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La experiencia del pollito indio

19 abril, 2016 By amarias 1 comentario

Uno de los experimentos más apasionantes en relación con la planificación lo representa India, que había expulsado a sus colonizadores británicos en 1947. Mohandas Gandhi, que había liderado durante décadas el movimiento independentista, decidió instalar un estricto proteccionismo, abogando por la autosuficiencia y estimulando la producción local. En 1948, Gandhi fue asesinado y se abrió la caja de Pandora de la que surgieron todo tipo de recomendaciones acerca de lo que convenía hacer, y de interesados en recoger el legado popular del viejo líder.

Jawaharlal Nehru se consolidó como heredero político de Gandhi. Contaba con una educación muy solvente: había estudiado en la London School of Economics, cuyos profesores cubrían un abanico claramente sesgado hacia la izquierda ideológica,  y se sentía atraído por la escuela fabiana, un movimiento económico socialista creado en 1883, que matizaba la dureza del marxismo utópico y que, con la victoria laborista, había cobrado en 1945 una importancia excepcional. (1)

Lo fabiano estaba de moda, y a Nehru y sus consejeros no pudo pasárseles desapercibida la consecuencia práctica de su acceso al poder en el Reino Unido: una serie de nacionalizaciones de los medios básicos de producción, que abarcaban desde las minas a los ferrocarriles o correos y que incluyó la participación en la gestión de los trabajadores, organizados sindicalmente, medidas que, a pesar de sonar aparatosas sobre el papel, sin embargo, en realidad, se mantuvieron dentro de límites prudentes.

Sin embargo, Nehru se encontraba en una encrucijada mucho más violenta. Entendía que la moderación en las medidas económicas de privatización no bastaría para sacar a la India del profundo bache del colonialismo, y, consciente de que el esquema debería ser mucho más drástico, se inclinó por dotar al Estado del máximo poder, para lo que fue necesario crear un ejército de burócratas, que se encargarían de controlar el cumplimiento de los planes propuestos por el Partido del Congreso.

La curiosidad para conocer de primera mano los resultados del experimento que los consejeros económicos habían apoyado, motivó varias visitas ilustres. En 1955, el Gobierno de Eisenhower envió a Milton Friedman, que fue crítico tanto respecto a la preocupación de Nehru por invertir en industria pesada como con la obsesión de Gandhi por apoyar la artesanía popular. Para Friedman, ambas decisiones eran ineficientes, porque solo el mercado podría actuar de seleccionador de las inversiones rentables, que no podía confiarse a la definición de antemano de lo que era más conveniente.

Unos meses después (1956), John Kenneth Galbraith también visitó la India como consultor de la Comisión de Planificación. Era el más relevante de los mentores del plan de Nehru, y cabe imaginar que los informes de Friedman le afectaban el amor propio; su prestigio, además, era mayor, y contaba con el aplauso casi unánime de la colectividad de macroeconomistas occidentales, en especial, de los norteamericanos. Pero no solo: Galbraith había sido el encargado de supervisar la política económica de la Alemania ocupada tras la segunda guerra mundial, y defendía que era necesario dar poder a los sindicatos frente a las grandes empresas, así como mantener el control sobre los precios para evitar la especulación.

El entusiasmo de Galbraith por relanzar la economía de la India era propio de quien entiende la cuestión como un reto personal. En 1960 volvió al país como embajador nombrado por Kennedy, y reforzó la idea de llevar a cabo una planificación ordenada -por fases, primero, con inversión en infraestructuras básicas; luego, concentrándose en industria pesada; para acabar, en una tercera fase, con el impulso a la producción artesanal-. Su premisa era la desconfianza en el mercado como regulador y, por estas razones u otras más pragmáticas, fluía la ayuda del Gobierno de Estados Unidos, que llegó a aportar entre 1947 y 1962 unos 4.000 millones de dólares.

