los países en conflicto en Africa, los desplazados por la necesidad y por el atractivo de una vida teóricamente mejor, ocuparían el metafórico papel de los gorriones, y el mensaje sería el de: «Que no pasen» .

No me engaño, sin embargo, en la relativa falta de importancia de este efecto para desfigurar las conclusiones del análisis. La Unión Europea es una zona económicamente agotada, no tiene trabajos ni bienestar que ofrecer  al contrario) y su única trayectoria futura previsible es el declive.

He escrito en otros lugares, con mayor extensión, que el crecimiento en la implantación de las tecnologías de información y comunicación (TICs) está provocando un cambio profundo en la forma de concebir los servicios y su comercialización, que arrastrará pérdidas de empleo masivas, no recuperables.

No tiene recursos, su tecnología, siendo importante, no es puntera en sectores clave, y la industria contaminante y primaria, incluso de semitransformados, está ya externalizada o en vías. Me resulta inconcebible la aparente ceguera con la que se está viendo la cuestión, y, siendo evidentes los síntomas, solo encuentro justificación en los intereses que están detrás de los que afirman que las TICs crearán empleo, o que la sustitución de la industria pesada y de transformación por otras mucho más automatizadas o con materiales más ligeros, generará actividad local. El lema sería: «Aguanta mientras cobro».

La destrucción de puestos de trabajo en los sectores bancario, en la contratación de paquetes turísticos, en la comercialización en todo tipo de sectores (ahora cada vez más centralizados por internet y con capacidad de contratación autónoma desde el propio hogar o la oficina) será creciente. Exponencialmente creciente, y en menos de una década. Y no será recuperable por otros sectores, ni  nuevos ni, por supuesto, el impulso a los tradicionales. La capacidad de consumo europea estaría vinculada a la generación de puestos de trabajo y riqueza y, parodiando una frase histórica: En los hogares europeos no cabe más, solo cabe mejor, pero…no tienen con qué pagarlo.

La incorporación de tecnologías avanzadas (sean las que fueren, o que el lector quiera considerar), no generará empleo neto. Cierto que se crearán puestos de trabajo más cualificados, pero no en número suficiente para todos los que aspiran a ellos. La dicotomía del mercado laboral en los países hoy tenidos por desarrollados y, especialmente, en Europa, está servida: se creará un inmenso gap, un vacío, entre los trabajadores con altos conocimientos (y bien pagados) y los que ocupen la escala inferior, como servidores de aquellos o del Estado. En el medio, estará la gran masa de población, viviendo de las subvenciones del Estado, mientras aguante .

La única salida de escape o descongestionadora sería la de desplazamiento de medios hacia los países en desarrollo, ayudándoles a crecer desde el terreno, en una cooperación abierta. El potencial sería, en efecto,  muy alto.

Para encajar en la puesta en valor completa de esa potencialidad ajena, hace falta una gran capacidad financiera, la existencia de estrategia cooperativa, en la que los beneficios mutuos estén claros…y se precisa resolver, también, un hándicap sicológico: el hospedante debe tener la certeza de ser el más beneficiado. El cooperante occidental debería asumir que su aportación será superior al beneficio obtenido,porque no se trata para él de crecer, sino de subsistir.

Hay un problema adicional, el más importante, para que la Unión Europea pueda tener sitio de relevancia en esa carrera por la subsistencia. Los sitios de primera está ocupados por potencias mucho más fuertes: China y Estados Unidos, en ese orden.

Habría que adoptar una posición conjunta, y de cánido domesticado. Mover la cola y contentarse con lo que caiga de la mesa. No existen aquí estrategias salvajes de las que tomar ejemplo, ni siquiera como aproximación provocadora. La cooperación en términos de igualdad entre animales es inexistente, y los ejemplos que se pudieran aportar serían solo aparentes.

Porque los animales solo actúan juntos: 1) como medida de defensa ante los depredadores (es el caso de las cebras y los antílopes frente a los leones, cocodrilos y otros carnívoros); 2) en casos excepcionales de unión aparente, porque mejora sus capacidades de ataque hacia las presas ; 3) por aumentar sus posibilidades de supervivencia en caso de ataque (cardúmenes de varias especies, cuyo tamaño está en relación con la subsistencia de especímenes si son masacrados por un ejército de tiburones, delfines y orcas); 4) porque una especie se subordina a la otra, ofreciéndole un servicio que la beneficia (garzas e hipopótamos); o 5) porque no pueden librarse de un huésped aprovechado (rémoras y tiburones, anémonas y cangrejos, lapas y mejillones).

Podría justificar este pesimismo crítico en que es hoy Sábado Santo, celebración cristiana caída en el olvido, salvo para justificar un período vacacional, y que la mayor parte de mis compatriotas parecen ocupados en la diversión fútbol, conciertos masivos, vacaciones, asistencia pasiva a procesiones, etc), en la confianza de que los problemas se resuelvan solos, por arte de birlibirloque (formación de Gobierno, reconstrucción de una red industrial con potencial de crecimiento, revisión inmediata de las fórmulas de enseñanza, sostenimiento del estado social, generación o potenciación de la cooperación empresarial, etc.).

