Majestad,
No debiera ser la corrupción una de las cuestiones de alcance político que más tuvieran que preocupar a los españoles, ya que parece obvio que el paro y la disminución de actividad económica habrían de contar como los factores objetivos que inciden más directamente sobre las situaciones personales. Pero es aquella que ocupa el mayor interés mediático.
Si Vd. pudiera dedicar algún tiempo a viajar en el metro -que es la forma más cómoda de sorprender, como oyente pasivo, las conversaciones de los demás- o en cualquier otro transporte público utilizado por los ciudadanos de menor poder adquisitivo, constataría que la corrupción, con la referencia a casos concretos, es, incluso por encima de la referencia al tiempo atmosférico, el motivo más empleado para intercambiar frases con el interlocutor amigo o con el vecino de asiento ocasional. ¿Se soluciona algo con ello? No. El tema se ha convertido en un sustrato obsesivo de la opinión pública, un valor de intercambio emocional de constitución esencialmente negativa, sin rentabilidad social: es el caldo de cultivo de un descontento inefectivo.
Las noticias sobre corruptos, sobre actividades en las que se han vulnerado normas éticas o legales, alimentan la misma caldera. No suscitan más que dudas sobre nuestro sistema de convivencia. No se ofrecen matices, opiniones, e incluso declaraciones institucionales que permitieran cualificar las responsabilidades de los que actuaron mal, enmarcándolas en un contexto real (¿quiénes corrompieron, qué obtuvieron, qué consecuencias tuvo para la sociedad su actuación?), sino que se convierten en críticas globales a todo el sistema.
Hay aparente consenso en identificar la situación como inaceptable, pero, al mismo tiempo, se la está incorporando, es decir, aceptando, como mal general que hubiera emponzoñado, destruyendo arterias vitales, los estamentos básicos que garantizan nuestro orden social. Se la convierte, en esta línea de catarsis sin final ventajoso, en elemento sustancial de identificación del comportamiento de la clase política e incluso, empresarial.
¿Deberíamos admitir, pues, que todo está corrupto, que la sociedad española ha generado un monstruo?. No podemos. El sistema no está corrupto, ni es razonable suponer que existe una clase política o empresarial que pueda ser designada genéricamente como casta. ¿Se debe reputar como ingenuo o interesado a quien así se exprese? Al contrario: no hay opinión más constructiva. Porque si así fuera, como algunos pretenden convencer, si fuera cierto que lo que hemos construido está viciado desde la base, lo que solamente indico como hipótesis para llevarla al absurdo, no habría solución. España se habría acabado como organización de la convivencia.
No se puede empezar todo desde cero, ni cabe admitir la hipótesis ingenua de que incorporando a la gestión nuevos partidos cuyos miembros no tuvieran experiencia anterior en política, la situación se corregiría de inmediato o en un plazo previsible. La corrupción, detectada o no, es parte intrínseca de la convivencia, porque la ambición, la avaricia, el egoísmo, forma parte de la esencia humana colectiva. Pero no son el elemento sustancial, sino el accesorio. Puede caracterizar el comportamiento de algunas personas, pero no de las organizaciones sociales, que están basadas mayoritariamente en la solidaridad, en la coherencia, en la honestidad.
El descubrimiento de pies de barro en algunos de quienes alardean disponer de pureza total para liderar el cambio en ese sentido, demuestra lo sencillo que resulta detectar fallos de comportamiento en personas que, habiendo tenido alguna relación de poder o ámbito de influencia, incluso aunque solo fuera en el terreno académico, no hubieran caído en la tentación de beneficiarse directamente de ello, o beneficiar a sus familiares, amigos o agrupaciones con las que tuvieran afinidad personal.
Miembros de la propia institución monárquica no están libres de la sospecha de haberse beneficiado de la situación de privilegio. No pretendo inmiscuirme en terrenos que corresponde dilucidar, constitucionalmente, a los órganos de Justicia, pero sería de una ingenuidad inasumible defender que los propios órganos judiciales no tienen también representantes que estén también contaminados por la enfermedad de la corrupción. Es humano, y no se violenta la razón ante ese reconocimiento, que, además, sería casi imposible de probar: todos los estamentos tienden a proteger al que se desvía, por una actitud de defensa que no encuentra más justificación que en el sostenimiento global del estatus. Esto vale tanto para el Parlamento, como para la Justicia, como para el Gobierno.
