Al socaire

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Décima de las Cartas filípicas y una espinela

24 enero, 2015 By amarias Deja un comentario

Majestad,

Esta será la última de las cartas que, al menos de momento, le escribiré. Es Vd., el destinatario formal, pero siendo altamente improbable que las lea, podría pensarse que se trata de un mero recurso literario, un divertimento de autor vanidoso con pretensiones de que sus ideas alcancen mayor difusión con ese artificio.

No lo niego. Al fin y al cabo, quienes somos conscientes de nuestro limitado ámbito de poder, tenemos que confiar en la fuerza de la palabra. Pero hay algo que, a riesgo de repetirme, ha guiado mis palabras. Tengo claro que la situación demanda liderazgo, y  estoy convencido de que la gestación de un líder reclama tiempo y recursos.

Desconfío de las improvisaciones: soy partidario de la inteligencia y el método, y veo mucho más riesgo en la intuición que en la reflexión compartida.  Admiro a los que tienen características de líder y sitúo como primera de ellas la capacidad para motivar al grupo y saber apoyarse en los mejores. Por eso, no tengo fe de los visionarios que se encuentran a sí mismos legitimados para ponerse a la cabeza de los descontentos, utilizando su malestar, como un ariete, para derribar andamios y columnas.

Me gusta apreciar que los que se ponen al mando de un proyecto, tienen consolidada trayectoria. Saber de dónde vienen, lo que han hecho, cuáles son sus orígenes, me parece imprescindible y una necesaria garantía para valorar su previsible comportamiento futuro. No temo a los cambios, porque así se avanza. Pero antes de acometer cualquier cambio  se debe prestar suficiente atención al efecto de retirar soportes, no vaya a ser que, por haber calculado mal, se eliminen algunos de los elementos clave que sostienen el templo de nuestra democracia, y nos encontremos con parte del edificio destruido y sin el cobijo con el que la protegimos hasta entonces.

Hay mucho que corregir, desde luego, pero es más lo que debemos proteger, y así no correr el riesgo de tirar al niño con el agua de la bañera (das Kind mit dem Bade ausschütten), como advierte la metáfora alemana, incorporada, por su fuerza expresiva, a todos los idiomas.

Como ingeniero, estoy convencido de que la estructura industrial de nuestro país necesita ser reforzada y ampliada, y la complejidad de la cuestión, en un escenario con tecnologías que se desarrollan exponencialmente, exige un planteamiento científico y técnico, además de político, porque la ciencia no acude si no se la llama, pero tampoco aparece si no se la crea y alimenta.

Como jurista, estoy convencido de que necesitamos leyes para impulsar nuestra vida común, pero no tantas que generan un bosque impenetrable salvo para quienes dispongan de la sierra con la que abrirse camino en él. Debemos simplificar de forma importante el resultado de una actitud legiferante que no ha atendido, por los efectos, al fin sino a los medios, olvidando que la educación  debe poner de manifiesto el valor de la ética y que el derecho escrito, y no solo el sancionador, ha de ser recurso excepcional y no el registro enciclopédico de lo que a cada gobernante se le antoje incluir como norma. Si de algo vale recordarlo, cuando la Historia consolidada  ha hecho a Dios hablar, recogió sus mandatos con muy pocas palabras.

Defiendo, en fin, Majestad, que se escuche a todos, pero se de a cada uno la prioridad en lo que es más capaz. Para presentar necesidades, que se atienda a los que las tienen, valoradas con la sensibilidad colectiva que debe potenciarse y tamizarse desde la ética. Para obtener soluciones, que se escuche y de cancha a los que saben, ofreciéndoles campo en el que contrastar sus reflexiones y hallazgos, sin dejar que se sepulten en el griterío de los que, sin conocer el fondo, solo buscan protagonismo o puede que solo favorecer a intereses de otros.

Necesitamos líderes, pues. Pero, si no se trata de cambiarlo todo, sino de perfeccionar y mejorar lo que existe, manteniendo que la componente final de las fuerzas de todos sea el centro izquierda, es decir, el progreso consciente desde donde estamos en cada momento hacia la distribución mejor del resultado común, con la vista puesta en las necesidades de los que tienen menos, garantizando lo que tantas veces se ha dicho que es irrenunciable: renta mínima, educación y servicio de salud para todos, vías abiertas para que no se desperdicie ni malogre el talento .