Quizá espera que refugiarse en la propia concha, como hace el caracol cuando el tiempo está seco, traerá un tiempo húmedo… Esa no es, desde luego, una estrategia inteligente.

(continuará)

 

Publicado en: Actualidad Etiquetado como: caracol, estrategia, estrategias salvajes, Nimby, Unión europea

Estrategias salvajes (10): La extraña fidelidad a los humanos de los Gasterópodos terrestres

23 marzo, 2016 By amarias Deja un comentario

Puede que si esta estrategia salvaje es leída por un experto en gasterópodos la encuentre algo traída por los pelos. Sin embargo, después de una discreta labor de investigación utilizando los medios a mi alcance, la defiendo como la más verdadera de todas las estrategias animales y, lo que es más importante, a los efectos de lo que me tengo propuesto con esta publicación, su aplicación al mundo empresarial tiene potencia.

La extraña fidelidad a los humanos de los Gasterópodos terrestres

Cuando me enteré hace un par de años de que en la excavación del yacimiento gravetiense -hace 25.000 años- de Cova de la Barriada (Alicante, cerca de Benidorm), se habían encontrado acumulaciones importantes de Iberus alonensis (un caracol propio de terrenos muy áridos),  en número y disposición que sugerían la aportación humana, me empecé a interesar por conocer más detalles de la superposición de los hábitats de los seres humanos y los caracoles terrestres. (1)

En Cova de la Barriada, los investigadores apuntaban que, por los vestigios encontrados, se había llevado a cabo la recolección de individuos de la especie, en su mayoría adultos, y que se habían tostado en algo parecido a un pozo de cocción, con pino y enebro.

Aunque se que no a todo el mundo le gustan los caracoles como alimento y hasta le pueden repugnar a alguien, por su aspecto baboso y el tipo de hábitat en donde normalmente los vemos,  valga como elemental justificación a mi curiosidad, que a mí siempre me atrajeron: tanto en el campo -es un espectáculo verlos aparecer por miríadas después de una descarga de tormenta en primavera- como en la cocina.

De niño, incluso, hacía competiciones con ellos, y ya entonces aprendí a distinguir algunos tipos. No todos, claro, ni mucho menos : el caracol degollado (Rumina decollata), el pequeño Xerosecta (Xerosecta sespitum), el moteado, el lobo (Euglandina rosea), el blanquillo, el turco. Hay quizá más de 1.000 especies en el mundo. Solo en Asturias se han detectado unas 120 especies de caracoles.

La más interesante de ellas y una de las primeras en que fijé mi atención, es  la Cepaea nemoralis, un caracol muy hermoso. Adopta colores muy variados, con bandas oscuras remarcando las circunvoluciones de la concha, y tiene una forma más esbelta y aplanada que la especie más común, el Helix pomatia o caracol de Borgoña, cuya morfología se estudia (o se estudiaba) en los libros de Ciencias Naturales de aquel Bachillerato (¡ay!).

Después de una lluvia repentina, preferiblemente en abril y mayo, los aficionados los recogen en abundancia, aunque suelen despreciar los que tienen conchas de colores, quizá imaginando que son venenosos. En los mercados, no es ahora raro ver en oferta sacos de caracoles «cultivados», a precios muy asequibles.

El Cepae nemoralis es buen comestible y, para mi gusto, es más sabroso (aunque el guiso sabe, sobre todo, a ajo, perejil y picante). En las tierras de Aragón, que saben de eso, es especialmente apreciado.

Así que, cuando, leyendo informaciones sobre descubrimientos arqueológicos en asentamientos humanos, encontré varios artículos que confirmaban que se habían descubierto, en yacimientos españoles y europeos datados en el Paleolítico Inferior (período Achelliense, es decir, hace unos 600.000 años), acumulaciones de conchas de Cepaea nemoralis, con señales inconfundibles de haber sido cocidas para devorar su interior, no tuve dudas: los caracoles y, en concreto, mi gasterópodo terrestre  más querido, había estado al lado de nuestra especie, prácticamente desde el origen.

Recomponiendo todas las evidencias que se estaban acumulando, me imaginé que, desde los primeros asentamientos de nuestros antepasados, a poco de abandonar su vida nómada y convertirse en pecarios cultivadores de granos y vegetales, después de tener dominados el fuego y con los primeros resultados del tallado a golpes de la piedra contra la piedra, los Cepaea se habían incorporado sistemáticamente a la dieta de los neandertalenses y otros respetables homínidos, en una comunión recíproca nunca interrumpida desde entonces.

Los Cepaea, como supongo que otros caracoles terrestres con concha, formaron parte de las delicadezas gastronómicas de nuestros antepasados y lo siguen siendo hoy. Y, a riesgo de que a algún espíritu remilgado le repugne la imagen, los caracoles terrestres les degustaban a ellos, cuando fallecían (y no eran incinerados en una actuación contra natura). El ciclo se completaba de manera sublime, en una reciprocidad propia de novela de amor pantagruélica.

