Encuentro que la despedida como tales de los príncipes de Holanda (SS. AA. RR. Guillermo y Máxima), de sus homólogos de otras casas reales europeas, con motivo de su inminente toma de posesión del trono, está llena de mensajes. Unos, transparentes; otros, subliminales; algunos, muy ocultos.
Tengo a la vista la fotografía del grupo, obtenida después de la fraternal comida del 2 de marzo de 2013. Estuvieron presentes en el encuentro casi todos los herederos de los tronos europeos que se hallan en funcionamiento: La prensa especializada en recuentos de especies reales ha detectado que faltaban solo las parejas herederas de Inglaterra y Liechtenstein, y que, en los casos de Dinamarca y de Noruega, faltó a la llamada uno de los cónyuges: S.A.R. Mary llegó sin el príncipe Federico y el príncipe Hakoon compareció sin la pricesa Mette-Marit.
Son comprensibles los rostros de satisfacción en los presentes. La dimisión de la Reina Beatriz de Holanda, cumplidos los 75 años, ha abierto la puerta en un muro que, casi siempre por falta de adecuada previsión constitucional, protege en sus colmenas a los monarcas en ejercicio, hasta que la muerte los separe de las coronas.
Seguro que a los «padres de las Patrias» respectivas, en su momento, debió parecerles innecesario realizar en las Cartas Magnas la precisión sucesoria derivada de la dimisión del reinante, ya que, hasta hace más o menos un par de generaciones, los reyes morían en batallas o víctimas de intrigas o bien eran derrocados, se veían compelidos a huir o eran desterrados sin esperar a que terminaran su ciclo natural. No se veía, por ello, la necesidad de poner límites temporales forzosos al ejercicio de la función, que mezcla todavía hoy en dosis secretas la capacidad de representación con el dogma.
Partiendo, sin embargo, del principio de que las monarquías con puesto en plaza europeas funcionan bien a los efectos pretendidos, no se entiende que se mantengan monarcas longevos en los tronos, a los que la edad ha hecho, obviamente, menos ágiles síquica y físicamente, cuando existen herederos preparados para hacer lo mismo y, seguramente más rápido.
El caso de máxima singularidad de entre los ausentes es el del Príncipe Carlos de Inglaterra, coetáneo mío, del que se podría haber dicho que se le pasó el arroz en la espera, sino fuera porque en estos oficios, como en el de ser Papa y otros pocos (presidentes de Banco incluídos), se admite que los platos de arroz se cuezcan con ese tipo de grano que aguanta al fuego el tiempo que se desee y que, si hacemos caso de la propaganda, siempre se encontrará en su punto (si no se ha comido jamás una buena paella, claro).
Si cotejo la edad de los príncipes herederos con la de sus progenitores o parientes ocupantes de los tronos a los que legítimamente aspiran, veo reflejada en su situación el mismo problema que tenemos planteado a la sociedad general, de la que, es de suponer alguien de sus séquitos les mantendrá informados: No hay sedes para tantos aspirantes, y las que hay, están ocupadas por individuos que aparentan tener buena salud y, desde luego, no parecen dispuestas a dejarlas.
Entre los miembros de la gleba, se ha pretendido solucionar el problema forzando a la jubilación a los que tenían más de una cierta edad, pensando los que negociaban las condiciones que así podrían incorporarse a las vacantes los más jóvenes. Pero cuando se produjeron esos despidos, la nobleza social vió que no se necesitaba tanta gente, así que no se reclutaron más peones.
Cuando se tienen los medios, no hay problema en esperar que la situación se clarifique con el tiempo. Es el caso del príncipe Carlos, que se ha venido dando (por las crónicas) una vida de rey, aún siendo solo príncipe. Pero cuando no se tiene con qué, el que las sedes estén ocupadas, no provoca más que el que las ilusiones se retuerzan y mueran, como sarmientos estériles.
