Cada siete de julio, desde hace sesenta y siete, es mi cumpleaños. Tengo datos de mi mismidad correspondientes al nacimiento y al primer año, documentados, gracias a un librito de tela, algo perjudicado por el paso del tiempo, y con conspicuas manchas de grasa, en el que, bajo el título «Infancia del bebé», impreso en la guarda con letra bastardilla, mi madre recogió información irrelevante para criterios ajenos.
Confieso que, para mí, ese librito tiene un valor incalculable. Ante todo, porque refleja lo que mi madre -fallecida muy joven, pero después de haber puesto en este mundo a siete hijos que, gracias seguro a su intervención en las alturas, nos mantenemos sanos y en muy buena sintonía- esperaba de mí. Fui un niño del percentil 100 según baremos de estas fechas, aunque desconozco si mantendría la misma calificación, juzgado con criterios de 1948. Pesé 5kg 200 al nacer y medí casi 60 cm. Parece ser que estaba condenado a tener diabetes a causa del sobrepeso, según la erudición médica más moderna (por fortuna para quien esto acredita, incumplidos).
Escribe mi madre, atribuyéndome la autoría, con una licencia literaria que me encanta: «Creo que era un niño muy guapo, con una carita redonda y unos ojos grandes, de color aún indefinido y una naricita respingona, que según mamá, me daba cierta gracia». Por supuesto, en nada me parezco hoy a aquella descripción surgida del amor materno, repleta de benevolencia. Unos meses más tarde, sin embargo, se incorpora algo más de objetividad, pues la narración de mis cualidades infantiles prosigue de este tenor: «Soy ahora a los cuatro meses un niño bastante guapo. Mi único defecto es que tengo las orejas un poco hacia adelante y…bueno…también soy muy tragón, y me empapizo alguna vez.»
No quiero cansar con detalles que carecen de interés, pero tengo registrado cuando tomé la primera papilla («harina de trigo Artiach»), el momento en que supe decir «adiós» o «papá, mamá, Tita» y «hacer como el burro», la aparición de mi primer diente, mis comienzos del andar a gatas, etc. etc.
Mi historia infantil documentada se interrumpe al año justo, con el nacimiento de mi hermana Maru, al que siguieron otros cinco.
Pero puedo decir: «Has tenido un Feliz primer cumpleaños, Angel. Y, desde esta última etapa de la vida -que espero sea suficientemente larga y no muy dolorosa-, dejo testimoniado que, aunque me falte un biógrafo y mucho menos, tan cariñoso como mi madre. he sido, en efecto, un hombre feliz».
Gracias a los que habéis contribuido a ello,
