Parafraseando al antropólogo Ludwig Feuerbach, que en 1850 escribió «Der Mensh is, wast er isst» -«un hombre, es lo que come»-, con la intención de ilustrar a los políticos sobre que es preferible tener un pueblo bien alimentado antes que atormentado con amenazas, me parece adivinar la clara intención de los que nos dirigen (sean quienes sean) de que, en lo intelectual, quieren que seamos, sobre todo, fútbol.
Ese es el paradigma cosmogónico, el modelo que expresa a la perfección los impulsos que dominan el magma sociológico. Alentado por fuerzas muy potentes -económicas, periodísticas, etológicas, etc.,- avanza arrasando a su paso cuanto encuentra. No se detiene ante estructuras filosóficas, sobrepasa conceptos económicos, hace irrisión de baluartes intelectuales. La sostenibilidad de nuestro edificio de racionalidad descansa, hoy por hoy, fundamentalmente, en el fútbol y sus valores.
Somos, porque quieren que seamos, fútbol.
El fútbol no es un deporte, ni un espectáculo de masas, sino un modelo de comportamiento social, que, con un doctrinario bien trabado, genera sutilmente un sólido armazón que aprisiona, cual alienígena aletargante, y de manera creciente, el cerebro de los afectados por el virus y regula los ritmos de un número ingente de nuestros contemporáneos.
Para muchos de ellos, ya todo gira en torno al fútbol. No habrá otro noticiero que les interese más que las «confrontaciones» previstas en el calendario de alguno de los quasi infinitos Torneos. Su estado de humor frente a las realidades sustanciales de la vida (trabajo, familia, salud, etc.) dependerá de la situación en la Tabla clasificatoria del «equipo de sus amores». Palpitarán sus emociones al ritmo del estado físico de las plantillas, con los detalles de la vida privada de sus atletas idolatrados, hurgados y difundidos hasta alcanzar niveles de minucia propios de aberración sexosicológica.
Avanzando como terminator destructivo, el fútbol consigue que los modelos de comportamiento se tomen de él, las figuras de veneración en los altares de la ética y de la estética sean extraídas prácticamente sin excepción de entre sus figuras relevante. Los negocios y planteamientos empresariales se organizan crecientemente en torno al fútbol y forman parte de su espectáculo. En los encuentros entre equipos que puedan significar difusión mediática, allá serán convocados a las tribunas, presidentes de Estado, jefes de gobierno, ministros, gentes de empresa, tipos de todo relumbre, que se apretujarán para manifestar que son fútbol.
El deporte del balón señala las preocupaciones, es guía para las conversaciones relevantes, doctrina para la enseñanza de los alevines de la raza humana, nuestra tribu. Los entrenadores nacionales y de los principales equipos nos darán instrucciones a todos, los mejores futbolistas, nos indicarán lo que debemos hacer para triunfar en la vida.
No desaprovechan tampoco los sacerdotes del fútbol, ninguna ocasión para hacerlo más fuerte.
Hace un par de días falleció Johan Cruyff, un neerlandés afincado en Barcelona, vinculado a este deporte desde la niñez. Rompiendo el cascarón de un origen humilde, ha sido considerado por los expertos en ese arte, el mejor jugador del balón-pié después de Pelé, otra figura mítica premuerta. En su despedida, se organizaron actos multitudinarios que convocaron a más cincuenta mil personas, según las crónicas. Hubo discursos, regados con lágrimas de cocodrilo, sentidos homenajes propios a costa del finado y claras explotaciones del dolor ajeno en beneficio del que vive su gracia. Devociones inquebrantables, ahora que el santo está ya muerto.
Pues bien. En este mismo mes de marzo de 2016, junto a miles de ciudadanos del mundo que no han podido realizar actuaciones relevantes para ser rescatados por unos instantes al menos de las garras del olvido, han fallecido también Enrique Loewe, Beatriz Ocaña, Antoni Asunción, Francisco García Salve, José Luis López Sangil, Javier Bustinduy, Miguel Rodríguez Ruis, Jaime Valdivieso de Cué, Santiago Foncillas, Diego de lso Santos, Domingo Goás, José María Blázquez Martínez,…
Me paro aquí en la enumeración, que no es exhaustiva, por supuesto, sino solo provocativa. Pocos de entre ellos han merecido siquiera un par de líneas en los obituarios. De ninguno me consta que su despedida haya concitado especiales emociones públicas. Dudo que, incluso los más renombrados de los citados, consigan que más de un par de decenas de ciudadanos españoles recuerden algo de su trayectoria..
Hace un par de meses (Jot Down, EP, diciembre 2015), Nacho Carretero, en un estupendo artículo sobre la descomposición de Yugoslavia, nos recordaba que los principales equipos de fútbol de las capitales locales de la República Federativa, representaban la confrontación existente entre nacionalismos internos, desde bastante antes de que empezara la guerra. El K Partizan y el Estrella Roja, ambos de Belgrado; el FK Sarajevo y el FK Zeljezniçar en Bosnia; el Hajduk Split y el Dinamo, de Zagreb, en Croacia.
El día 13 de octubre de 1990, iba a disputarse un partido entre el Dinamo y el Estrella Roja en Zagreb, que jamás se celebró, porque se organizó una batalla campal entre los hinchas de ambos, que duraría 70 minutos y causaría cien heridos; la patada del número 10 del Dinamo, Boban, a uno de los agentes serbios, se convertiría en símbolo. Allí empezó la guerra, en el Stadium.
Puedo poner muchos más ejemplos, más recientes, hablar de hooligans, de hinchas del Madrid o del Barça, del Atleti o del Coruña, de estadios de cualquier lugar del mundo, en donde los partidarios de un equipo y otro se lían a mamporros, navajazos, lanzamiento de sillas, bengalas y objetos. Puedo darle muchas más vueltas al tema, para reforzar un mensaje alarmante, en mi opinión.
Somos lo que quieren los que mandan sobre el fútbol, vemos lo que nos dejan ver. Hablamos con la información que nos proporcionan para hablar. Nadie parece preocupado.

Estoy completamente de acuerdo. Yo creo que es mismo desmadre que hubo con los gladiadores, leones y cristianos, pero sin sangre, o en menor cantidad. De cualquier manera si sirve para apantallar problemas…bienvenido…no los resuelve en nada pero los aparca …