El lector atento no necesitará que le advierta que no me estoy refiriendo a todos los gasterópodos, sino solo a los terrestres y, de entre ellos, a los de huerta (que es como decir, de cementerio) y, de entre ellos, a los cepaea. Su gran distribución no tiene que ver con la cercanía al mar de sus colonias, por lo que se encuentran presentes en los espacios interiores habitados por el hombre más diversos. No me interesa saber o imaginar que nuestros antepasados comieran también otros gasterópodos que no tienen concha, cuando, además, ya que las partes blandas desaparecen, no nos sería posible encontrar la evidencia de su degustación por el hombre primitivo en ningún resto fósil.

Nadie duda que los moluscos marinos fueron dieta habitual de los antepasados que deambulaban por la costa, refugiándose en las oquedades kársticas. La hipótesis, es tan obvia que no necesita ser probada. Los mejillones, las liebres de mar, las caracolas o los bígaros serían fáciles de encontrar por esos hábitats, y, además, no necesitaban ni necesitan ser cocidos para degustar su excelente sabor: no hacía falta esperar a dominar el fuego ni al tallado de piedra.

Pero los Cepaea nemoralis se desarrollan, sobre todo, alcanzando carácter de plaga apetitosa, en los cercados, en los huertos controlados por humanos, en los cementerios. Y no nos han abandonado jamás, ni  nosotros a ellos. Puedo ver a las mujeres recolectoras limpiando las coles, los semilleros, las gramíneas de sus cultivos de estos gasterópodos, retirando de las plantas y hortalizas los  caracoles de colores, vigilando los bordes de los enterramientos, territorios sagrados y misteriosos en donde se concentraban los cepaea y los helix. Luego, con la cosecha proteica, machacando las cochas contra la piedra y degustando el interior como complemento a la dieta, cada vez más amplia, de los que habían sido hasta entonces cazadores de riesgo y recolectores de paso.

Por cierto, para quien quiera saber algún detalle curiosos, el cepae nemoralis es llamado por aquí comúnmente el caracol moro. Resulta especialmente resistente, en comparación a sus congéneres, a pesar de su aspecto más sofisticado.

Su pigmentación de colores no los defiende precisamente de sus depredadores, entre ellos los tordos, los erizos, las culebras. Incluso tienen un enemigo peculiar, un parásito del género Leucochloridiun, que los usan como huéspedes intermedios, que se instalan en sus tentáculos, y que atraen con sus destellos particularmente a los túrdidos, que se los comen encantados, rompiendo sus conchas a picotazos contra piedras planas (el observador puede distinguir esos «yunques de tordo» por los restos de conchas). Los tremátodos terminan su ciclo vital en estas aves, a las que infestan.

Estoy convencido que la asociación entre cepae nemoralis y homo sapiens ha sido ventajosa para ambos, incluso antes de que fueran tenidos los primeros como especiales delicatessen gastronómica por los segundos, agudizadas sus papilas gustativas por el ajo y la pimienta . Los huertos y los campos cultivados, las tapias de los cementerios, los ortigales, matujos, parterres y bardiales, en donde viven sus vidas hermafroditas y extremadamente fértiles los caracoles terrestres, han sido lugares creados tanto por la razón como, a veces, por la negligencia del hombre, en donde florecieron. Es lamentable que ahora, por el empleo de los productos contra babosas y caracoles, sus poblaciones retroceden, envenenadas.

Ignoro si esta colaboración natural entre hombres y caracoles terrestres estará llegando a su fin. Ojalá no, y las dos especies sigan su camino de misteriosa interdependencia. No quiero especular tampoco sobre el efecto de la desaparición de esa especie que nos ha acompañado tanto tiempo, que forma parte de nuestro ciclo vital como nosotros del suyo. ¿Qué podrá sustituirla? ¿Comerán nuestros descendientes tijeretas, miriápodos, hormigas?

Si desaparecen quizá será parecido a lo que sentimos cuando vamos a la peluquería de costumbre, o a comprar el periódico al quiosco habitual, o al bar donde tomamos el aperitivo, y nos damos cuenta de que la persona que nos atendía no está allí. Sabíamos apenas su nombre, recordamos mal los detalles de su fisionomía, no hemos intercambiado con ella más de un par de palabras en cada ocasión, desconocemos hasta lo más básico de su vida, pero resulta que, ahora, cuando se fue, la echamos de menos.

Nos da pereza explicar a este desconocido que ocupa su sitio, llegado de no sabemos dónde, cómo ha de ser el corte de pelo, cómo queremos el café, nuestros colores preferidos, cuál es nuestro diario habitual,…ése que nos reservaba el ausente incluso cuando nos ausentábamos unos días.

¿Lo habrán despedido? ¿Estará cobrando el paro en su casa, se habrá prejubilado, se habrá apuntado a un curso de operador telemático? Las estadísticas solo reflejan números, sin nombres, sin precisar intenciones, sin análisis personalizados.

