Esta es la última entrada que acojo bajo el título de la popular canción de Joaquín Sabina, que tantas veces escuché en el coche, de camino entre Madrid y el norte y el sur de las Españas. Quienes hayan tenido la curiosidad de leer mis comentarios sobre la capital, en un momento de crisis económica y cultural, y conozcan la letra, habrán podido apreciar que no hay apenas distancia afectiva entre las dos visiones.
En una nota al final de esta entrada, copio la letra de Sabina, al que envío un saludo desde aquí. A mí, que me lleven al norte, por favor.
8. Respecto a las opciones razonables para mejorar la ciudad. La vida enseña a ser prudente, pero la historia muestra a las claras el destino de la inmensa mayoría de los que se arriesgan. Pretender cambiar la fisionomía de una ciudad, que es el resultado de siglos de convivencia (y de tensión) entre los elementos económicos sociales que la conformaron, sería una maniobra contra la Historia.
Sin embargo, no han faltado en la trayectoria de las ciudades, momentos en que se produjeron intromisiones sobre su evolución natural. Ha habido guerras, incendios, terremotos, inundaciones, políticos visionarios o ególatras, urbanistas ilustrados o herejes, etc., que han dejado su huella en muchas ciudades. A veces, son heridas en el escenario urbano; otras, como obras forzosamente incompletas, inacabadas o reconducidas, producen la sensación de que se ha desperdiciado una excepcional oportunidad de conseguir Utopia.
El individualismo, la pretensión de dejar una huella para el futuro del paso por la ciudad de personajes y personajillos, es un elemento característico de la época en que vivimos, que se superpone a un feroz utilitarismo. Frente a bloques de hormigón anodinos, conformando colmenas para asentar habitantes en sus nichos de vivencia particular, han proliferado también supuestos monumentos a la megalomanía de quienes han dispuesto de dineros, públicos o privados, para poner su sello en la ciudad.
Madrid tiene, claro está, muchos ejemplos de este proceder, que ofrecen un resultado conjunto caótico. Aceptemos que es símbolo también de la ciudad, y forma parte del desprecio a la estética que se ha adueñado del hombre moderno, amenazando con constituirse en característica consuetudinaria. Plazas sin la menor gracia, sedes corporativas que solo rivalizan en ser más altas, más aparatosas, menos prácticas que caprichosas, se han adueñado del perfil de Madrid. Desde la plaza de Castilla hasta la Avenida del aeropuerto de Barajas, o desde la salida hacia Burgos, la avenida del Loira, como desde el camino paralelo a la autovía A-6 que conduce hacia las poblaciones del norte, los ejemplos son múltiples, los resultados, saltan a la vista, dañándola.
Admitámoslo, pues. Más que en el urbanismo, la respuesta a la mejora de los ámbitos de convivencia, habrá de estar en propiciar puntos de encuentro de la ciudadanía, en la que se ponga en valor al individuo, incluso a pesar del paisaje urbano. No faltan aquí salones de actos, preparados para acoger conferencias, exposiciones, propiciar intercambio de opiniones, difundir conocimientos. Soy habitual, cuando mis ocupaciones me lo permiten, de algunos de estas convocatorias, en las que se cumple bien la observación, por los asistentes habituales -prejubilados y jubilados en su mayoría, hoy entre el público, pasado mañana en los atriles- de que «en Madrid, o das una conferencia, o te la dan» (Eugenio d´Ors).
Lamentablemente, pocas veces, a pesar del interés de esos actos, cuentan con una asistencia masiva. Madrid, aunque tiene una gran oferta cultural e intelectual, no mueve multitudes, salvo para asistir a un concierto de estrellas de la canción, o un partido de fútbol de sus equipos señeros. Entonces, sí, se colapsan las arterias alrededor del Palacio de deportes, el Bernabéu o el Manzanares.
El Rastro, los museos, e incluso los recintos feriales, concentran más a curiosos -en este caso, turistas más que locales- que a elementos activos. Las procesiones de Semana Santa, en su ámbito, no son prueba de religiosidad, sino parte del folklore. Y así, más ejemplos podría exponerse.
Necesita Madrid una corporación municipal que viva la ciudad, la anime con su ejemplo, y se vuelque en interés del ciudadano normal, ese ser anónimo que tiene escasas veces la oportunidad de manifestar lo que le hace más feliz. ¿Ha asistido el amigo lector al espectáculo de convivencia ciudadana que implican las fiestas de barrio, allí donde existe iniciativa para organizarlas? ¡Qué nostalgia de lo que puede ser el pueblo de Madrid, cuando se le convoca a pasar un buen rato, sintiendo al otro, como debió ser el viejo Madrid!
