La principal reforma social que se me ocurre
es destrozar la pared que comunica el baño con la alcoba,
pero he llenado con mi currículum las calles de la ciudad
y estoy tan seguro de que me van a contratar
que dejo un mensaje de destrucción en el contestador;
a estas horas de la noche
es poco posible que me llame alguien decente
pero por si hay un alma gemela que pene por ahí
le voy a dar mi último diagnóstico:
hermano, no quiero que me den más competencias,
qué razón tenías: cuanto más pones más pierdes,
no enseñes el culo a quien no te lo va a tapar,
y, para colmo, te desvelo mi preciado secreto, soy un impostor,
el verdadero yo aún no ha nacido, lo que no me impide que en este acto solemne
lo nombre mi sucesor de todo lo que sé
por más lejos que esté.
Le dejo la brocha de pintar al más pintado,
cediéndole por señal de buena suerte la grapadora, las gomas de borrar
y un bote con bolígrafos y lápices, los trastos de crear estas historias.
(No tenemos a nadie, Angel Manuel Arias, 1996)

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