Por todo ello, lo relevante no es mejorar el diagnóstico ni perfeccionar el análisis de los defectos,  sino atender a poner en marcha de inmediato las soluciones. Sin ofender a creyentes, para ser bueno no hace falta creer en Dios, y para ser eficaz en un propósito colectivo, no veo desventaja alguna en que el Líder, poniendo solo el marco y sin que descienda a detalles, sea quien representa a la Monarquía, es decir, Vd., Felipe VI.

Estoy seguro de que no soy el único republicano que apoya esta propuesta y termino, pues, con una espinela, esta décima carta.

Perro viejo soy al que nada inmuta ya que al paso
cualquier propuesta ajena el necio encuentre vaga
teniéndose por normal despreciar cuanto otro haga
y en vez de atención, prestarle a las ideas poco caso. 

Creo en un futuro mejor, sin confundir lo pasado con fracaso,
y para ahogar rencores, doy valor a inteligencia y al trabajo,
importando poco al fin, procedan de arriba o más abajo.

No extrañe, lector cabal, que le tenga por real destinatario
de las reflexiones que acojo en mi pretencioso epistolario
y c
ontenga  impulso de enviarlas, sin miramientos, al carajo.

En Madrid, a veinticuatro de enero de 2015.

 

 

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Novena de las Cartas filípicas

23 enero, 2015 By amarias Deja un comentario

Majestad,

No debiera ser la corrupción una de las cuestiones de alcance político que más tuvieran que preocupar a los españoles, ya que parece obvio que el paro y la disminución de actividad económica habrían de contar como los factores objetivos que inciden más directamente sobre las situaciones personales. Pero es aquella que ocupa el mayor interés mediático.

Parece consecuencia de la cortedad colectiva para plantearse cuestiones trascendentes, dejándose guiar por los que  proporcionan munición para canalizar las opiniones, el que se hable más de corrupción que de medidas económicas. Se prefiere ahondar en lo que es simple, aunque no se pueda valorar en cuánto nos afecta exactamente (negativamente, en todo caso, a nuestra imagen como sociedad bien organizada), antes que analizar lo complejo, aunque su solución tendría unas consecuencias mayores para todos y, además, positivas ( fórmulas para crear empleo, abrir nuevos campos comerciales, potenciar las fortalezas existentes, etc.)

Si Vd. pudiera dedicar algún tiempo a viajar en el metro -que es la forma más cómoda de sorprender, como oyente pasivo,  las conversaciones de los demás- o en cualquier otro transporte público  utilizado por los ciudadanos de menor poder adquisitivo, constataría que la corrupción, con la referencia a casos concretos, es, incluso por encima de la referencia al tiempo atmosférico, el motivo más empleado para intercambiar frases con el interlocutor amigo o con el vecino de asiento ocasional. ¿Se soluciona algo con ello? No. El tema se ha convertido en un sustrato obsesivo de la opinión pública, un valor de intercambio emocional de constitución esencialmente negativa, sin rentabilidad social: es el caldo de cultivo de un descontento inefectivo.

Las noticias sobre corruptos, sobre actividades en las que se han vulnerado normas éticas o legales, alimentan la misma caldera. No suscitan  más que dudas sobre nuestro sistema de convivencia. No se ofrecen matices, opiniones, e incluso declaraciones institucionales que permitieran cualificar las responsabilidades de los que actuaron mal, enmarcándolas en un contexto real (¿quiénes corrompieron, qué obtuvieron, qué consecuencias tuvo para la sociedad su actuación?), sino que se convierten en  críticas globales a todo el sistema.

Hay aparente consenso en identificar  la situación como inaceptable, pero, al mismo tiempo, se la está incorporando, es decir, aceptando, como mal general que hubiera emponzoñado, destruyendo arterias vitales, los estamentos básicos que garantizan nuestro orden social. Se la convierte, en esta línea de catarsis sin final ventajoso, en elemento sustancial de identificación del comportamiento de la clase política e incluso, empresarial.

¿Deberíamos admitir, pues, que todo está corrupto, que la sociedad española ha generado un monstruo?.  No podemos. El sistema no está corrupto, ni es razonable suponer que existe una clase política o empresarial que pueda ser designada genéricamente como casta. ¿Se debe reputar como ingenuo o interesado a quien así se exprese? Al contrario: no hay opinión más constructiva. Porque si así fuera, como algunos pretenden convencer, si fuera cierto que lo que hemos construido está viciado desde la base, lo que solamente indico como hipótesis para llevarla al absurdo, no habría solución. España se habría acabado como organización de la convivencia.