Libérese la ciudad de la tenaza de la excesiva burocratización, del falso control policial, de la cutrería y la pijería (orgullo de la ostentación del poder fatuo), y dése entrada a la sencillez, poténciese la manifestación cultural al alcance de todos, difúndase impulso de convivencia y solidaridad. Menos rotondas sin acceso posible, fuera coches inundando espacios peatonales y obturando arterias, persíganse ruidos molestos, revísense los circuitos de los transportes públicos, cuídese la limpieza de cada barrio (especialmente, los de fuera del casco central), impúlsese el adorno sencillo de los balcones, adecéntese las fachadas, elimínense los infectos solares abandonados…
En lo que respecta a la generación de actividad económica en Madrid, el modelo exige especial profundización, para no caer en clichés ni en peligrosas inercias: hay que involucrar al empresariado existente (particularmente, al responsable de las grandes empresas), promocionar las iniciativas privadas, orientar a los inversores. Son tópicos, sin embargo. Porque esas ideas generales se cruzan con otros principios igualmente comunes, aunque menos conocidos: las multinacionales solo mantendrán sus sedes próximas a los mercados (o a los centros productivos) si les compensa la obtención marginal de beneficios; los particulares que generen emprendimientos tienen peligrosa tendencia a pensar en local, lo que vincula su perspectiva de negocio a un entorno geográfico y de información reducido; los políticos carecen, en general, de la menor formación empresarial y, cuando la tienen, es muy probable que se encuentren prisioneros de sus relaciones anteriores.
Solamente desde un debate abierto, lo más transparente que sea posible en relación con la confidencialidad de estrategias de empresa, y en la que los inversores particulares puedan encontrar orientación para que sus dineros no se pierdan en la vorágine engullidora del fracaso, se conseguirá dinamizar de manera permanente una estructura productiva, comercial y de consumo. No soy estatalista, al contrario. Soy pragmático. Incluso los más avezados defensores del libre mercado hacen trampas en sus solitarios: a las pruebas me remito.
Y, por supuesto, es un despilfarro permanente que Madrid esté formando tantos y tantos jóvenes, universitarios o no, y no sea capaz de aprovechar mejor su fuerza vital, su creatividad real y potencial. Hace falta dar un vuelco a la forma de enseñar, implantar masivamente la formación dual, generar líneas coherentes de apoyo a las nuevas empresas y proyectos imaginados desde la Universidad y las Escuelas de Formación,…Creerse, en fin, que vivimos en colectividad y que esa colectividad está imbricada felizmente con el resto de España, de la que es impulso, modelo, banco de pruebas efectivo.
En las próximas elecciones municipales, me temo que los futuros representantes políticos se enzarzarán en prolijas, e inútiles, discusiones sobre malversación de fondos públicos, corruptelas varias, personalismos de charanga. Algunos dirán que hay que dar la voz al pueblo, para que elija, en permanente consulta, lo que desea que se haga.
Estoy de acuerdo en que hay que escuchar a todo el mundo, pero, sobre todo, hay que tener la claridad de ideas, la honestidad, la inteligencia, de saber decidir.
Y me viene a la memoria la magnífica entrevista que un periodista con excepcional habilidad, JordiEbole, hizo al actual presidente de Bolivia, Evo Morales, mientras visitaba con él un pueblo en el que se acababa de inaugurar un polideportivo. Simultáneamente, presentaba las imágenes de unos niños bebiendo agua de un regato infecto. «¿No cree que hubiera sido prioritario haber mejorado el servicio de agua potable?», preguntó al político que acababa de ser aclamado por las gentes que había llenado el nuevo recinto. «El gobierno ha dado al pueblo lo que éste le pidió como más urgente», fue, más o menos, la contestación.
Magnífico ejemplo acerca de la necesidad de que el dirigente político no olvide las prioridades objetivas. Porque el pueblo, no siempre puede sacudirse de encima la ignorancia acerca de lo que es más conveniente, e, incluso, imprescindible. La educación la ciudadanía forma parte fundamental del ejercicio por la optimización de la polis, y no se suple con demagogias ni oportunismos trapaceros, sino que se ahoga en ellas.
FIN
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Letra de «Pongamos que hablo de Madrid», de Joaquín Sabina
Allá donde se cruzan los caminos,
donde el mar no se puede concebir,
donde regresa siempre el fugitivo,
pongamos que hablo de Madrid.
Donde el deseo viaja en ascensores,
un agujero queda para mí,
que me dejo la vida en sus rincones,
pongamos que hablo de Madrid.
Las niñas ya no quieren ser princesas,
y a los niños les da por perseguir
el mar dentro de un vaso de ginebra,
pongamos que hablo de Madrid.
Los pájaros visitan al psiquiatra,
las estrellas se olvidan de salir,
la muerte viaja en ambulancias blancas,
pongamos que hablo de Madrid.
El sol es una estufa de butano,
la vida un metro a punto de partir,
hay una jeringuilla en el lavabo,
pongamos que hablo de Madrid.
Cuando la muerte venga a visitarme,
que me lleven al sur donde nací,
aquí no queda sitio para nadie,
pongamos que hablo de Madrid.

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