Si la idea era buena,  la realización fue pésima. Los datos que se utilizaron eran pocos y no fiables. Utilizando un programa de input-output aún no muy perfeccionado, tomado de Wassily Leontief, (la versión de Mahalanobis), y con el fin de generar el máximo de mano de obra que facilitara la redistribución de la riqueza, se limitó la producción de la industria pesada y la importación de maquinaria más eficiente, por considerar que perjudicaban el empleo, prescribiendo que se otorgaran licencias y permisos para las actividades más productivas. Se creó, en suma, un régimen de control ineficiente, que propició la corrupción, el nepotismo y el desorden.

Las medidas respecto a la producción a gran escala, se complementaron -valga la paradoja. con el apoyo a la fabricación en pequeños talleres artesanales, a donde fluyeron las subvenciones y, para asegurar su sostenimiento, donde era necesario, se protegió a la industria local de la competencia exterior con elevados aranceles . En efecto, se crearon muchos puestos de trabajo, pero no se generó desarrollo alguno. La India se distanció de los países de la zona que se apoyaron en la economía de mercado.

El cambio en la orientación no resultó sencillo, pues los primeros avances hacia la liberalización no se dieron hasta que llegó al gobierno Rajiv Gandhi, que fue primer ministro después del asesinato de su madre Indira en 1984. y que inició una tímida apertura. En la campaña electoral para recuperar el Gobierno, en 1991, fue asesinado. Una parte sustancial de su programa era el desmantelamiento del sistema de licencias y la eliminación del control de precios, como aconsejaban las teorías de Hayek y sus seguidores.

Pocas veces se habrá de encontrar en la granja una prueba de ejecución y resultados tan extraños y controvertidos. Porque se trata de la experimentación de un modelo de desarrollo centralizado, propuesto y apoyado -resalto la paradoja- por el gobierno norteamericano, y defendido con uñas y dientes por prestigiosos economistas (galardonados con el Premio Nobel muchos de ellos) que tienen su campo natural de acción bajo la economía del libre mercado.

Todo parece indicar que al pollito indio lo empujaron a salirse de la granja, para que su experiencia sirviera de indicativo a otros aventureros respecto al frío que imperaba fuera.

——

(1) La Sociedad Fabiana tomó su nombre del general romano Quito Fabio Maximo, cuya estrategia para derrotar al ejército de Anibal fue rehuir el enfrentamiento directo y apoyarse en escaramuzas que lo desgastaran poco a poco.

Publicado en: Actualidad, Administraciones públicas Etiquetado como: Anibal, fabianos, Friedman, Galbraith, Gandhi, Indira, Kennedy, Nehru, Nixon

In memoriam: Luis Martínez Noval

31 marzo, 2013 By amarias2013 Deja un comentario

Muerte, no te enorgullezcas. Para quienes no conocían o, conociéndolo, no lo querían, el que Luis haya muerto como consecuencia de una caída en una calle de Oviedo, puede convertirse en una anécdota que enmascare el empeño de una vida que discurrió por caminos de la sobriedad, la seriedad y el ejercicio honesto de la inteligencia.

Martínez Noval tenía, exactamente, mi edad. Ambos nacimos en julio de 1948. Nuestros caminos se cruzaron varias veces, en momentos que la casualidad convirtió en intrascendentes, pero que podían haber sido fundamentales, al menos, para mí.

Fuimos ambos penenes en la Facultad de Económicas de Oviedo, cuando era apenas un proyecto, allá por 1976-77. El se encargaba, como profesor asociado, de Teoría Económica. Yo, era ¡encargado de cátedra! de Producción. Eran tiempos, cómo no, convulsos para la Universidad y para la sociedad española. Prometedores, que es tanto como decir, estupendos.

Teníamos muchas reuniones en aquel claustro de urgencia, para definir un futuro cabal para todos aquellos esforzados profesores que apechugábamos con enseñar economía a alumnos que, en su mayoría, casi tenían nuestra edad.  Aprendíamos al tiempo. Porque todos disfrutábamos queriendo saber más.

Luis era sensato; batallador, pero coherente. Serio: un serio con sentido del humor.

