Decimos en Asturias, cuando alguien está tratando de hacer valer su opinión sobre las de otros, sin atender a las razones que se le exponen, que está espatuxando. Es decir, chapotea en el charco del decir, embarulla, distorsiona.
Uno de los temas que, por su naturaleza, resultan más adecuados para espatuxar es el del agua. Como todos bebemos de ese líquido varias veces al día y no hay nada más acogedor y relajante que un paisaje con ella, nos sentimos animados, cuando se nos presenta ocasión, para opinar con autoridad sobre el tema.
Agua para todos, derecho al agua, muertes por insuficiencia o falta de calidad del recurso, depuración de aguas usadas, control de regantes, negocios en torno a la gestión del asunto, etc., son algunos de los tópicos que garantizan un ferviente debate cada vez que alguna entidad abre la caja de pandora.
Asistí hoy, como muchas otras veces (mi voluntad de estar atento a lo que dicen los demás espero que no se agote mientras viva), a uno de esos diálogos en torno al agua, que, en realidad, se constituyen en pluri-monólogos que vienen a demostrar que es muy difícil ponerse de acuerdo cuando los que tienen alguna información se aferran a su conocimiento parcial del tema, y no se preocupan en liberarlo de errores de información o apriorismos ideológicos.
En torno al agua no me duelen prendas ni quiero aparentar modestia impropia, si me postulo como uno de los técnicos españoles que tienen más experiencia práctica sobre el agua, habiendo ocupado responsabilidades en la empresa pública como en la privada, en la gestión nacional como en la internacional; he podido también aportar mi formación jurídica y financiera en distintos proyectos.
Pues bien: cuando oigo, especialmente en foros españoles, hablar a los entendidos sobre lo que hay que hacer con el agua, sobre la bondad o maldad de los planes hídricos (en los que no han participado, claro), sobre la conciencia ciudadana (de los demás), el precio justo que ha de darse al líquido (sin haber tenido que cobrar por él para organizar el servicio) , la reglamentación local o mundial que correspondería implementar (con mensajes hacia un ente incorpóreo), etc., etc., me he acostumbrado a callar.
Mientras se esté en la fase de espatuxar, lo mejor es mantenerse alejado para evitar las salpicaduras. Llevamos así, si no calculo mal, en esa tarea de chapotear en los charcos, más de treinta años, que yo sepa y seguro que los más viejos del lugar aún son capaces de ponerle un horizonte más lejano.
(seguirá)