No se puede empezar todo desde cero, ni cabe admitir la hipótesis ingenua de que incorporando a la gestión nuevos partidos cuyos miembros no tuvieran experiencia anterior en política, la situación se corregiría de inmediato o en un plazo previsible. La corrupción, detectada o no, es parte intrínseca de la convivencia, porque la ambición, la avaricia, el egoísmo, forma parte de la esencia humana colectiva. Pero no son el elemento sustancial, sino el accesorio. Puede caracterizar el comportamiento de algunas personas, pero no de las organizaciones sociales, que están basadas mayoritariamente en la solidaridad, en la coherencia, en la honestidad.

El descubrimiento de pies de barro en algunos de quienes alardean disponer de pureza total para liderar el cambio en ese sentido, demuestra lo sencillo que resulta detectar fallos de comportamiento en personas que, habiendo tenido alguna relación de poder o ámbito de influencia, incluso aunque solo fuera en el terreno académico, no hubieran caído en la tentación de beneficiarse directamente de ello, o beneficiar a sus familiares, amigos o agrupaciones con las que tuvieran afinidad personal.

Miembros de la propia institución monárquica no están libres de la sospecha de haberse beneficiado de la situación de privilegio. No pretendo inmiscuirme en terrenos que corresponde dilucidar, constitucionalmente, a los órganos de Justicia, pero sería de una ingenuidad inasumible defender que los propios órganos judiciales no tienen también representantes que estén también contaminados por la enfermedad de la corrupción. Es humano, y no se violenta la razón ante ese reconocimiento, que, además, sería casi imposible de probar: todos los estamentos tienden a proteger al que se desvía, por una actitud de defensa que no encuentra más justificación que en el sostenimiento global del estatus. Esto vale tanto para el Parlamento, como para la Justicia, como para el Gobierno.

Soy de la opinión de que los casos que ocasionalmente se detectan de infracción del comportamiento exigible (ya que no de la ética), ni son ni serán todos, ni son ni serán los más importantes, cuantitativamente hablando. Como en la fábula en la que los animales buscan un culpable, no será el león, sino el burro, por ser más vulnerable, el que será sacrificado.

Tampoco puedo admitir que España sea uno de los países más corruptos de Europa; más bien, al contrario, me inclino a admitir que es uno de los países en los que los corruptos han actuado más confiados, en la idea de que sus acciones no serían descubiertas o culpabilizadas y, para los que se han servido de su posición de forma más abusiva, como entiendo sucede en los países más experimentados en la ocultación de las vías de corrupción,  lo que sucede es que será más difícil descubrirlos, sino imposible, porque habrán adoptado medidas de precaución y ocultación más complejas y mejor urdidas,

No lo interprete como una insolencia, ni como un juicio temerario. No creo que la infanta Da. Cristina -ni su esposo D. Iñaky Urdangarín- hayan actuado con absoluta consciencia de estar cometiendo una grave irregularidad, susceptible de una elevada sanción penal, ni que lo hicieran con ocultación respecto a sus familiares, amigos y otras personas que conocieron, en su momento, los hechos y sus consecuencias.

No creo que el Sr. Bárcenas sea un francotirador ambicioso, capaz de ocultar a su partido, a sus amigos dirigentes, a las empresas que le dieron dinero para que -directa o indirectamente.- se les facilitaran contratos. No creo, para no hacer la relación exhaustiva, e ir directamente al concepto, que ninguno de los que actuaron, presunta o ya culpablemente desde la perspectiva penal, haya actuado solo y se haya beneficiado en exclusiva, y no me cuesta admitir que el número de los beneficiarios completos de esos actos, e incluso, de los que se beneficiaron más, sea conocido. Si no se matiza, sino se detiene la investigación ante la imposibilidad o el gasto excesivo de tiempo y medios que tendrían un uso más valioso, nos encharcaríamos en una especia de causa penal contra la sociedad, a un juicio global contra la Humanidad, en la que todos seríamos sospechosos y presuntos culpables.