Luis trabajaba en la Cámara de Comercio y, como otros colegas inolvidables de aquella época gloriosa, hacía estudios pora SADEI, magníficas herramientos de trabajo para conocer bien la realidad empresarial y social de Asturias.

Cuando tuve que elegir entre la Universidad o la empresa, me quedé con la segunda, lo que nunca llegué a lamentar. Me fui a Alemania y allí estuve cinco años intensos, convirtiéndome -así lo creía, al menos- en especialista en temas del Mercado Común.

Por circunstancias que conté en otra ocasión, yo deseaba volver a España. En junio de 1984, Luis me pidió -por intermedio de otros amigos comunes, así era de discreto- un informe urgente sobre la situación siderúrgica en Europa -«para una reunión con Marín»-, que me apresuré a mandarle, encantado de que, después de tanto exilio, en Asturias alguien se acordara de mí.

Pocos días después, recibí la llamada de un desconocido.

Era Pedro de Silva, presidente entonces de la autonomía del Principado de Asturias, que me proponía hacerme cargo de la Consejería de Industria y Comercio, que venía ocupando Jesús Valdés. Acepté sin darle vueltas, convirtiéndome en el Consejero aúlico más breve de la historia de las Autonomías, porque nunca llegué a ocupar ese puesto, al haber sido objeto de una necia conspiración abortista.

Como las crónicas reflejan, el ministrín sería otro buen amigo, Julio Gavito, compañero en la ingeniería de minas, mucho mejor dotado que yo para soportar zancadillas.

Luis pertenecía a un grupo de profesionales asturianos que no será fácil que vuelvan a producirse ni ellos a juntarse, porque las circunstancias que se dieron han desaparecido. De aquella época, algunos ya han caído, acompañados de ese olor de santidad que se concede fácilmente a los que se van primero, pero que se les suele negar mientras vivían, encubriéndolo de tufos y humaredas. Otros, están/estamos dispersos y distantes, aunque no se nos pueda calificar, sin más, de distanciados.

De las generaciones más nuevas, se sabe poco, salvo que se les ha persuadido de vivir en un país en crisis. ¡Novedad bajo el sol!

Me imagino, al leer algunas necrológicas que le dedican los que quizá conocieron a Luis más y mejor que yo, que estaba dispuesto para hacer muchas más cosas de las que hizo. Era una de las cabezas más visibles del grupo de los fabianos, defensor de la actividad socioeconómica impulsada desde el sector público, un principio activo al que los asturianos sabemos bien que no se puede renunciar sin que se nos caigan los palos del sombrajo.

Estoy seguro, con todo, de algunas de las tareas que Luis llevaba preparadas para el futuro. Disfrutar más de su familia, gozar de la charla con los amigos. Paladear el mérito de una tesis doctoral tardía, pero que será útil para muchos. Enseñar, seguir enseñando, desde la experiencia de quien ha tenido una larga trayectoria política -ministro, diputado, vocal del Tribunal de Cuentas, portavoz parlamentario- e incluso empresarial -últimamente, era miembro del consejo asesor de Hidrocantábrico – a los que no saben e incluso, con paciencia, a los que no quieren saber.

Murió por una caída fortuita. De otros muchos empujones, estos figurados, había conseguido sobrevivir.

Descansa en tu paz, Luis. Allí te habrás encontrado con otro compañero de talante muy similar, Emilio Murcia, al que tampoco podré olvidar. Y, si hay más allá, habrás empezado a relacionarte con los que saben para, con discreción, tratar de mejorar la situación. Que todo es perfeccionable, si se atiende a descubrir las fortalezas de cada uno.

Publicado en: Personal, Sociedad Etiquetado como: económicas, economista, Emiliio Murcia, empresa pública, fabianos, Hidrocantábrico, in memoriam, Jesús Fernández Valdés, Julio Gavito, Marín, Martínez Noval, Mercado Común, Pedro de Silva, penenes, Principado de Asturias, SADEI, Universidad de Oviedo

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