No espero que mis conjeturas alcancen la fama ni la relevancia de la Conjetura de Goldbach que, como es sabido (por matemáticos y aficionados al arte de discurrir entre números) supuso que cualquier número par distinto de dos puede ser descompuesto en la suma de dos números primos. Aunque de cuando en cuando surge un estudioso que pretende haber descubierto la llave para transformar la Conjetura goldbachiana en un teorema demostrado, el reto, si no estoy mal informado, subsiste.
Con mayor relevancia práctica que la Conjetura matemática, e igualmente no resuelta, se encuentra la necesidad de crear empleo suficiente, en el escenario de una masiva aplicación de las tecnologías que integren informática, comunicaciones y robótica. Cuando a esta previsible generalización del uso de las Tics y sus derivadas, se una la eliminación de aquellos tipos de fabricación que se consideren contaminantes, peligrosos o simplemente estéticamente desagradables, nos encontraremos en nuestro país (que es el que más me interesa, y perdón por el censurable chovinismo) con la incapacidad de cubrir de manera dramática las expectativas de empleabilidad de las que dependen los ingresos para asistencia social, y, por supuesto, la renta de las familias.
La tranquilidad con la que la sociedad, los informadores y la política, elude tratar la conjetura, me asombra. La atribuyo a una combinación de dejación e ignorancia. La trayectoria estadística de los datos de pérdida de empleos y crecimiento de dependientes resulta inequívoca.
Hay, cierto, más empleos de calidad y alta exigencia tecnológica, pero crece el número de jubilados y la distribución de puestos laborales en la gama de cualificaciones media y baja está plagada de inseguridades, en cuanto a su sostenimiento y remuneración. Apelar a la flexibilidad y formación continua de todos los individuos es una entelequia, y una falsedad si con ello se pretende garantizar que se cubrirán las necesidades familiares de remuneración.
No veo que la resolución de esa conjetura provenga del resultado de las elecciones del 28 de abril de 2019, en las que los españoles estamos llamados a decidir entre los partidos de un bloque mal amalgamado de la presunta derecha y el bloque sin argamasa de la pretendida izquierda. Sea cual sea el resultado, la indefinición persistirá.
Los lideres de todas las facciones parecen más preocupados en colocar en sus listas a gentes de la llamada sociedad civil, sin experiencia de gestión política y sin otro programa visible que ponerse a caldo unos y otros, incluso dentro de las genéricas tendencias conservadora o progresista, si es que tal diferencia teórica puede detectarse en el guirigay de intereses de partido.
Mientras subsista la validez de mi conjetura (esto es, que no exista una propuesta concreta, creíble y con proyección de futuro) de creación de empleo y riqueza en este país), me temo que voy a preferir votar en blanco el 28 de abril.
Porque la enemistad irrecuperable entre Sanchez y Ribera, las luchas intestinas entre facciones del PSOE y del PP, los embarazos en el seno de Unidas Podemos, los exabruptos de Rufián y Torra o los desvíos delictuales no resueltos de los Pujol, Mas, Villarejo, y un largo etcétera de personajes y personajillos de las cloacas del Estado, me importan, sí, pero estoy en mi derecho de que me importen un pimiento.
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Una curruca capirotada macho (Sylvia melanocephala) mira a la Cámara, curiosa. Se la distingue por el sombrero que cubre hasta el ojo, de conspicuo color rojo característico. Este ave vive en la isleta de Dragonera, en Mallorca, cerca de la población de Sant Elm, en donde se toma el barco hasta ella. Por cierto, el guarda de la isla, Emili Colom, es un magnífico fotógrafo de la avifauna mallorquina y, mientras esperaba la vuelta, estuvimos hablando de nuestra afición común y me enseñó, con lógico orgullo, varios cientos defotos que guardaba en su iPad.
La curruca capirotada se llama en mallorquín busqueret de cap negre