¿A qué conduciría el  consumir toda la energía en detectar corruptos? ¿Merece la pena arriesgarse a encontrarnos, como en el proceso que refleja el Antiguo Testamento en la encomienda a Gedeón de seleccionar los justos para combatir a un enemigo, con que el número de puros sea tan escaso que necesitaríamos auxilio divino (permítame, Majestad, que exprese mi duda de que nuestra situación merezca atención especial en las alturas metafísicas) para vencer?

Por eso, mi propuesta no es abandonar la investigación de los casos de corrupción, terminándolos como necesaria manifestación de ejemplaridad, pero sí  la de concentrarnos preferentemente en la potenciación de los elementos sanos, poniéndolos de manifiesto, y apoyándose sobre ellos para seguir avanzando en lo que resulta imprescindible: que el Estado siga construyendo una sociedad más justa, honesta y solidaria, potenciando los elementos válidos.

Le concedo a Vd., como estoy convencido está dispuesto a hacerlo la gran mayoría de la sociedad española, la capacidad de ser el Gedeón que se necesita. No se cuestiona la virtud del Gedeón. Nuestra sociedad necesita algo fuerte en lo que apoyarse, para no caer vencida en el abatimiento o dominada por el rencor y el odio y sustentarse en la parte sana, que es mucha y que es la más importante. Con corruptos, con corrupción, hemos llegado hasta aquí, y no es de descartar que habrá que seguir coexistiendo con una parte del sistema contaminado, hasta que, por miedo más que por otra cosa, se reduzca al mínimo, o se perfeccione hasta hacerlo indetectable.

Hagamos que la sociedad cambie sus temas de conversación trivial y se ocupe de encontrar y comentar los logros, las ventajas, los nuevos modos de encontrar rendimiento a nuestra convivencia. Nos irá a todos mucho mejor, y estaríamos muy aliviados. Y creo que en este punto, a pesar de sus limitados cometidos constitucionales, Majestad, nada le impide pronunciarse como ciudadano inteligente, con una opinión que tiene la presunción de venerable, tenga la seguridad de que por muchos más de los que no dudarían en derribar su pedestal, tildándolo de inoperante y estéril.

Esta es mi carta de hoy, en Madrid, a veintitrés de enero de 2015

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Séptima de las Cartas filípicas

19 enero, 2015 By amarias Deja un comentario

Majestad,

Bastante se ha especulado y, sin duda, se seguirá haciendo, sobre quiénes son sus amigos o los de la Reina Letizia. La relación de aquellas personas con las que se les ha visto acompañados, a decir verdad, en contadas ocasiones, ha sido difundida repetidas veces, junto a especulaciones más o menos fundadas, sobre quienes han tenido mayor trato con Vd. o con Da. Letizia cuando estaban solteros.

Solo Vd. sabe quiénes verdaderamente son sus amigos y a cuáles de entre ellos concede importancia bastante para consultarle dudas o pedirle consejos. En tanto que persona, con sus virtudes, defectos y debilidades, la mayoría de las cuestiones que afectan a su esfera íntima, en realidad, a Vd. solo interesan y de ellas solo Vd. responde ante aquellos para quienes tenga afecta o a quienes deba fidelidad en ese campo.

Supongo, además, que -al menos, en lo que respecta a la prudencia que conviene a su comportamiento futuro, el único que cabe enmendar, si fuera el caso- los sucesos que han venido a afectar tan gravemente a la imagen de su hermana Da. Cristina, le harán especialmente cauteloso respecto a la participación en negocios o pretensión de utilizar su nombre para impulsarlos y, en lo que se refiere a las tentaciones de escarceos extramatrimoniales, además de su incuestionable fidelidad, tomará una dirección diferente a la que le señalan, por lo trascendido, tanto su señor padre como sus antepasados borbones.

No negará Vd. el interés mediático, y no solo para ávidos espíritus fagocitadores de la prensa llamada del corazón, conocer que el Rey es amigo personal de D. Javier López Madrid (casado con Da. Silvia, hija de D. Juan Miguel Villar Mir, Dr. Ingeniero de Caminos, y uno de los hombres más ricos e influyentes económicamente de España) o de D. Alvaro Fuster (casado con Da. Beatriz Mira Hafner e hijo de D. Ricardo, representante que fue para España de la compañía americana Mc Donnell Douglas, la fabricante de varios cazabombarderos adquiridos por el Ejército del que ahora Vd. es Jefe Superior), o de D. Juan Ignacio Entrecanales Franco, vicepresidente de Acciona (casado con Da. Gemma Archaga Martín), una empresa familiar de primera línea en el sector de la construcción y las energías renovables -tras varias fusiones y adquisiciones-, dirigida por D.  José Manuel Entrecanales Domecq, primo de aquél, una de las mayores fortunas del país.

