La divulgación de temas científicos o técnicos supone, por parte del aspirante a divulgador, la combinación de la voluntad de hacer llegar un tema a conocimiento general, con la capacidad de selección de los aspectos más cualificados del mismo. El divulgador no es, en general, un científico él mismo, pero debe disponer de una formación suficiente para que su trabajo tenga sentido, no introduzca errores y, al eliminar aspectos del proceso que ha permitido a los más sabios llegar a sus propias conclusiones, no hacer sus conclusiones ininteligibles o falseadas.
Estamos en un momento delicado para la difusión del conocimiento. Los medios de difusión masiva, al alcance de cualquiera, están favoreciendo, tanto la aparición de la figura del falso divulgador que, en realidad, lo que realiza es una labor de emponzoñamiento y falsificación de la verdad, contagiando los conocimientos de mentiras, aberraciones y supuestas conclusiones sin valor alguno. Existen miles de envenenadores de la ciencia, algunos de los cuales alcanzan, merced a la falta de criterio selectivo y conocimientos de muchos de aquellos a quienes tienen acceso por las redes telemáticas, la categoría de máximos influenciadores de opinión, esto es, de «influencer».
Pero la misma presión mediática, el afán de saber el porqué de lo que nos sucede, explicado de forma sencilla para que el más lego pueda creer que lo entiende, fuerza también a personas que, por su nivel de conocimientos, deberían manifestarse con prudencia ante la justificación de los fenómenos naturales, a salir a la palestra opinando con impostada solvencia lo que, en puridad, deberían expresar como conjeturas.
En el caso de la erupción volcánica de la isla de la Palma, el fenómeno natural se está viendo acompañado de la aparición de decenas de expertos en vulcanología (unos más serios y documentados que otros, desde luego) que, en la presión por explicar en tiempo real lo que está sucediendo, han caído en el error de poner al descubierto las oscuridades del trabajo científico, que, cuando es forzado a expresarse sin matices, empaña su credibilidad ante quienes, por escasez de conocimientos y la urgencia en llegar a conclusiones, solo se quedan por las ramas.
Cuando la eclosión del volcán palmeño, desde hace hoy más de cuarenta días, ha roto bruscamente la calma isleña de los últimos cincuenta años (la últimas erupciones en la Palma han sido las del volcán de San Juan, en 1949 y el Teneguía-Cumbre Vieja de 1971), los expertos definieron la erupción como estromboliana. Los materiales que lanzaba el volcán se concentraban en explosiones esporádicas, de poca violencia y con emanaciones de lava discontinuas y densas. Al cabo de unas semanas de actividad, la erupción pasó a ser hawaiana, con lavas más fluidas y, tanto, con mayor difusión y facilidad de movimiento sobre el terreno. Por la evolución de la salida del magma y de los gases, no se descarta que podamos pasar revista a otros representantes de la tipología vulcaniana , como la peleana (tapón en el cráter por la lava consolidada) o vesuviana (explosión violenta, con gran emisión de ceniza y lava viscosa).
Tantas explicaciones eruditas no solo no empañan, sino que magnifican, el dramatismo de la realidad por la que están pasando los palmeños. Una fuerza magmática, de naturaleza en gran medida imprevisible en su capacidad de destrucción (por lo que ya les parece) ha llevado por delante casas, plataneras, carreteras, animales domésticos y buena parte de la capacidad de sustento económico de la isla. Lo que les interesa no es cómo se llama la erupción, pues lo que les gustaría conocer con exactitud es, ya que la lava y las cenizas, y los gases altamente contaminantes, siguen saliendo por las bocas volcánicas ahora aparecidas en la isla, cuál será su modo de vida en el futuro, ahora que más de dos mil familias se han quedado, literalmente, sin nada.
No es pues, cuestión de científicos. Se trata de la solidaridad y, también, de la incorporación de una capacidad de gestión del territorio frente al futuro que permita acotar con máxima solvencia los riesgos de vivir sobre un volcán. Se ha expresado en estos días, con toda crudeza, la capacidad del ser humano para olvidar las desgracias sobrevenidas con el paso del tiempo. Instalarse de nuevo en las zonas afectadas por la lava, puede ser atractivo y barato, pero será siempre peligroso. Cuando el gobierno promete (Sánchez lleva ya seis viajes realizados a la isla en su haber) que hará todo lo posible para recuperar La Palma, a algunos nos gustaría saber a qué se refiere.
Y como divulgador científico, a mi me apetecería saber si, además, de poner eruditos nombres a las manifestaciones volcánicas, tomar muestras y medidas que, sin duda, ayudarán a mejorar el conocimiento del comportamiento efusivo del magma en una de las regiones más activas del globo, podrían haberse evitado los cuantiosos daños materiales acaecidos. Preventivamente, acotando las zonas de mayor riesgo, con análisis sobre el terreno y, una vez iniciada la erupción, con actuaciones destinadas a forzar el camino de las lenguas de magma hacia lugares donde hubieran provocado menor destrucción.

