El XVI Soneto a Orfeo (Segunda Parte) de Rainer Maria Rilke, termina con esta estrofa: «Uns wir nur das Lärmen angeboten./Und das Lamm erbittet seine Schelle/aus dem stilleren Instinkt./» (1)
Acumulo en mi mesita de noche varios libros que varío de tiempo en tiempo y que no leo de forma sistemática, sino más bien al azar, abriéndolos por una página intermedia y rememorando así, al revisar un capítulo, la novela, el ensayo o el poemario del que disfruté, seguramente, hace años.
Rilke es uno de mis poetas preferidos, porque sus poemas poseen una fuerza interior que se despliega a partir de las insinuaciones de un lenguaje cuidado, conciso, sugerente, aunque a primera vista y en la lectura inicial aparezca como tremendamente enigmático.
El terceto que me sirve de inspiración para el comentario de hoy, podía muy bien referirse a la situación por la que atravesamos. Oigo mucho ruido desde distintos lugares y esferas, protestas que encuentro, en no pocos casos, muy bien fundadas. Pitos, palmas, cánticos de gentes que se agolpan ante sedes de partidos, de empresas, de instituciones. Afectados por medidas, injusticias, engaños…
En los corderos, de natural silencioso, la opción de hacer ruido es, en realidad, poco utilizada. Balan para reclamar la atención de la madre, o cuando algo les asusta, o para que se les devuelva al redil al atardecer. Algunos, portando un cencerro, sirven de orientación al pastor para localizar el rebaño.
Fieles a su naturaleza cerril, pacen y engordan, se les trasquila cada temporada y, cuando el pastor encuentra que su tiempo ha llegado, se convierten para él o los mercados en carne apetitosa.
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(1) Mi traducción, fiel al sentido, es la siguiente: «A nosotros únicamente se nos brinda la opción de hacer ruido./Y, como el cordero, pedimos un cencerro/fieles a nuestro instinto dócil.»
Perdone el lector sabio la referencia cultista, pero no me puedo resistir a evocar, un par de días después de la estulta celebración del Día de los Enamorados, que los Sonetos a Orfeo del maestro Rilke son poemas de amor -de amor intelectual- a Wera Ouckama Knoop, fallecida prematuramente.

El cultismo es independiente de la producción escrita y yo, que escribo muy poco, también tengo un ramalazo cultista. A mi me gustaba Rilke de joven y conservo la edición bilingüe de Aguilar traducida por Jose Mª Valverde que compré en 1971. Pero ahora Rilke me resulta inexpugnable. No obstante tu cita me picó por lo que busqué el soneto XVI(2) a Orfeo y no entiendo la segunda derivada que le has sacado a la esquila del cordero porque este soneto habla de Dios y los muertos.
Hay un autor que es una mina de citas para esta cuestión del silencio de los corderos y no me refiero a Thomas Harris, autor de The silence of the lambs, cuya versión cinematográfica acaparó todos los oscars más apreciados. Me refiero a Martin Luther King. A King el silencio de los bondadosos le estremecía más que las estridencias de los perversos y estaparece repetidas veces en sus citas. He escogido una de su “Letter from Birmingham jail” de hace ahora 50 años: “We will have to repent in this generation not merely for the hateful words and actions of the bad people, but for the appalling silence of the good people.”
Pero es obvio que los pensamientos ayudan a pensar y en momentos de crisis no podemos hacer como los corderos por lo que la labor de los que os esforzais diariamente en criticar y proponer soluciones a los problemas nuestros de cada día es encomiable: «There comes a time when silence becomes betrayal» (King, 1967).
Tu comentario, Plácido, es muy interesante, y expresa tu tesis con consistencia. No tengo nada que añadir, ni sería procedente hacer puntualización alguna, porque estoy de acuerdo. Viene a reforzar, con atractivas citas, lo que yo exponía en mi entrada en el blog.
Dígalo Luther King o, en un plano obviamente mucho más modesto, yo mismo, la coincidencia en el objetivo es clara: estimular a los pacíficos, a los aborregados, a los inconscientes, para que asuman cuál será su destino en tanto que sumisos.
En lo que discrepo es en haber extraído una «segunda derivada» inventada de la estrofa del Soneto. Yo tengo, también, como tú, la versión de Aguilar. Pero considero mucho mejor la publicada por el Visor de Poesía, con traducción y magníficos comentarios de Otto Dörr (2002). Utilicé esa segunda revisión, en la que se da una interpretación cristiana del Soneto. Me atuve a esta explicación, y, con las licencias que me autoconcedí de mi conocimiento del idioma alemán y, sobre todo, en tanto que admirador de Rilke, me permití glosarlas.
Un abrazo,