Puede que si esta estrategia salvaje es leída por un experto en gasterópodos la encuentre algo traída por los pelos. Sin embargo, después de una discreta labor de investigación utilizando los medios a mi alcance, la defiendo como la más verdadera de todas las estrategias animales y, lo que es más importante, a los efectos de lo que me tengo propuesto con esta publicación, su aplicación al mundo empresarial tiene potencia.
La extraña fidelidad a los humanos de los Gasterópodos terrestres
Cuando me enteré hace un par de años de que en la excavación del yacimiento gravetiense -hace 25.000 años- de Cova de la Barriada (Alicante, cerca de Benidorm), se habían encontrado acumulaciones importantes de Iberus alonensis (un caracol propio de terrenos muy áridos), en número y disposición que sugerían la aportación humana, me empecé a interesar por conocer más detalles de la superposición de los hábitats de los seres humanos y los caracoles terrestres. (1)
En Cova de la Barriada, los investigadores apuntaban que, por los vestigios encontrados, se había llevado a cabo la recolección de individuos de la especie, en su mayoría adultos, y que se habían tostado en algo parecido a un pozo de cocción, con pino y enebro.
Aunque se que no a todo el mundo le gustan los caracoles como alimento y hasta le pueden repugnar a alguien, por su aspecto baboso y el tipo de hábitat en donde normalmente los vemos, valga como elemental justificación a mi curiosidad, que a mí siempre me atrajeron: tanto en el campo -es un espectáculo verlos aparecer por miríadas después de una descarga de tormenta en primavera- como en la cocina.
De niño, incluso, hacía competiciones con ellos, y ya entonces aprendí a distinguir algunos tipos. No todos, claro, ni mucho menos : el caracol degollado (Rumina decollata), el pequeño Xerosecta (Xerosecta sespitum), el moteado, el lobo (Euglandina rosea), el blanquillo, el turco. Hay quizá más de 1.000 especies en el mundo. Solo en Asturias se han detectado unas 120 especies de caracoles.
La más interesante de ellas y una de las primeras en que fijé mi atención, es la Cepaea nemoralis, un caracol muy hermoso. Adopta colores muy variados, con bandas oscuras remarcando las circunvoluciones de la concha, y tiene una forma más esbelta y aplanada que la especie más común, el Helix pomatia o caracol de Borgoña, cuya morfología se estudia (o se estudiaba) en los libros de Ciencias Naturales de aquel Bachillerato (¡ay!).
Después de una lluvia repentina, preferiblemente en abril y mayo, los aficionados los recogen en abundancia, aunque suelen despreciar los que tienen conchas de colores, quizá imaginando que son venenosos. En los mercados, no es ahora raro ver en oferta sacos de caracoles «cultivados», a precios muy asequibles.
El Cepae nemoralis es buen comestible y, para mi gusto, es más sabroso (aunque el guiso sabe, sobre todo, a ajo, perejil y picante). En las tierras de Aragón, que saben de eso, es especialmente apreciado.
Así que, cuando, leyendo informaciones sobre descubrimientos arqueológicos en asentamientos humanos, encontré varios artículos que confirmaban que se habían descubierto, en yacimientos españoles y europeos datados en el Paleolítico Inferior (período Achelliense, es decir, hace unos 600.000 años), acumulaciones de conchas de Cepaea nemoralis, con señales inconfundibles de haber sido cocidas para devorar su interior, no tuve dudas: los caracoles y, en concreto, mi gasterópodo terrestre más querido, había estado al lado de nuestra especie, prácticamente desde el origen.
Recomponiendo todas las evidencias que se estaban acumulando, me imaginé que, desde los primeros asentamientos de nuestros antepasados, a poco de abandonar su vida nómada y convertirse en pecarios cultivadores de granos y vegetales, después de tener dominados el fuego y con los primeros resultados del tallado a golpes de la piedra contra la piedra, los Cepaea se habían incorporado sistemáticamente a la dieta de los neandertalenses y otros respetables homínidos, en una comunión recíproca nunca interrumpida desde entonces.
Los Cepaea, como supongo que otros caracoles terrestres con concha, formaron parte de las delicadezas gastronómicas de nuestros antepasados y lo siguen siendo hoy. Y, a riesgo de que a algún espíritu remilgado le repugne la imagen, los caracoles terrestres les degustaban a ellos, cuando fallecían (y no eran incinerados en una actuación contra natura). El ciclo se completaba de manera sublime, en una reciprocidad propia de novela de amor pantagruélica.
El lector atento no necesitará que le advierta que no me estoy refiriendo a todos los gasterópodos, sino solo a los terrestres y, de entre ellos, a los de huerta (que es como decir, de cementerio) y, de entre ellos, a los cepaea. Su gran distribución no tiene que ver con la cercanía al mar de sus colonias, por lo que se encuentran presentes en los espacios interiores habitados por el hombre más diversos. No me interesa saber o imaginar que nuestros antepasados comieran también otros gasterópodos que no tienen concha, cuando, además, ya que las partes blandas desaparecen, no nos sería posible encontrar la evidencia de su degustación por el hombre primitivo en ningún resto fósil.