Me ha costado últimamente encontrar en Asturias ejemplares de cepaea nemoralis. En los fríos cementerios de población grande, aunque aumenta exponencialmente el número de las tumbas abandonadas, no hay apenas caracoles en los muros; se habrán ido, supongo. Es preciso ir a los cementerios de pueblo, esos con las tierras húmedas, los muros cubiertos de hiedra, con los cántaros de flores que fueron frescas ahora pudriéndose sobre las lápidas. No tengo porqué alarmarme, supongo. Los caracoles seguirán con nosotros en libertad, a pesar de que nos comamos ahora los cultivados. Quizá en las ciudades, ahora que llueve menos, los caracoles se aletarguen en lugares más escondidos, en suelos más profundos.

—-

(1) Quizá haya que anotar que la costa, en esa época, estaba bastante lejos, a varias decenas de kilómetros.

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Estrategias salvajes (8): Un solo licaón no caza antílope ni facóquero

22 marzo, 2016 By amarias 3 comentarios

Todos hemos tenido ocasión de ver alguno de los magníficos documentales del National Geographic en los que varias leonas persiguen a un antílope -más veloz en carreras largas, pues los carnívoros consumen demasiada energía para mantener el ritmo más allá de unos pocos minutos-, disponiéndose a lo largo del recorrido más probable de su presa, y compartiendo el resultado final de la caza conjunta.

Otros animales también cazan en grupo, siendo las hienas y los licaones los depredadores que practican, por excelencia, esa modalidad de persecución a una víctima. A estos últimos dedico esta reflexión.

Un solo licaón no caza antílope ni facóquero

El licaón (lycaon pictus), el perro salvaje africano, es relativamente pequeño, con un peso entre 20 y 40 kg. La envergadura no es muy diferente de la de un pointer o un podenco enjuto y, como ellos, aunque mejorando las prestaciones de estos cánidos domésticos, su cualidad más notable es la carrera de fondo. Por su tamaño, podría creerse que se dedica a presas menores, pero en realidad, no desdeña atacar a ningún animal, por grande que sea.

Tiene unas mandíbulas tan poderosas que pueden romper los huesos más duros y su coeficiente de mordida, es el más alto de los mamíferos carnívoros (a salvo, se dice, del diablo de Tasmania, -sarcophilus harrisii-, marsupial parecido a un perro con cabeza desproporcionada).

La ferocidad y habilidades de los licaones alcanzan su verdadera dimensión porque cazan en manadas, que superan los 20 ejemplares. En grupo resulta el depredador más efectivo de la naturaleza, pues falla en menos de 1 de cada cinco veces que lo intentan. Aunque individualmente son excelentes corredores, y muy resistentes, en la persecución a sus presas lo hace de forma coordinada, tomando la delantera, atajando espacios algunos miembros de la manada, sobre el grupo principal de perseguidores y acosado.

Cuando consiguen atrapar a su víctima, mientras alguno de los licaones la sujeta por la cabeza y la cola, la mayoría se lanza sobre el vientre de la infeliz, y la destripa; sin llegar matarla, por lo que puede decirse que es devorada aún viva. Una técnica de caza colectiva que depuran y perfeccionan con la experiencia, que les permite no desdeñar  impalas o antílopes, e incluso, cuando la manada alcanza su plenitud como depredador coordinado, cebras, búfalos o ñúes.

Aunque no se ha podido encontrar fotográficamente la evidencia, los habitantes humanos de las sabanas africanas que los tienen por convecinos, están seguros de que, como las hienas manchadas (crocruta crocruta) -que pueden triplicarlos en tamaño y rivalizan en ferocidad y coordinación de masas-, los licaones cazan hasta leones que son, sin embargo, junto a los cocodrilos y las mismas hienas, sus enemigos naturales.

He aquí, pues, un ejemplo de cómo el trabajo acometido en grupo potencia la consecución de objetivos. Un licaón que actuara aislado tendría muy escasas, o nulas, posibilidades de lograr cazar una pieza tan ágil como un antílope o provista de colmillos tan peligrosos como el facóquero o facocero. En manada, sin embargo, alternando los esfuerzos y agotando los de la presa, ésta tiene pocas posibilidades de escapar viva.

Quiero llamar la atención, también, sobre una especial circunstancia. Hay que creer a los masari y a otros representantes tribales de los territorios en donde cazan los licaones, cuando afirman que, si se encuentran con un león o una hiena, los persiguen también. No los comerán, en ese caso, si consiguen atraparlos, porque no les gusta su carne. Eliminan, con ello, simplemente, competencia.

En el mundo de la empresa, la coordinación de esfuerzos resulta imprescindible para abordar los objetivos más ambiciosos. Refiriéndonos a la investigación aplicada, al desarrollo de nuevos productos, a los avances en materiales o tecnologías sofisticadas, la imaginación humana ha descubierto, desde los años 90 del pasado siglo, el interés de los clúster industriales.

Un clúster puede asimilarse a una manada empresarial heterogénea que se fija metas que sabe que solo puede conseguir en equipo. No está formada por empresas del mismo sector, ni con iguales características. El punto de unión es la complementariedad y, adicionalmente, la ubicación en un mismo espacio físico.

Gracias al análisis previo de las ventajas y debilidades individuales, se estructura una estrategia conjunta que permitirá  incorporar nuevos elementos a las cadenas de producción, tecnologías y procesos que sirvan al crecimiento de todos sus miembros, respetando, sin embargo, los sectores que constituyen el objeto social de cada uno.

