Javier Fernández, presidente del Principado de Asturias desde mayo de 2012 y de la gestora del PSOE desde hace un par de días, está acostumbrado a lidiar en plazas difíciles. Como es conocido (al menos, para quienes seguimos con interés la política de la región norteña) fue investido por segunda vez como presidente en 2015 con los votos de su partido y los de los cinco diputados de Izquierda Unida (grupo que también lo apoyara en la anterior legislatura; en esta, tanto Podemos como Ciudadanos se abstuvieron.
Me unen a Javier Fernández bastantes cosas. Las más evidentes son que ambos hemos nacido el mismo año (me dice mi mujer que él «se conserva» mejor que yo), y que somos ingenieros de minas. Tenemos varias vivencias comunes, algunas soterradas por la distancia posterior (la geográfica) y, tal vez, por la prudencia que es atributo de las personas que no desean molestar ni llamar la atención al otro salvo en caso necesario. Cuando hace dos años el Colegio de Ingenieros de Minas quiso nombrarle ingeniero del año, lo que se había acordado por unanimidad de la Junta, declinó, expresando algo así que «otros lo merecían mejor».
Ideológicamente, me encuentro cómodo con lo esencial de los argumentos que le escuché, en esta ocasión y también en otras. Lo he percibido siempre sensato, serio, coherente y, como rareza en esta polis, con esfuerzo logrado en manifestarse técnicamente solvente, enterado. No hará falta precisar que yo no milito ni milité en el PSOE (ni en ningún otro partido político), aunque esta reluctancia no me ha impedido -al contrario- defender causas socialdemócratas- Libertad de acción que me permitió apoyar, cuando me parecieron sensatas, razones liberales esgrimidas por personas dialogantes. Incluso, pasé algunas semanas mirando con simpatía los debates del 15 M y admirándome con los impulsos iniciales de Podemos, antes de que su líder cayera en el despotismo ilustrado y la grey se convirtiera en un guirigay .
Cuando ayer escuchaba a Javier Fernández en la Sexta, y hoy releo El País sus ideas respecto a lo que debiera ser un partido socialista renovado, capaz de mirar a izquierda y derecha sin dogmatismos, con pragmatismo y vocación de servir a la mayoría, me siento identificado, como estoy seguro que lo hacen o harían muchos españoles, que quieren paz y sensatez donde otros solo ven, a la menor, estupenda ocasión para emprenderlo a bofetadas.
El espectáculo público lamentable ofrecido por los miembros del Comité federal del PSOE debe ser rápidamente sepultado con inmensas dosis de sensatez y cordialidad, que reconstruyan las discrepancias donde deben estar, en la discusión de propuestas programáticas. Cuando advertí la deriva que tomaban las argumentos de Pedro Sánchez, empecinado en marcar territorio frente a Rajoy y el PP, pero sin fuerza para conformar un gobierno del cambio después de la injustificable posición de Podemos que, sin rumbo ideológico, le negó la abstención de su bancada, propuse, desde mi modesta atalaya, que al PSOE solo le quedaba abstenerse (eso sí, solo con el mínimo de diputados que permitieran la investidura del líder del PP) y perfeccionar, desde la calma, su estrategia de control implacable y de captación de votos perdidos.
Tiene toda la razón Javier Fernández al proclamar que la abstención es producto de la táctica, y no una decisión política. Solo queda esperar que la Gestora, el Comité federal, los militantes del PSOE y, sobre todo, los votantes (los que lo fueron y los que abandonaron el apoyo), lo entiendan así.
Y, qué caramba, ya era hora de que un ingeniero alcanzara, en estos tiempos de palabrería y falsificación, el máximo poder en un partido con vocación de Gobierno, aunque sea en sus horas bajas (las del PSOE, obviamente, no las de Javier, que está en alza merecida). Basta leer la entrevista a la que me referí más arriba, para entender que su lenguaje y, sobre todo, su forma de expresión para comentar sus propuestas de acción, prudente pero firme, escueta pero contundente, permite detectar inequívocamente un orden de preferencia central a las ideas respecto al ropaje de las palabras.
Yo, lo he visto así, y así lo comento.
P.S.
Incluyo aquí la fotografía de un arrendajo, volando. Ya en otra ocasión completé un comentario con la instantánea de este ave, aunque en reposo. En Asturias, se les llama glayus, es decir, gallos. Decimos de alguien, para alabarlo, y resaltar que está dando lo mejor de sí, que sobresale, que ye un gallu, oséase, un glayu.
También hay que tener en cuenta que los arrendajos son córvidos, de plumaje vistoso (algunas plumas se utilizaban para adornar los sombreros), pero muy reservados. A finales de verano y comienzo de otoño, se acercan, en las madrugadas o en los atardeceres, a las pomaradas para picotear los frutos maduros. Si atisban peligro, rápidamente se vuelven a emboscar, lanzando un estridente graznido, grito que, cuando se realiza un paseo por el bosque asturiano, suele escucharse, viniendo de la espesura, y que sirve de aviso para otros animales.