Sin embargo, como Rey de España, lo que importa no son sus amigos, sino quiénes son sus consejeros públicos, es decir, aquellos a los que acude cuando se trata de escuchar opinión sobre los temas de interés para el Estado. Ninguno de ellos, sean cuáles sean sus virtudes y conocimientos, ha de tener, con todo, la visión completa que solo le corresponde a Vd., pues es el único que ha nacido y sido educado para la profesión de Rey, sea cual fuere el significado que se desee dar a ese cometido que Vd. se ve obligado a desempeñar.

Por supuesto, tampoco la Reina Letizia, nacida plebeya, puede asumir ese espacio áulico singular. Recuerdo, al respecto, una frase de Jaime Balmes (El Criterio), que figura como Nota 3 a la pág. 18 de la Edición de la que dispongo: «Un hombre dedicado a una profesión para la cual no ha nacido es una pieza dislocada».

Difícil situación, pues, para un Rey, jefe de Estado de un país venido a menos, vigilado desde todos los ángulos y que en lo único que no se equivocará, si se escucharan todas las opiniones sobre cualquiera de sus acciones, será en lo que no haga.

Ese no es, obviamente, mi consejo, que nadie me ha pedido, pero que le brindo con gusto: no tenga amigos, desconfíe de todo lo que le aconsejen quienes le digan actuar desde la amistad, porque nadie será capaz de ponerse en su lugar. Tenga, sí, muchos consejeros, pida opinión a cuantas más gentes, mejor, y haga lo que le parezca conveniente.

Esta es mi séptima carta, en Madrid, a diecinueve de enero de 2015

 

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Sexta de las Cartas filípicas

16 enero, 2015 By amarias Deja un comentario

Majestad,

Los responsables  de las instituciones del Estado, ante cualquier suceso que haya impactado en el ánimo de la ciudadanía, causando inquietud, se han acostumbrado a utilizar frases tópicas, a las que acuden como mantra. Comparecen de inmediato ante los medios -«la opinión pública», se dice ahora- para repetir algo que no guarda relación con el suceso, ni supone una explicación acerca de las razones por las que no se actuó para prevenirlo.

Esas declaraciones de mandatarios y autoridades de lo más diverso, reflejan, si se trata de un suceso puntual, solamente la voluntad de sacudirse de encima la responsabilidad por falta de vigilancia o capacidad de prevención anterior, y desvían la atención hacia las medidas, típicamente excesivas y en buena medida arbitrarias, que se anunciarán en los próximos días para evitarlas en lo sucesivo. La realidad está llena de ejemplos: inútiles y costosas medidas de investigación de equipajes y pasajeros en los viajes en avión o en tren, o en la recogida de información de huéspedes hoteleros, o en la exigencia de datos personales innecesarios, redundantes y, desde luego, excesivos, para cualquier trámite, etc.

Su figura no está ajena, ni mucho menos, a tales manifestaciones de cinismo. Yo le prevengo sobre su utilización excesiva, particularmente, en los discursos que le tocará pronunciar a lo largo de su reinado, que le deseo largo, aunque intuyo que no será fácil mantenerlo incólume.  Parece natural que, ante una desgracia, se manifieste sensibilidad ante las circunstancias de quienes son inferiores o subordinados. Pero, si no se está trabajando para solucionar los problemas que las han causado, esa manifestación de simpatía encaja con el más puro y cruel cinismo.

Expresiones como «Estamos hondamente preocupados» o «Se está haciendo todo lo posible» o «Hemos tomado medidas inmediatas para corregir», por citar solo algunas de las más frecuentemente esgrimidas , son vacías.  Peor aún, contienen  el germen de la firme sospecha de que ni existe real preocupación, ni se piensa en cambiar los métodos, los modos o las personas para que el daño no vuelva a producirse.

