Mi vida está ligada por múltiples momentos al hotel de la Reconquista, como supongo sucede también a otros muchos ciudadanos de Oviedo. Porque para los ovetenses, este hotel, más que un lugar de hospedaje, es punto de encuentro, plataforma y emblema de la ciudad.
Cuando era niño, allí recalábamos bastantes domingos unos cuantos compañeros de clase, como una actuación más de la Acción Católica de nuestro colegio (el Auseva), para disputar un partido de fútbol con los que estaban internos allí y convivir con ellos durante unas horas, repasando lecciones. Porque entonces aquel majestuoso edificio era un Hospicio y albergaba a huérfanos sin recursos.
Perdíamos casi siempre al balón y lo que es más gracioso, los huéspedes hospicianos creían que nos dejábamos perder. Pero ganamos amigos y, sobre todo, seguro que nos ayudó a entender mejor la sociedad en la que nos estábamos educando para, cuando fuéramos adultos, hacerla más abierta y, por lo tanto, mejor.
Después, al convertirse el edificio en Hotel, allá por 1973, sus salones sirvieron de acogida a muchos de los acontecimientos que se organizaron en la ciudad. Unos más importantes y conocidos que otros, desde luego. En alguna de las Convenciones y Congresos que se celebraron en él participé, como asistente e incluso fui ponente.
Su cafetería fue soporte de tertulias literarias que organizábamos unos jóvenes ilusionados, entre otras cosas, en llegar algún día a escribir ese relato o ese poema que nos hiciera famosos.
Cuando me trasladé al extranjero, cada vez que volvía a la ciudad donde nací, no dudaba en hospedarme en él, y así pude disfrutar del lujo cómodo de sus habitaciones y conocer su excelente servicio, discreto y diligente. No era raro, a la hora del desayuno, coincidir con algún personaje, mezclados ilustres huéspedes con seres anónimos que nos sentíamos, por un momento, también imprescindibles para entender lo que estaba pasando.
Desde que se jubiló, mi padre acostumbraba a sentarse casi todas las tardes en uno de los sofás del amplio salón de la entrada, cerca del piano, mientras disfrutaba, casi invariablemente, de un vermú con aceitunas. “Es la mejor cafetería de la ciudad”, justificaba.
No era el único, por supuesto, que disfrutaba del placer de saberse socio honorario de aquel espacio privilegiado. Allí se reunía con asiduidad con otros amigos, todos ellos profesionales de mérito, a los que la experiencia vital permitía seleccionar sin equivocación los lugares en los que merece la pena pasar mejor el tiempo que compartimos con los que queremos y/o nos apetece estar.
Yo lo entendía muy bien, porque aquellos pasillos, desde la imponente entrada, la contemplación de los magníficos cuadros de las paredes, caminar sobre las tupidas alfombras que absorbían en calma las pisadas, dejarse seducir por el juego de contraluces y el arrullo de las reposadas conversaciones, te trasladaban al misterio de otra época, al que acumulabas tu propia forma de sentirlo.
Habíamos vivido siempre muy cerca de allí, y aquel escenario y aquellos momentos habían pasado a formar parte de nuestro paisaje.
Una tarde, aún residente con mi mujer y mis hijos en Alemania, y estando pasando unos días de vacaciones en mi ciudad, le confié a mi padre mis dos hijos –el mayor, con apenas siete años; el otro, cercano a los cuatro-. Los tres disfrutaban con aquellos momentos, que mi padre sabía convertir en experiencias inolvidables para los niños, aumentando la confianza en sí mismos.
Cuando pasé a recogerlos –“Estaremos en el Hotel”, me había dicho- me encontré a los dos pequeños tocando el piano a cuatro manos del salón, interpretando la única pieza que sabían por entonces. “Para Elisa”, de Beethoven.
Cuando terminaron, los presentes, rompieron a aplaudir, complacidos con aquella exhibición. Mi padre no cabía en sí de orgullo. “Son unos virtuosos”, -diagnosticó, para quien quiso oírle.
Me los llevé de allí de inmediato, alegando que teníamos prisa porque debíamos despedirnos de los otros abuelos, ya que al día siguiente teníamos que volver a Düsseldorf. “Pero no os vayáis todavía. Déjalos que toquen alguna otra cosa. Todos estamos encantados con el concierto.”
Cada vez que vuelvo al Hotel, miro el piano, frecuentemente mudo, que permanece, como hace años, en un lateral de la espaciosa estancia, uno de los antiguos patios donde jugué al fútbol. Los vuelvo a ver y oír, en mi imaginación, a los tres. Y escucho a mi padre comentar, mientras nos íbamos:
-¡Mis nietos lo recordarán toda su vida! ¡Haber tocado en el centro de Oviedo, una ciudad en donde hay una gran afición filarmónica!
Estaba sentado en este mismo sofá, en este donde tengo apoyado el ordenador con que esto escribo.