Soy de la opinión de que los casos que ocasionalmente se detectan de infracción del comportamiento exigible (ya que no de la ética), ni son ni serán todos, ni son ni serán los más importantes, cuantitativamente hablando. Como en la fábula en la que los animales buscan un culpable, no será el león, sino el burro, por ser más vulnerable, el que será sacrificado.
Tampoco puedo admitir que España sea uno de los países más corruptos de Europa; más bien, al contrario, me inclino a admitir que es uno de los países en los que los corruptos han actuado más confiados, en la idea de que sus acciones no serían descubiertas o culpabilizadas y, para los que se han servido de su posición de forma más abusiva, como entiendo sucede en los países más experimentados en la ocultación de las vías de corrupción, lo que sucede es que será más difícil descubrirlos, sino imposible, porque habrán adoptado medidas de precaución y ocultación más complejas y mejor urdidas,
No lo interprete como una insolencia, ni como un juicio temerario. No creo que la infanta Da. Cristina -ni su esposo D. Iñaky Urdangarín- hayan actuado con absoluta consciencia de estar cometiendo una grave irregularidad, susceptible de una elevada sanción penal, ni que lo hicieran con ocultación respecto a sus familiares, amigos y otras personas que conocieron, en su momento, los hechos y sus consecuencias.
No creo que el Sr. Bárcenas sea un francotirador ambicioso, capaz de ocultar a su partido, a sus amigos dirigentes, a las empresas que le dieron dinero para que -directa o indirectamente.- se les facilitaran contratos. No creo, para no hacer la relación exhaustiva, e ir directamente al concepto, que ninguno de los que actuaron, presunta o ya culpablemente desde la perspectiva penal, haya actuado solo y se haya beneficiado en exclusiva, y no me cuesta admitir que el número de los beneficiarios completos de esos actos, e incluso, de los que se beneficiaron más, sea conocido. Si no se matiza, sino se detiene la investigación ante la imposibilidad o el gasto excesivo de tiempo y medios que tendrían un uso más valioso, nos encharcaríamos en una especia de causa penal contra la sociedad, a un juicio global contra la Humanidad, en la que todos seríamos sospechosos y presuntos culpables.
¿A qué conduciría el consumir toda la energía en detectar corruptos? ¿Merece la pena arriesgarse a encontrarnos, como en el proceso que refleja el Antiguo Testamento en la encomienda a Gedeón de seleccionar los justos para combatir a un enemigo, con que el número de puros sea tan escaso que necesitaríamos auxilio divino (permítame, Majestad, que exprese mi duda de que nuestra situación merezca atención especial en las alturas metafísicas) para vencer?
Por eso, mi propuesta no es abandonar la investigación de los casos de corrupción, terminándolos como necesaria manifestación de ejemplaridad, pero sí la de concentrarnos preferentemente en la potenciación de los elementos sanos, poniéndolos de manifiesto, y apoyándose sobre ellos para seguir avanzando en lo que resulta imprescindible: que el Estado siga construyendo una sociedad más justa, honesta y solidaria, potenciando los elementos válidos.
Le concedo a Vd., como estoy convencido está dispuesto a hacerlo la gran mayoría de la sociedad española, la capacidad de ser el Gedeón que se necesita. No se cuestiona la virtud del Gedeón. Nuestra sociedad necesita algo fuerte en lo que apoyarse, para no caer vencida en el abatimiento o dominada por el rencor y el odio y sustentarse en la parte sana, que es mucha y que es la más importante. Con corruptos, con corrupción, hemos llegado hasta aquí, y no es de descartar que habrá que seguir coexistiendo con una parte del sistema contaminado, hasta que, por miedo más que por otra cosa, se reduzca al mínimo, o se perfeccione hasta hacerlo indetectable.
Hagamos que la sociedad cambie sus temas de conversación trivial y se ocupe de encontrar y comentar los logros, las ventajas, los nuevos modos de encontrar rendimiento a nuestra convivencia. Nos irá a todos mucho mejor, y estaríamos muy aliviados. Y creo que en este punto, a pesar de sus limitados cometidos constitucionales, Majestad, nada le impide pronunciarse como ciudadano inteligente, con una opinión que tiene la presunción de venerable, tenga la seguridad de que por muchos más de los que no dudarían en derribar su pedestal, tildándolo de inoperante y estéril.
Esta es mi carta de hoy, en Madrid, a veintitrés de enero de 2015

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