Me detengo en esta carta en el problema del paro. Es real, acuciante, afecta especialmente a los estratos económicos menos favorecidos, a los jóvenes, a los que tienen edad superior a los cincuenta años. La pérdida de actividad económica se concentra en empresas transformadoras fabricantes de productos que demandan alta mano de obra no cualificada, en autónomos especializados en actividades ahora automatizadas, en sectores tecnológicos que están afectados por la aparición de nuevos materiales, recursos más baratos, maquinaria más eficiente.

Majestad, la crisis económica, de hondas raíces tecnológicas en los países más desarrollados, y su indudable relación con la globalización de los transportes y las comunicaciones, ha restringido brutalmente la cantidad de trabajo disponible. En un país intermedio, como España -caracterizado por un nivel científico medio, insuficiente cultura de emprendimiento, una estructura empresarial desequilibrada y concentrada en pocos sectores industriales, una tendencia de consumo excesiva para su capacidad de producción, etc. (permítame que no me detenga ahora en desarrollar esta cuestión)-, la creación de empleo no puede subordinarse a la iniciativa individual.

Tampoco es posible admitir que se vaya a generar suficiente empleo para compensar la pérdida de población activa provocada por una crisis que es, no es posible dudarlo, estructural. Hay que pensar en la mejor redistribución del trabajo disponible, además de aprovechar todas las oportunidades de generar actividad económica, y relacionar el salario con el sostenimiento de la economía familiar.

Un salario, Majestad, ha de ser, ante todo, digno: y la dignidad supone que ha de ser suficiente para sostener al empleado y a quienes dependan de él. Y, en contrapartida, un salario indigno, Majestad, es aquel que pretende remunerar por encima de toda fantasía, una pretendida gran capacidad de dirección, o como impulsor de iniciativas de un ser humano. ¿O  es que se puede creer que alguien, por muy tocado que se encuentre del dedo de la madre Naturaleza, puede ser acreedor a ser remunerado hasta cien o… mil veces más que otro ser humano, en razón a misteriosas -por no transparentes ni, con seguridad, explicables éticamente- dotes para la gestión?

Tiene ya España demasiados bares, restaurantes, peluquerías, mercerías, y, en general, tiendas de las que se podían llamar de la esquina, (en las que se incluyen, claro está, los miles de establecimientos comerciales regentados por familias chinas y en número creciente, también por marroquíes), en los que se venden productos alimenticios o de primera necesidad. Animar a que los particulares sin experiencia empresarial alguna, sin conocimientos de contabilidad, sin capacidad para juzgar los riesgos de un negocio, creen su propia empresa, es inducir a muchos a que pierdan sus ahorros o se endeuden de por vida.

Una cuestión diferente ha de ser la de apoyar a creativos con formación universitaria que, con suficiente conocimiento del estado de la cuestión y utilizando su capacidad de trabajo, solos o en compañía de otros con inquietudes similares o complementarias, quieran desarrollar o poner en el mercado un producto nuevo, con posibilidades para su comercialización a nivel internacional. Detectar estas capacidades, impulsarlas con apoyos públicos, es una necesidad urgente para nuestro país.

Pero las mayores opciones de generación de actividad están, en mi opinión, en relación con el crecimiento de las empresas de mediano y gran tamaño (tenemos muy pocas en España) que, con su conocimiento del mercado, sus relaciones comerciales ya establecidas, sus centros de investigación y desarrollo aplicados, tienen la mejor visión internacional de por dónde han de transcurrir las líneas de demanda integradas e, incluso, cuentan con excepcional capacidad para influirlas o dirigirlas.

A los dirigentes de esas empresas, a sus principales accionistas, ha de dirigirse un concreto mensaje de colaboración activa, para que se coordinen, se hagan más transparentes, participen con mayor conciencia social en la reinversión de sus beneficios y en la asunción de cargas impositivas superiores y, en correspondencia, sean reconocidos, si admiten -lo que no está sucediendo- su responsabilidad y la convierten en compromiso, como respetables líderes de nuestra economía. Solo así será creíble el mensaje de que están actuando, como es obligación ética de un gestor de empresa, en beneficio de la colectividad y no con la obsesión de obtener el máximo beneficio de la ignorancia en la que la mantienen.

