En el negocio bursátil (ese juego para adultos en el que aún no he conocido a nadie capaz de asesorarme con solvencia y no con palabrería) existe la figura clave de los cuidadores del valor. Son expertos en proporcionar noticias sobre contrataciones reales o en perspectiva, comentarios de coyuntura, juicios sobre mercados y competencias, aderezado con avances de cuentas de resultados y apoyado con dineros contantes y sonantes en los momentos oportunos.
Este despliegue de saber hacer, con efectos sobre la cotización de una acción y con el menor coste posible, tiene como destinatario al ahorrador particular, pero cuenta con la mediación (no necesariamente desinteresada) del experto en analizar curvas de fundamentales, topes de resistencia al alza o a la baja, volúmenes de contratación y su fino olfato de asesor de terceros sin poner precio a su propia cabeza.
Pues bien, en el escenario político español, los expertos en analizar el caos de la polis, coinciden en cacarear que toca ahora apostar por el valor del PSOE de Pedro Sánchez, (hay varios, como el lector sabe), encaramado a las labores y tejemanejes del Gobierno, y, en correspondencia, se airean consejos para vender acciones, confianzas, apuestas de futuro, de todos los demás grupos políticos, o, en el más benévolo de los casos, tenerse ojo avizor sobre su evolución inmediata.
Dé por perdido, oímos lo invertido en el PP, víctima de una burbuja explotada por la corrupción sobrecalentada y sin capacidad de reacción debido a la concentración excesiva en el sector de la autocomplacencia. Cierto que existen importantes activos inmobiliarios y personales que podrán aprovecharse, aunque en este momento lo que procede es ver quién es el nuevo equipo gestor de los valores de la derecha tradicional tras la debacle.
Si ya lo tiene en su cartera ideológica, mantenga, aunque consciente del riesgo que asume, las acciones que haya destinado a Unidos Podemos, devaluadas en este momento por la pérdida de credibilidad de sus otrora mediáticos líderes. Consideradas inicialmente como «chicharros» -denominación despectiva para aquellos valores que fluctúan en exceso, sometidos a vaivenes especulativos-, no se descarta una recuperación rápida si volvieran a entrar en el parqué las inversiones de los fondos antisistema que potencian las revueltas callejeras y la apuesta, por los que saben poco de la economía real y quieren ver en las tecnologías de ficción socioeconómica, la solución a sus necesidades que es el punto fuerte del valor.
Dentro de este panorama, en el que los partidos nacionalistas y, en especial, los anticonstitucionalistas, no cumplen otra función que la de enmerdar el parqué para su propio beneficio, jugando de farol con los intereses legítimos de la mayoría y despreciando las reglas según les convenga, destaca, en mi opinión, una anomalía.
Vencido y derrotado el ejército de la derecha tradicional, cerrada la puerta con un golpe en las narices a la izquierda montana, el ascenso a los cielos de la facción de Pedro Sánchez por mor de una carambola y un equipo de figuras del santoral, sorprende la casi total unanimidad de representantes de los demás partidos, informadores, analistas y amigos del tertulianeo de café, en utilizar a Ciudadanos como trasunto del muchacho al que toca vapulear en los recreos. Suele ser, ¿recuerdan? ese chaval de gafas, negado para la gimnasia, militante entre los mejores de la clase, que levantaba la mano cuando el maestro hacía una pregunta y salía voluntario cuando se solicitaba desde la tarima una colaboración.
Sí, también era al que, cuando la autoridad tenía que ausentarse por cualquier necesidad, ésta le encargaba de apuntar en la pizarra a todos aquellos que no guardasen la compostura.
No quisiera confundir deseo con factibilidad, pero si me preguntan qué valor político es al que concedo mejor evolución futura, les contesto sin dudar: Ciudadanos. Cómprenlo ahora que está bajo. Por los fundamentales.

