Uno de los experimentos más apasionantes en relación con la planificación lo representa India, que había expulsado a sus colonizadores británicos en 1947. Mohandas Gandhi, que había liderado durante décadas el movimiento independentista, decidió instalar un estricto proteccionismo, abogando por la autosuficiencia y estimulando la producción local. En 1948, Gandhi fue asesinado y se abrió la caja de Pandora de la que surgieron todo tipo de recomendaciones acerca de lo que convenía hacer, y de interesados en recoger el legado popular del viejo líder.
Jawaharlal Nehru se consolidó como heredero político de Gandhi. Contaba con una educación muy solvente: había estudiado en la London School of Economics, cuyos profesores cubrían un abanico claramente sesgado hacia la izquierda ideológica, y se sentía atraído por la escuela fabiana, un movimiento económico socialista creado en 1883, que matizaba la dureza del marxismo utópico y que, con la victoria laborista, había cobrado en 1945 una importancia excepcional. (1)
Lo fabiano estaba de moda, y a Nehru y sus consejeros no pudo pasárseles desapercibida la consecuencia práctica de su acceso al poder en el Reino Unido: una serie de nacionalizaciones de los medios básicos de producción, que abarcaban desde las minas a los ferrocarriles o correos y que incluyó la participación en la gestión de los trabajadores, organizados sindicalmente, medidas que, a pesar de sonar aparatosas sobre el papel, sin embargo, en realidad, se mantuvieron dentro de límites prudentes.
Sin embargo, Nehru se encontraba en una encrucijada mucho más violenta. Entendía que la moderación en las medidas económicas de privatización no bastaría para sacar a la India del profundo bache del colonialismo, y, consciente de que el esquema debería ser mucho más drástico, se inclinó por dotar al Estado del máximo poder, para lo que fue necesario crear un ejército de burócratas, que se encargarían de controlar el cumplimiento de los planes propuestos por el Partido del Congreso.
La curiosidad para conocer de primera mano los resultados del experimento que los consejeros económicos habían apoyado, motivó varias visitas ilustres. En 1955, el Gobierno de Eisenhower envió a Milton Friedman, que fue crítico tanto respecto a la preocupación de Nehru por invertir en industria pesada como con la obsesión de Gandhi por apoyar la artesanía popular. Para Friedman, ambas decisiones eran ineficientes, porque solo el mercado podría actuar de seleccionador de las inversiones rentables, que no podía confiarse a la definición de antemano de lo que era más conveniente.
Unos meses después (1956), John Kenneth Galbraith también visitó la India como consultor de la Comisión de Planificación. Era el más relevante de los mentores del plan de Nehru, y cabe imaginar que los informes de Friedman le afectaban el amor propio; su prestigio, además, era mayor, y contaba con el aplauso casi unánime de la colectividad de macroeconomistas occidentales, en especial, de los norteamericanos. Pero no solo: Galbraith había sido el encargado de supervisar la política económica de la Alemania ocupada tras la segunda guerra mundial, y defendía que era necesario dar poder a los sindicatos frente a las grandes empresas, así como mantener el control sobre los precios para evitar la especulación.
El entusiasmo de Galbraith por relanzar la economía de la India era propio de quien entiende la cuestión como un reto personal. En 1960 volvió al país como embajador nombrado por Kennedy, y reforzó la idea de llevar a cabo una planificación ordenada -por fases, primero, con inversión en infraestructuras básicas; luego, concentrándose en industria pesada; para acabar, en una tercera fase, con el impulso a la producción artesanal-. Su premisa era la desconfianza en el mercado como regulador y, por estas razones u otras más pragmáticas, fluía la ayuda del Gobierno de Estados Unidos, que llegó a aportar entre 1947 y 1962 unos 4.000 millones de dólares.
Si la idea era buena, la realización fue pésima. Los datos que se utilizaron eran pocos y no fiables. Utilizando un programa de input-output aún no muy perfeccionado, tomado de Wassily Leontief, (la versión de Mahalanobis), y con el fin de generar el máximo de mano de obra que facilitara la redistribución de la riqueza, se limitó la producción de la industria pesada y la importación de maquinaria más eficiente, por considerar que perjudicaban el empleo, prescribiendo que se otorgaran licencias y permisos para las actividades más productivas. Se creó, en suma, un régimen de control ineficiente, que propició la corrupción, el nepotismo y el desorden.
Las medidas respecto a la producción a gran escala, se complementaron -valga la paradoja. con el apoyo a la fabricación en pequeños talleres artesanales, a donde fluyeron las subvenciones y, para asegurar su sostenimiento, donde era necesario, se protegió a la industria local de la competencia exterior con elevados aranceles . En efecto, se crearon muchos puestos de trabajo, pero no se generó desarrollo alguno. La India se distanció de los países de la zona que se apoyaron en la economía de mercado.
El cambio en la orientación no resultó sencillo, pues los primeros avances hacia la liberalización no se dieron hasta que llegó al gobierno Rajiv Gandhi, que fue primer ministro después del asesinato de su madre Indira en 1984. y que inició una tímida apertura. En la campaña electoral para recuperar el Gobierno, en 1991, fue asesinado. Una parte sustancial de su programa era el desmantelamiento del sistema de licencias y la eliminación del control de precios, como aconsejaban las teorías de Hayek y sus seguidores.
Pocas veces se habrá de encontrar en la granja una prueba de ejecución y resultados tan extraños y controvertidos. Porque se trata de la experimentación de un modelo de desarrollo centralizado, propuesto y apoyado -resalto la paradoja- por el gobierno norteamericano, y defendido con uñas y dientes por prestigiosos economistas (galardonados con el Premio Nobel muchos de ellos) que tienen su campo natural de acción bajo la economía del libre mercado.
Todo parece indicar que al pollito indio lo empujaron a salirse de la granja, para que su experiencia sirviera de indicativo a otros aventureros respecto al frío que imperaba fuera.
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(1) La Sociedad Fabiana tomó su nombre del general romano Quito Fabio Maximo, cuya estrategia para derrotar al ejército de Anibal fue rehuir el enfrentamiento directo y apoyarse en escaramuzas que lo desgastaran poco a poco.