Termino mi carta, hoy, Majestad, a dieciséis de enero de 2015

 

 

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Quinta de las Cartas filípicas

14 enero, 2015 By amarias 2 comentarios

Majestad,

Aunque pretendía que las cartas que le estoy dirigiendo no se vieran afectadas por la realidad próxima, los atentados perpetrados en París en la sede del semanario satírico  Charlie Hebdo por terroristas que han reconocido, con ese acto deplorable, estar castigando unas caricaturas del profeta del Islam, Mahoma, entiendo que es pertinente, en el contexto de las posiciones que se están reflejando en estos días, analizar la importancia de las ideologías, y, en especial, de las religiosas, en este momento histórico.

Como le supongo a Vd, lector de periódicos, -al menos, de la selección de noticias que le prepararán a diario sus colaboradores-, habrá advertido que, en realidad, los actos terroristas han sido dos: uno, dirigido contra quienes trabajaban en el semanario Charlie Hebdo y con pretendido fundamento en unos dibujos que ridiculizaban al fundador del islamismo y otro, realizado al parecer en coordinación con los asesinos que llevaron a cabo el primero, supuso el secuestro de clientes de un establecimiento especializado en comida judía, algunos de los cuales fallecieron en el asalto.

Es decir, se atentó, invocando venganza en nombre del Islam, contra quienes eran el autor y colegas de un dibujo que hacía burla de un personaje del siglo VII  y contra quienes, por el lugar en donde se encontraban, seguramente eran miembros de la colectividad judía. Los medios empleados, la violencia de la actuación, el resultado mortífero, las mismas declaraciones de los terroristas (en cuanto se conocen), prueban que se trata de una actuación en la que participaron varios personas, y que ha sido organizada con premeditación, y con el claro objetivo de causar conmoción a la sociedad.

Majestad, el lugar y la capacidad de magnificación que tienen Francia y los franceses no deberían hacernos olvidar que Madrid ha sufrido en fecha reciente un atentado de efectos extraordinariamente más crueles y devastadores, dirigido contra trabajadores que iban a sus labores, y que, aunque no ha sido reivindicado por nadie, las investigaciones policiales y judiciales han venido a atribuir a fanáticos islamistas. Estados Unidos y el Reino Unido han sufrido atentados recientes e igualmente indiscriminados y, como han puesto de manifiesto acertadamente varios intelectuales seguidores del Islam o conocedores de la doctrina de Mahoma, cientos de atentados con miles de muertos se están produciendo casi diariamente en los propios países  en donde la población profesa mayoritariamente la religión mahometana.

Parece pues que la cuestión no está en la religión, sino en el fanatismo con el que algunos la interpretan, impulsados por intereses peculiares que convendría detectar muy bien. En España, sabemos bien, por desgracia, de las consecuencias de los fanatismos. Han sido muchos los muertos que ETA dejó tras sí, invocando una inasumible legitimidad para actuar contra el Estado central y sus funcionarios y representantes, y en ese camino de desvergüenza y barbarie, han sido asesinados o mutilados decenas de civiles, igualmente inocentes. Somos bastantes los que creemos que ese terrorismo tuvo beneficiarios que se mantuvieron ocultos tras los hilos que se esforzaron en mover para convencer a las marionetas sin cerebro ni corazón para  que ejecutaran sus macabras órdenes.

Majestad, entre las prioridades de Europa ha de encontrarse mantenerse firme contra cualquier fanatismo. No se trata de ridiculizar creencias, sino respetar opiniones, cuando se exponen y defienden con lealtad y, por tanto, con argumentos. Por eso, Europa tiene que recuperar las raíces que le sirven de unidad, y reforzarlas, y que se remontan a la Edad Media. No es, en mi opinión, el cristianismo la base cultural que une hoy a Europa, sino el proceso que llevó a sus naciones desde posiciones fanáticas, cerradas, negativas de las identidades del otro si era contrario, a evolucionar con él.

La religión cristiana no es hoy la misma que en el siglo XI (por ejemplo), ni mucho menos, porque evolucionó en el sentido de una comprensión de la unidad ética, universal, del ser humano. El corazón de Europa ha evolucionado con ella, y gracias a esa evolución, una mayoría de europeos pueden seguramente sentirse agnósticos, siendo católicos o protestantes de raíz.