Pertrechados con herramientas de uso compartido, robustecidos con nuevos elementos que habrán surgido del trabajo o la investigación conjunta y que incorporarán a sus cadenas de producción propias, las concentraciones territoriales de empresas, ponen en valor sus ventajas comparativas como grupo en sectores concretos, consiguiendo mejorar sus competitividades y aumentando las capacidades individuales de resistencia.

No es una propuesta ingenua, sino que hay que advertir de sus limitaciones. Lo que los humanos persiguen con sus empresas no son piezas sencillas, ni tienen características tan bien determinadas como las gacelas, o los cuacóqueros. Tampoco es fácil saber si los competidores más peligrosos serán los leones, los cocodrilos, la falta de recursos financieros, el crecimiento desmedido en corto plaza, o muchos otros de los fantasmas de medio pelo, que se mueven al acecho de los que se mueven por la pradera, amparados en quién sabe qué artes.

Por eso, tanto si se trata de actuar en clúster como de forma independiente, no se puede olvidar la prudencia en la mochila de empresario. Antes de lanzarse a pisar un nuevo terreno, que se desconoce si resultará pantanoso o firme, y en vez de comprobar en propias carnes si habrá sido plaza previa de cocodrilos, tiburones o leones, échese mano de la sensatez.

Servirá para acomodar los objetivos a las fuerzas de que se disponga y a las características del emprendimiento -conocimientos, finanzas, dimensión del mercado potencial, análisis de la competencia, etc.-. Que, como ingredientes tan necesarios como los principales, habrán de incorporarse a la inteligencia, la dedicación, y las capacidades de reacción y resistencia que a todo buen emprendedor, como se decía del valor al soldado, se le presupone.

Incluso si el territorio ocupado resultara atractivo para algún león, hiena o cocodrilo empresarial, y se aventurara por él despreciando las señales disuasorias, que se atenga el intruso al riesgo de resultar, él mismo, víctima en lugar de victimario.

 

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Estrategias salvajes (7): Conjunto intersección vital para gacelas y leones

22 marzo, 2016 By amarias 1 comentario

Si las cifras no engañan, en el parque nacional del Serengueti (Tanzania) coexisten unos 3.000 leones con más o menos un millón de gacelas. Aunque la dieta de los leones puede ser más variada, mi información es que prefieren comer gacela.

Analizar la situación en el parque, desde el punto de vista de unos y otras, revela una cuestión de interesante aplicación a los parques en donde los humanos desarrollamos nuestras vidas.

Conjunto intersección vital para gacelas y leones.

Se atribuye a Roger Bannister la concreción de una parábola bastante obvia, que este investigador clínico británico expresó así: «Cada mañana, en Africa, se despierta una gacela. Sabe que debe correr más rápido que el león o no sobrevivirá. Todas las mañanas, un león se despierta y sabe que debe correr más rápido que la gacela más lenta, o se pasará hambre. Así que, no importa si eres la gacela o el león, cuando el sol sale, lo mejor es que estés moviéndote.» (1)

El asunto plantea la cuestión de la supervivencia entre depredadores y posibles víctimas, en términos precisos. Las gacelas lo tienen más difícil, pues no les basta correr muy bien, sino que tienen que superar la marca del león más veloz, con el que tienen el riesgo, en su momento de peor suerte, de encontrarse. Por supuesto, la mayor parte de las veces en las que se vean obligadas a correr delante de un león, no estarán enfrentándose al campeón, pero esto no las exime de prepararse para la eventualidad más perjudicial, si quieren tener la seguridad de sobrevivir en cualquier circunstancia.

Para los leones, el dilema tiene una formulación mucho más cómoda. Si la casualidad les llevó a competir con las gacelas más veloces que ellos, no tienen más que desistir, y esperar a toparse, recuperadas las fuerzas, con un grupo de esos gráciles herbívoros en el que alguno de ellos no alcance a superar su registro personal. Como todos los leones tienen la misma necesidad de alimentarse, no será preciso que su estrategia sea prepararse para ser el campeón de los leones: le bastará a cada uno con confiar que la casualidad le permita confrontarse con una gacela que, no siendo desde luego la más veloz de las gacelas, al menos, sea menos rápida que él mismo.

Me he visto confrontado, como todos, varias veces, a lo largo de la vida, con otros coetáneos que disfrutaban de marcas inalcanzables para mí. Prudentemente, procuré, si me era posible, evitar entrar en conflicto y, cuando la situación lo permitía, entrar en colaboración con el más listo, más ágil, mejor informado.

Pero si entendía que el momento no me facilitaba ni escabullirme ni buscar la cooperación eficiente con los mejores, me esforcé en estar dentro del pelotón.

Es posible imaginarse situaciones así. En mi caso, la actitud propuesta me resultó especialmente útil en las pruebas físicas de selección, para las que la naturaleza no me dotó  con prodigalidad. Ni he jugado bien a ningún deporte, ni corrí para destacar. Consciente de esas limitaciones, no pretendí ser el mejor, sino asumir mi limitación. En las pruebas de milicias (en aquellos tiempos en los que el servicio militar era obligatorio), mi clave personal era no resultar la gacela más lenta. No pretendí, en esos casos, competir con los más capaces -ni de lejos, para no despilfarrar mis fuerzas-, pero sí pasar desapercibido en el grupo.

