A unos sesenta kilómetros de Lepe existe un guindo que la tradición identifica con aquel del que se cayó Juan José Crédulo, hace ya casi trescientos años.
Se sabe muy poco de la existencia de este personaje casi mitológico, al que muchos confunden con Simón El Estilita, sin tener en cuenta que este último vivió en el siglo V de la era cristiana, y pasó a la historia por haber resiitido más de treinta años subido a una columna que, por razones no bien explicadas, crecía con el tiempo, hasta alcanzar la altura de 18 metros.
El Estilita, además, no vivió en Lepe, sino en Aleppa, una ciudad que perteneció a la antigua Siria (hoy, Estados Unidos de Afro-Asia), y de esa columna, hasta principios del siglo XXI, se conservaba un trozo considerable, convertido en polvo microscópico después de un bombardeo con drones israelíes.
Comparado con estar subido a una columna en pleno desierto, estarlo sobre un guindo en una huerta, aunque nadie niega la incomodidad, es una diferencia importante.
Juan José Crédulo adquirió fama mundial por ser el último ser humano que se negó a bajar de su guindo, queriendo convencer al mundo con su actitud de que no era posible que todo lo que le habían dicho que era cierto resultara producto de falsedades, triquiñuelas, o mentiras.
En sus últimos años, la gente acudía desde lugares muy lejanos, para admirarse de su terquedad.
-No existe ningún antivirus informático que mantenga la privacidad de tus comunicaciones en la red telemática, -le decían, a gritos, desde abajo, mostrándole los efectos nefastos que habían provocado en muchos de los que habían creído en la invulnerabilidad de sus archivos y datos personales.
-Así que, bájate de una vez de ese guindo -le instaban.
Pero Crédulo seguía, erre que erre, defendiendo que era posible confiar en las promesas de las redes sociales de que sus datos se mantendrían rigurosamente cubiertos de la curiosidad de terceros no deseados.
Otras veces, grupos de ciudadanos, en los que no faltaban funcionarios, políticos y empresarios, se congregaban junto al guindo, conminándole a que bajara o se dejara caer, de una puñetera vez.
-Ya no queda nadie que crea que es posible conseguir un contrato sin sobornar a alguien, y los últimos guindos en los que estaban subidos quienes confiaban en el funcionamiento leal de las instituciones, son ya árboles sin otro interés que el de dar frutos para el marrasquino.
-No me convenceréis -gritaba, desde arriba, Juan José Crédulo, agarrándose a las ramas, para no caer ante los meneos que le prodigaban a su árbol desde abajo-. No es posible que nos hayan mentido tantas buenas gentes que nos hablaron de su lucha contra la corrupción, ni que sean papel mojado tantos códigos deontológicos y manuales de buena conducta corporativa.
Crédulo era dado por imposible, y se convirtió en objeto/sujeto turístico, como los toros de Guisando, el brazo incorrupto de Santa Teresa o las ruinas de la colegiata de Cornellana (Asturias), por poner unos pocos ejemplos, elegidos al azar.
Pero la tradición cuenta que un día no especificado, se cayó del guindo. No se sabe si fue por haberse enterado de las razones de la existencia de las religiones, el motivo central de las guerras, o la fórmula de la Coca Cola, pero se cayó. Y se rompió la cabeza.
Desde entonces, agrandada con el paso de los años y los siglos, su memoria fue preservada como el último cabezón, el empecinado más recalcitrante en su empecinamiento, el confiado más crédulo que existió jamás.
FIN
s una ventaja importante. No conozco a ningún estagilita,
