No cabría esperar que la joven clase política española brillase a gran altura, porque no tuvo muchas ocasiones de aprender el comportamiento que se espera de un político de raza, y demasiados de los modelos que pudieron haber tenido se nos han ido por la vergüenza del desaguadero de la corrupción, cuando no por el egoísmo que les hizo atravesar sin remordimientos las puertas giratorias que los condujeron, de nuevo, al poder, -esta vez más seguro, por ser el económico.
De los ejemplares más vistosos que han conseguido salir en los últimos tiempos a la palestra mediática desde las Facultades de Política y Sociología, y por muy laureados que hayan sido con matrículas, solo cabe deducir que el mundo real no se enseña en las aulas como es, sino que solo se presenta en caricatura o en fichas preparadas para examen tipo test. Algo parecido podría decirse, para no caer en ningún desdoro, de los egresados de los demás centros de formación académica, ya vengan del Derecho, la Historia del Arte como de la Tecnología o, si hubiera alguno, de las antes llamadas Ciencias Puras.
Sea como fuere, esos son los mimbres, y con la juventud de los líderes de los partidos que suenan para gobernarnos, debemos contar. Diciendo, además, que la juventud es buena cosa, porque aporta frescura, fuerza, capacidad de innovación y deseo de romper moldes obsoletos, que es lo que corresponde afirmar para ocultar la pereza de afrontar un cambio en la gestión del Estado sin que conste un Programa explícito de gobierno previo.
No están, sin embargo, ni en la juventud ni en la inexperiencia, las incógnitas del problema que tiene que resolver España. Del no saber, se sale, y la escuela de la vida es un aprendizaje imprescindible para rebajar los humos de la pedantería que pudiera albergar cualquier petulante salido de los hornos de la formación reglada.
El problema está, en mi opinión, en querer implantar lo aprendido -con más o menos alfileres- en las aulas, pretendiendo tener en ello la clave para solucionar las dificultades reales -paro, reactivación económica, sostenimiento de prestaciones sociales, etc.- aplicando reglas de tres al cuarto, sin contar con todos los agentes sociales y económicos, y no solo con el aliento fervoroso del grupo de los que aplauden detrás.
Una consecuencia del no saber, y tener el foco mediático sobre la cabeza, es que los que se encuentran en la escena se ven forzados a emitir opiniones sobre lo que no saben y, o se es muy hábil para enmascarar el desconocimiento repitiendo cuatro ideas baladíes, o se cae fácilmente en el descrédito y hasta el ridículo. Si el asunto es fácil de tratar y sirve a la polémica, por el contrario, todos los que quieren cancha se aprietan en ella en el deseo de ocuparla de inmediato, para darnos su opinión y criticar la del contrario político, lo que hace que cualquier asunto baladí se convierta en lo más importante que tuviéramos entre manos.
Esto sucedió, por ejemplo, con el tratamiento del desgraciado incidente de un par de titiriteros que, desconociendo que lo que puede hacer gracia en un grupito de adictos a la farsa destructiva, puede hacer daño, incluso físico, a muchos que no tienen por qué soportarlo, organizó un espectáculo soez que se dijo para niños pagado con dinero público, dentro de los festejos previstos para el Carnaval de Madrid de 2016. Los dos sujetos han sido conducidos a la cárcel por un juez de guardia en exceso justiciero, y hemos visto las caras habituales -gentes de partido- pontificando sobre el asunto. Que no hubiera merecido ni un par de líneas y, por economía procesal, no otra cosa que un buen tirón de orejas.
Por contra, el tiempo pasa y las dificultades para acordar un Programa de Gobierno que garantice suficientes apoyos para que el candidato a Presidente obtenga la mayoría absoluta de la Cámara o, al menos, en segunda convocatoria, una mayoría simple, no se resuelven.
Analizadas las circunstancias del país, somos ya unos cuantos los que opinamos que lo mejor que puede sucedernos ahora colectivamente es un acuerdo de Gobierno entre PSOE y Ciudadanos, que lleve a la Presidencia de Gobierno a Sánchez, contando con la abstención del PP, y que se organicen con ministros nombrados por ambos partidos. Porque a Podemos y a las demás fuerzas de izquierda les vendrá bien el madurar en la oposición (y al país, también que lo hagan), y el PP, renovado si es caso con nuevos mimbres, podría actuar con apoyos puntuales a ese Gobierno.
Porque, lector, amigo, la reactivación económica e industrial y, en especial, la del empleo, no descansa en posiciones voluntaristas, ni en visiones iluminadas por un mesianismo sin sitio en el mundo de intereses actual, en el que cualquier Gobierno de un país desarrollado tiene que jugar sus cartas, contando con las de los demás, y no todas puestas de manifiesto sobre la mesa de negociaciones.
Lo que no tiene sentido es armar un teatrillo de titiriteros en una plazuela de feria carnavalesca y creernos que allí vamos a encontrar la solución, mediante una farsa reída por algunos, al problema común que nos atañe.