En el mundo de las empresas, me sorprende encontrarme con equipos que parecen desconocer sus limitaciones de gacelas. Se empeñan en correr en los torneos para leones, en lugar de concentrarse en aumentar sus opciones en aquello en lo que son realmente buenos, en lugar de pretender competir con los campeones. Hay muchos sitios que ocupar en los escalones intermedios, porque se necesitan habilidades a diferentes niveles.

Para sobrevivir como gacela, lo más prudente es estar alejado de las zonas que frecuentan los leones. Si aceptamos que la relación es de 3.000: 1.000.000, la probabilidad somera de encontrarse, haciendo abstracción de más complejas consideraciones, es tan pequeña como 3 milésimas.

Para tener éxito como león, por supuesto, todo es mucho más fácil, pero no hay que olvidarse de que se come gacela. Instalados en un territorio, la capacidad de supervivencia está directamente relacionada con la habilidad para mantenerse en la carrera entre gacelas o leones. Si eres de las primeras, no es aconsejable, salvo intenciones suicidas, lanzarse inconscientemente al terreno de los leones.

Si eres de los leones, en lugar de empeñarse en ser el más veloz, bastará tener más agilidad que parte de las gacelas. Y, la verdad, si se advierte que la propia empresa está en el pelotón de las menos eficientes, ya sea de gacelas o de leones, mejor será liquidar el hipotético negocio y dedicarse a otra actividad para la que nos veamos más capacitados, pero siempre, en comparación con nuestra naturaleza.

Por eso, me sorprende cuando oigo, por ejemplo, a un joven que acaba de abrir su restaurante, con la ayuda del dinero que le prestaron sus padres o su futura familia política (solo probable), y con el equipaje precario de unos cursos en la Escuela de Hostelería de su ciudad, decir: «Me propongo conseguir la primera estrella Michelín en dos años».

Si encuentro que mi mensaje va a llegarle a tiempo, le tengo que replicar: «¿Y para qué quieres esa estrella, difícil, sino imposible de conseguir, en un mundo en donde hay miles de leones y gacelas que pretenden ser las más veloces? ¿No será más adecuado para tu futuro, limitarte a tener un buen restaurante, con clientela satisfecha, colaboradores eficientes, y una caja diaria que te permita sobrevivir dignamente y devolver el dinero que te han prestado?

——

(1) Bannister redactó su reflexión de esta forma: “Every morning in Africa a gazelle wakes up. It knows it must move faster than the lion or it will not survive. Every morning a lion wakes up and it knows it must move faster than the slowest gazelle or it will starve. It doesn’t matter if you are the lion or the gazelle, when the sun comes up, you better be moving.”

Publicado en: Actualidad, Economía, Empresa Etiquetado como: Bannister, estrategias salvajes, gacelas, leones

Estrategias salvajes (6): Cómo las avispas de las arañas preparan a sus hijos para el futuro

22 marzo, 2016 By amarias 1 comentario

Los animales carnívoros se benefician de las proteínas que otros han formado, ahorrándose así varios pasos en la cadena trófica. Como la naturaleza no abusa de la crueldad, lo más habitual es que los depredadores seguen la vida de sus víctimas rápidamente, sin ensañamiento: un mordisco en la yugular, un aguijonazo venenoso y paralizante, por ejemplo.

Aunque hay algunos animales que extreman el abuso de su dominio. Las avispas de las arañas son un ejemplo de estrategia salvaje destinado a obtener el máximo rendimiento, en su exclusivo beneficio, de aquellos a quienes eligen como objetivo.

Cómo las avispas de las arañas preparan a sus hijos para la vida

Dentro del orden de los himenópteros, existe un suborden más evolucionado que, por haber estrechado su abdomen con aspecto de cintura, parecería que tienen un tórax. Se les ha calificado de apócrita, y a las dos zonas del abdomen, se les llama, respectivamente, mesosoma y metasoma. No pretendo introducir al lector a ningún cultismo entomológico, sino enfocar su atención hacia una familia peculiar, los pompílidos, himenópteros apócritos de la superfamilia de los vespoideos.

Se les llama avispas de las arañas, porque, todas ellas, alimentan a sus larvas con arañas, a las que paralizan con el veneno de su aguijón, y la arrastran así, inmóvil, hacia su nido, para comérsela tranquilamente.

Puede pensarse que, siendo las arañas también carnívoras, encuentran así un destino equilibrador de su despiadada naturaleza con terceros. Pero un grupo de las llamadas avispas de las arañas exacerban su actuación a un límite de especial crueldad. La subfamilia de los ceropalíneos son ectoparásitos (parásitos externos). Cuando una avispa con huevos avista una araña adecuada (del tipo ctenízido), deposita un huevo sobre ella, justamente profundo como para que la larva, cuando nazca poco después, pueda alimentarse de la hemolinfa de su hospedador, que seguirá haciendo vida normal.

