Los miedos se han instalado entre nosotros con nueva carta de naturaleza. El tradicional, es un mecanismo de respuesta emocional, fundado en causas identificables, adherido a la falta de respuesta creíble ante un peligro reconocible y evidente y, por ello, sabemos cómo superarlo. De la manera más elemental: ignorándolo.
Por ello, lo normal entre adultos es no tener miedo y, desde luego, lo que exigen las normas sociales es no reconocer que lo tenemos. Casi todos hemos aprendido a superar el miedo a a oscuridad, a los fantasmas nocturnos, al qué dirán, a la soledad, incluso a la enfermedad y a la muerte. Las medidas de protección social y económica, en países relativamente ricos como el nuestro, han disminuido, y casi eliminado, el miedo a la pérdida de empleo, al descalabro económico, a la ruina.
Lograr la superación de esos miedos, que en muchos casos solemos calificar de infantiles, no supone que hayamos resuelto el conflicto, en el sentido de dominar la razón del temor. Sencillamente, nos hemos acostumbrado a pasar página, a no mirar el agujero que nos deja nuestro desconocimiento e incomprensión del porqué. Ni la muerte se ha alejado de nosotros, ni la enfermedad deja de acecharnos, ni el más rudo dominador de la soledad está libre de ser asaltado, robado o ser víctima mortal de un enajenado, un fanático o un delincuente sin escrúpulos ante la manera de cometer un delito.
Hay miedos que son alimentados, infiero que conscientemente, desde las alturas misteriosas del Gran Hermano. Creo que el temor al contagio por la pandemia de la Covid se ha convertido en un ejemplo que será paradigmático. La desinformación, la falta de coherencia y seriedad en las normas, el misterio respecto al origen y forma de propagación de este virus mutante, han convertido, desde hace ya casi dos años, esa plaga postbíblica en una amenaza difusa, el peor de los temores, el capitán de los miedos.
Se nos ha dicho desde las instancias oficiales de la Sabiduría Oficial, que podemos quitarnos la mascarilla. Ni caso. Se nos expresa que no debemos estar reunidos en período largo con más de diez personas en interiores. Tururú. No habrá festivales ni concentraciones al aire libre. Los hay.
Un paseo por cualquiera de nuestras ciudades nos permitirá reconocer que hay gentes que llevan mascarilla hasta las cejas, cruzándose con otras que han abandonado toda protección. No habrá botellones infantiles pero se pueden reunir hasta cuarenta mil personas en un estadio para aplaudir a su equipo del alma. Las vacunas son seguras pero habrá que pensar en una tercera dosis, como refuerzo o porque sí. Fernando Simón, nuestro gurú de lo que no va a pasar, ha desaparecido. Las cifras de ocupación de las UCIS, difundidas con deleite sistemático en cada telediario, con intención que me resulta desconocida, se han convertido en el dato numérico más relevante de nuestra desorientación.
Si se pudiera hablar de un objetivo cumplido, apuntaría a que se ha conseguido que tengamos miedo. La sensación, como recuerdo infantil, de que el coco vendrá esta noche a sacudirnos los pies y papá y mamá se hayan ido al cine o con unos amigos y tardarán en volver.


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