Hoy tuve que someterme a un nuevo TAC (tomografía axial computarizada, para los que quieran saber lo que ocultan las siglas). Mientras esperaba que me atendieran, escribí el poema que adjunto. No será de los mejores, pero está calentito. Lo tengo integrad en del libro que estoy a punto de terminar (mis poemarios tienen la cabida de las libretas donde escribo mis ocurrencias y a ésta le quedan cuatro hojas). Lo titulé, como hago casi siempre, de antemano: «La advenidad debería haberme hecho fuerte» (@angelmanuelarias, 2020/21)
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Cuando pase todo este jaleo
de quienes han venido de lejos
con los bártulos, la emoción de llegar y la espina
aún clavada en su duelo,
me acercaré sigiloso al abrigo del viento
donde te encuentres dormida.
Para no despertarte,
habré ahuyentado los peores auspicios,
los últimos presagios de riesgos incumplidos
y me tenderé a tu lado,
para hacerte cosquillas en los pies,
en el cuello, en los senos,
y en el pasado que recorrimos juntos.
Este gozo que invoco
no tiene fecha de caducidad
como los otros.
Es eterno,
es inmenso,
porque no depende del tiempo.
Reside, inmutable,
en la complicidad que creamos nosotros
y esa llave de acceso no se la daremos a nadie.
15.05.2021, @angelmanuelarias, (La advenidad debería habernos hecho fuertes»)
El ave es un juvenil de colirrojo, sorprendido hace tres años en la desembocadura del río Anguilera, Tapia.