Imaginemos la cruel situación. La araña sigue tejiendo sus redes de caza, segregando los jugos gástricos y la adrenalina que correspondan a su naturaleza, cada vez que algún animal queda apresado en ella, envolviendo el cuerpo de su víctima en los hilos cuidadosamente acomodados por sus pedipalpos y quelíceros, y comiéndosela con la parsimonia propia de los arácnidos, obedeciendo al impulso natural de alimentarse, si bien, supongo, agudizado, porque lleva una vida en su interior, creciendo a su costa.

Hasta que, como final inexorable, la araña fallecerá, y la larva consumará el periplo, engullendo los restos de su nodriza involuntaria, que le servirán para construir la celda en la que se transformará en insecto adulto.

Quizá puedo tranquilizar relativamente al lector, indicando que, dentro de la gran diversidad de arácnidos, se detectan subespecies que han desarrollado una placa endurecida en el opistosoma -una zona del mesosoma-, que actuaría como segunda tapadera de defensa, para repeler, o intentarlo al menos, el ataque de los pompílidos.

Si analizamos desde el beneficio propio pretendido, la actuación de las avispas de las arañas, debemos reconocer su extremada eficiencia, y su perfecta ejecución. ¿Quién no desea para sus hijos la máxima protección en los momentos delicados de la infancia y la adolescencia? ¿Cómo negar que una solución óptima a esa inquietud es confiar esa educación y cuidados de nuestro vástago, a alguien que esté dispuesto a dar la vida, si fuera preciso, por él?

Nuestra ética no permitiría aprovechar la ignorancia, la situación de debilidad o de dependencia ajenas para que la vida de nuestros hijos crezca más cómoda, a costa de segar el futuro de otras, convertidas en instrumentos útiles puestos a su servicio exclusivo. Porque defendemos la igualdad de oportunidades, el impulso a los mejores talentos, la selección neutral y transparente de quienes han de ocupar puestos de mayor responsabilidad. Nos hemos fijado el objetivo de una sociedad justa, equilibrada, regida por los principios de la honestidad, la libertad, la justicia.

¿Verdad? La estrategia de las avispas de las arañas, analizada por el prisma de la superior inteligencia y sensibilidad humanas, debería parecernos totalmente inaceptable, por más que no estamos autorizados a criticar la evolución de las especies en una naturaleza regida por la competitividad y el sálvese quien pueda.

Aconsejo al lector escudriñar en rededor y extraer sus conclusiones.

Publicado en: Actualidad, Economía, Empresa, Sociedad Etiquetado como: arañas, avispas, avispas de las arañas, ctenízido, estrategias salvajes, opostosoma, pompílidos

Estrategias salvajes (2): Pulgones junto a hormigas

19 marzo, 2016 By amarias 2 comentarios

La segunda estrategia salvaje que paso a analizar es ésta:

Estrategia de explotación disfrazada de falsa cooperación: la generación de un paraíso artificial para los pulgones por parte de las hormigas

La mayoría de los  pulgones son insectos áfidos (sin alas) y todos ellos tienen una gran afición por los brotes de las plantas, particularmente, las de las cultivadas sin pesticidas. De entre la variedad de especies de pulgones, florecen los que se multiplican con excelente fecundidad adaptativa.

La invasión de una planta se produce por el aterrizaje sobre ella de una primera hembra fundadora, que se reproducirá con ahinco sin necesidad de que ningún macho le preste asistencia para obtener descendencia (por partenogénesis). Lo hará, además, de forma vivípara; los pulgoncitos ya tienen el aspecto de los adultos y una excelente voracidad. En cada puesta es capaz de depositar hasta doscientos huevos, por lo que se comprende que rápidamente la colonia se constituya en una plaga muy molesta para el horticultor o para el aficionado a mantener sus plantas decorativas  a salvo.

El ciclo de la vida de los pulgones y su capacidad acomodaticia es admirable. Cuando la alimentación ya escasea, algunos de los huevos de la puesta de la hembra primigenia, darán lugar a machos y hembras aladas que serán capaces de copular entre sí y, presionados por el hambre, se mudan rápidamente a otras plantas, en donde las fertilizadas se convertirán en fundadoras de nuevas colonias.

Los aficionados a la entomología recreativa, creyeron descubrir que las hormigas podían actuar en defensa de los horticultores, al existir una aparente asociación entre los pulgones y las hormigas. Se comprobó, en efecto, que las hormigas gustaban del líquido azucarado que expelían los pulgones (por sus anos) y, en semejanza a lo que el ganadero humano hace con la cabaña de mamíferos domésticos, parecía que los ordeñaban.

Se imaginaron incluso que, a la manera de los campesinos (especialidad laboral y de disfrute de la naturaleza que está prácticamente extinguida entre los humanos), las hormigas cuidaban con exquisitez de los pulgones, los sacaban a pasear en las mejores horas de sol de primavera, y, como eficaces ganaderos, los guiaban hacia nuevos brotes de las plantas que crecían en los alrededores de su hormiguero, de manera que sus protegidos pudieran seguir alimentándose de la savia especialmente rica en nitrógeno de esa época del año en que casi todo crece.