Nadie duda que los moluscos marinos fueron dieta habitual de los antepasados que deambulaban por la costa, refugiándose en las oquedades kársticas. La hipótesis, es tan obvia que no necesita ser probada. Los mejillones, las liebres de mar, las caracolas o los bígaros serían fáciles de encontrar por esos hábitats, y, además, no necesitaban ni necesitan ser cocidos para degustar su excelente sabor: no hacía falta esperar a dominar el fuego ni al tallado de piedra.
Pero los Cepaea nemoralis se desarrollan, sobre todo, alcanzando carácter de plaga apetitosa, en los cercados, en los huertos controlados por humanos, en los cementerios. Y no nos han abandonado jamás, ni nosotros a ellos. Puedo ver a las mujeres recolectoras limpiando las coles, los semilleros, las gramíneas de sus cultivos de estos gasterópodos, retirando de las plantas y hortalizas los caracoles de colores, vigilando los bordes de los enterramientos, territorios sagrados y misteriosos en donde se concentraban los cepaea y los helix. Luego, con la cosecha proteica, machacando las cochas contra la piedra y degustando el interior como complemento a la dieta, cada vez más amplia, de los que habían sido hasta entonces cazadores de riesgo y recolectores de paso.
Por cierto, para quien quiera saber algún detalle curiosos, el cepae nemoralis es llamado por aquí comúnmente el caracol moro. Resulta especialmente resistente, en comparación a sus congéneres, a pesar de su aspecto más sofisticado.
Su pigmentación de colores no los defiende precisamente de sus depredadores, entre ellos los tordos, los erizos, las culebras. Incluso tienen un enemigo peculiar, un parásito del género Leucochloridiun, que los usan como huéspedes intermedios, que se instalan en sus tentáculos, y que atraen con sus destellos particularmente a los túrdidos, que se los comen encantados, rompiendo sus conchas a picotazos contra piedras planas (el observador puede distinguir esos «yunques de tordo» por los restos de conchas). Los tremátodos terminan su ciclo vital en estas aves, a las que infestan.
Estoy convencido que la asociación entre cepae nemoralis y homo sapiens ha sido ventajosa para ambos, incluso antes de que fueran tenidos los primeros como especiales delicatessen gastronómica por los segundos, agudizadas sus papilas gustativas por el ajo y la pimienta . Los huertos y los campos cultivados, las tapias de los cementerios, los ortigales, matujos, parterres y bardiales, en donde viven sus vidas hermafroditas y extremadamente fértiles los caracoles terrestres, han sido lugares creados tanto por la razón como, a veces, por la negligencia del hombre, en donde florecieron. Es lamentable que ahora, por el empleo de los productos contra babosas y caracoles, sus poblaciones retroceden, envenenadas.
Ignoro si esta colaboración natural entre hombres y caracoles terrestres estará llegando a su fin. Ojalá no, y las dos especies sigan su camino de misteriosa interdependencia. No quiero especular tampoco sobre el efecto de la desaparición de esa especie que nos ha acompañado tanto tiempo, que forma parte de nuestro ciclo vital como nosotros del suyo. ¿Qué podrá sustituirla? ¿Comerán nuestros descendientes tijeretas, miriápodos, hormigas?
Si desaparecen quizá será parecido a lo que sentimos cuando vamos a la peluquería de costumbre, o a comprar el periódico al quiosco habitual, o al bar donde tomamos el aperitivo, y nos damos cuenta de que la persona que nos atendía no está allí. Sabíamos apenas su nombre, recordamos mal los detalles de su fisionomía, no hemos intercambiado con ella más de un par de palabras en cada ocasión, desconocemos hasta lo más básico de su vida, pero resulta que, ahora, cuando se fue, la echamos de menos.
Nos da pereza explicar a este desconocido que ocupa su sitio, llegado de no sabemos dónde, cómo ha de ser el corte de pelo, cómo queremos el café, nuestros colores preferidos, cuál es nuestro diario habitual,…ése que nos reservaba el ausente incluso cuando nos ausentábamos unos días.
¿Lo habrán despedido? ¿Estará cobrando el paro en su casa, se habrá prejubilado, se habrá apuntado a un curso de operador telemático? Las estadísticas solo reflejan números, sin nombres, sin precisar intenciones, sin análisis personalizados.
Me ha costado últimamente encontrar en Asturias ejemplares de cepaea nemoralis. En los fríos cementerios de población grande, aunque aumenta exponencialmente el número de las tumbas abandonadas, no hay apenas caracoles en los muros; se habrán ido, supongo. Es preciso ir a los cementerios de pueblo, esos con las tierras húmedas, los muros cubiertos de hiedra, con los cántaros de flores que fueron frescas ahora pudriéndose sobre las lápidas. No tengo porqué alarmarme, supongo. Los caracoles seguirán con nosotros en libertad, a pesar de que nos comamos ahora los cultivados. Quizá en las ciudades, ahora que llueve menos, los caracoles se aletarguen en lugares más escondidos, en suelos más profundos.
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(1) Quizá haya que anotar que la costa, en esa época, estaba bastante lejos, a varias decenas de kilómetros.