Esta es mi carta de hoy, en Madrid, a trece de enero de 2015

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Cuarta de las Cartas filípicas

12 enero, 2015 By amarias Deja un comentario

Majestad,

Cualquier situación de poder, arrastra, entre los efectos derivados, el aislamiento. En el caso de un jefe de Estado, y especialmente si el poder que detenta es fundamentalmente simbólico, puede resultar sorprendente que el interés por aprovecharse del halo o carisma que rodea a la institución, favorece que una buena parte, sino todos, de los que tienen acceso directo a esa figura se esfuercen por provocar el aislamiento de la realidad de aquel a quien deberían servir con lealtad.

No es, por lo demás, complicado, aislar al poder: las fuerzas que animan al encapsulamiento de la autoridad provienen también de ella misma, que suele escudarse en que el ejercicio de sus funciones le resta todo tiempo para bajar a esa calle en donde los demás mortales libran sus pequeñas batallas. Es también consecuencia del deseo de beneplácito y complacencia con que a todo prócer le gustaría fueran recibidas sus decisiones y apreciada su figura.

Como resultado, las informaciones de lo que sucede a la ciudadanía, al pueblo llano, lo que le preocupa o estimula a otros subordinados, lo que anima o perjudica a los mercados, le llegan filtradas por sus colaboradores de confianza, que le trasladan lo que les apetece, en relación con lo que a él le apetecería escuchar o entender, formado un conjunto  intersección de fantasías, una cápsula de la que no es fácil salirse. «Si no tienen pan, que coman galletas» no es una frase producto de la mala fe, sino de la preocupación culpable de mantener en la ignorancia al poder simbólico, para aprovecharse de él, desde los poderes efectivos, que son, frecuentemente, de lo más pedestre.

Su caso… es excepcional, y las razones de esa excepcionalidad se encuentran en una decisión suya que fue juzgada de sorprendente, e incluso descalificada (y así fue manifestado públicamente) por alguno de los asesores de su padre, D. Juan Carlos. Me refiero, por supuesto, a su boda con una plebeya, divorciada de anterior matrimonio, periodista de cierto prestigio, y procedente de una familia de clase media, y, si me permite el atrevimiento, no exenta precisamente de problemas.

Esta actuación de alguien que tenía ocasión de emparentar con cualquier otra familia real, pues a ninguna habrían de faltarle miembros en situación de disponibles para el matrimonio, rebela a las claras una intención de romper estereotipos.

Ningún otro golpe de efecto podría ser imaginable para destruir el carisma idealizado de la Monarquía que casarse, por amor y no por conveniencia de Estado, con alguien surgido del pueblo. Que esta acción no haya sido única entre las Monarquías europeas, viene a confirmar el deseo de varias casas reinantes o más o menos recién destituidas de demostrar al resto de los ciudadanos que no se consideran clase privilegiada, sino que están asumiendo una tarea singular, sí, pero a la que quieren dotar de transparencia y  difusión pública.

¿Qué mejor, pues, que una periodista, para cumplir ese objetivo?

Pues bien, llévelo Vd., Majestad, a sus últimas consecuencias. Haga que la Reina Letizia, una plebeya universitaria, abandone ese aspecto de cariátide de mármol que se encuentra en los actos oficiales sin apenas mover una pestaña, y actúe como movilizadora, canalizadora y difusora de la información que a todos nos vendrá bien poner en valor, como suele decirse ahora. Poner en valor, en el sentido de rentabilizar para que los agentes socioeconómicos tomen consciencia de su responsabilidad para actuar coordinadamente, olvidando falsos estatus o recelos provenientes de un pasado que no tendría la misma eficacia.

La Reina Letizia debiera ser mucho más activa en movilizar sus contactos, promover otros, actuar como organizadora de reuniones con personas de diversos orígenes y condición. Tiene, además de su capacidad y experiencia, una ventaja adicional. Puede pasar desapercibida mucho mejor que Vd., a quien su altura física y su rostro difícil de disimular hacen demasiado evidente en lugares públicos. Asuma Vd., conscientemente, no un papel secundario, que no conviene en absoluto a la Monarquía, pues no hay por qué precipitar el final, por mucho que se esté cuestionando su valor por los opositores, sino el papel de rector de la necesidad de poner en cuestión cualquier reducto de poder tradicional, acercándolo a la luz pública.

A expresar cómo hacerlo más en concreto, dedicaré mi próxima misiva. Esta es la Carta que escribo en Madrid, el 10 de enero de 2015.

Publicado en: Actualidad, Cartas filípicas Etiquetado como: angel manuel arias, carta filípica, cartas al Rey

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