Parece que, visto desde la verdad, todo lo imaginado por los humanos era bastante fantasioso. La realidad antural resulta bastante más cruel para los débiles. Las hormigas tienen esclavizados a los pulgones que, como hubiera sido sencillo imaginar si no se estuviera limitado por razones apriorísticas, vivirían más felices sin nadie que los ordeñase ni los esté continuamente mareando, conduciéndolos  de aquí para allá para atiborrarlos de comida.

Y ni siquiera parece del todo encomiable que las hormigas defiendan a su ganado de otros depredadores, como la mariquita (coccinella sectempunctata, entre otros) o las abejas. Porque si actúan de escudos protectores es para evitar la competencia de otros.

Se trata, en fin, de una explotación pura y dura, por la que los pulgones son sojuzgados por las hormigas en su propio y exclusivo beneficio. Es cierto que, gracias a las idas y venidas de los grupos de hormigas y pulgones, acercándose a los brotes tiernos, las colonias de pulgones se multiplican con mayor ritmo, y, engullendo sin parar, no tienen tiempo para pensar en otra cosa más que en engordar, pero…¿en dónde puede beneficiarles a ellos crecer sin parar. ya que no tienen la instrucción superior de poblar la Tierra? Siempre serán pulgones, y dependen de los brotes tiernos de las plantas sin insecticidas para vivir.

Por el contrario, las hormigas sí parece que tienen ese mandato de ocupar todo el espacio, son prácticamente omnívoras, resistentes, acomodaticias, y…vaya si están rentabilizando esa dosis genética natural.

Esta estrategia de las hormigas, en el terreno de los humanos, aunque nos parezca cruel, es una de las más comunes. Se puede apreciar, sin mayor esfuerzo de análisis, en las grandes empresas, aunque tampoco falten ejemplos entre las pymes, incluso las más pequeñas, aunque, en estos últimos casos, se hace la explotación de forma menos gravosa para los pulgones de nuestra especie, porque la falta de sensibilidad del pequeño empresario o del autónomo, si no es mayor, sí que es más difícil de disimular.

En las grandes empresas,  sin embargo, existen planificadores muy experimentados, que saben lo que hay que hacer con los pulgones. A poco que se les deje hacer, se rodearán de un colectivo de pulgones, -de la propia empresa o por externalidades- a los que sacarán todo el jugo posible, para poder presentar óptimos resultados en las cuentas de explotación y ofrecer más valor añadido a los accionistas.

Hay pulgones de muchos tipos, y es muy posible que la mayoría de los pulgones humanos no hubieran podido prosperar jamás, o no lo hubieran hecho tan rápidamente, de no haberse topado con la atención de un equipo directivo de una empresa consolidada, que los hubiera detectado con su gran perspicacia, o seleccionado por un críptico proceso, en el que se valoraron sus cualidades y defectos por expertos en seleccionar pulgones.

En todo caso, lo que interesa a los efectos de esta estrategia, es que las hormigas necesitan de los pulgones para llevar una vida mejor y hacer que sus hormigueros se desarrollen con mayor velocidad, pero no está en absoluto demostrado que los pulgones necesiten de las hormigas.

Y como la naturaleza humana no es diferente de las otras, aunque se enmascare con su superior inteligencia, cuando se acaba el jugo de las plantas, o las hormigas humanas ya no necesitan a los pulgones, los primeros en salir de la escena, si no han tenido la perspicacia de hacerlo antes, son los pulgones. Si no lo hacen así, serán pasto de otros depredadores, ya sean avispas, abejas o sectempunctatas, cualesquiera que uno se imagine que pueda ser la correspondencia humana con las especies de insectos.

Para sacar provecho de un escenario terriblemente competitivo, los sanedrines o núcleos centrales de los hormigueros -nadie pretende negar su importancia a las hormigas, ¿eh?-, precisan engañar a los pulgones. Para salvarse de la previsible escabechina, el rebaño tiene que confiar en que la reina de los pulgones atisbe el final de una bonanza, y, cambiando de actitud, genere en su descendencia el espíritu emprendedor, llevando a algunos de ellos a montar su propia colonia en otra planta. Un buen día, notarán que les crecen las alas y se irán con viento fresco, dejando a las hormigas sin su preciado alimento dulquérrimo. Puede que se asienten en otro jardín, y tengan una vida feliz si no son descubiertos por ninguna hormiga.

Si un ejército de hormigas les descubre, no tardarán en adueñarse de ellos, por donde tienen el mayor defecto: su ansia desmesurada de comer, de atragantarse a comida. Serán ordeñados, una y otra vez, y se les acercará al sol, con móvil de empresa, despacho independiente, coche en leasing, fiestas de celebración por cada nuevo contrato.

¿En beneficio recíproco?.

Dejo la pregunta en el aire, para comprobar si Vds. han leído con atención hasta el final esta estrategia salvaje.

Publicado en: Cultura, Economía, Empresa, Sociedad Etiquetado como: áfidos, agricultor, cultivo, estrategias salvajes, hormiga, jardín, partenogénesis, plaga, pulgón, simbiosis

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