La expresión ser o no demócrata se ha convertido en un arma arrojadiza, por la que descalificar a un contrario o afirmar la calidad del propio pensamiento. Todos queremos aparecer como liberales y tolerantes, en un juicio para el que no admitimos contradicción.
Opino, sin embargo, que tenemos adulterado el concepto o, por lo menos, el significado, de lo que debe ser la democracia. Porque la clave de ser demócrata, para un dirigente político, residiría en su capacidad para captar y defender el interés más general. Y como nos encontramos en un país terriblemente dividido, en el que hemos perdido la capacidad para encontrar puntos de coincidencia en lo sustancial, me temo que en demasiados aspectos no es posible detectar cómo y cuándo un responsable de la gestión pública está actuando democráticamente, es decir, en conexión con el mandato de la mayoría.
Hay un ejemplo espeluznante de cómo en un sector de la propia sociedad española se han adulterado los objetivos de democracia, justicia y libertad. Pienso, en efecto, en ese conjunto de ciudadanos, fundamentalmente residentes en Cataluña, que han llegado al convencimiento de que la democracia es dar cumplimiento a lo que ellos desean para su propio y exclusivo beneficio, hacer justicia es adulterar las leyes para conseguir que se exonere de culpa y responsabilidad a quienes les apetezca, sustrayéndolos a cualquier otra autoridad jurídica y, en fin, que la única libertad tolerable y digna de aprecio debe garantizar el sometimiento a la propia voluntad, despreciando de manera frontal los criterios y raciocinios con los que no estén de acuerdo.
Pero no me detengo ahí. Hoy, cualquiera de los líderes políticos españoles tiene muy difícil garantizar que actuará democráticamente, porque la voluntad del pueblo español está excepcionalmente dividida en los asuntos sustanciales. Al no existir expresión mayoritaria, no puede decirse que el pueblo tenga una opinión que canalizar a través de sus representantes.
En consecuencia, los elegidos en las urnas no representan más que facciones minoritarias, tienen visiones parciales de la sociedad y, por grande y honesta que pudiera ser su voluntad de actuar democráticamente, solo podrán hacerlo de manera intuitiva y, además, adulterando el mandato específico que le hubiera hecho sus votantes, de acuerdo con un programa que no consiguió alcanzar el apoyo mayoritario.
Me parece muy grave que no tengamos opciones de acuerdo mayoritario por no decir unánime, en asuntos tan serios como el modelo definitivo de Estado, las acciones imprescindibles para impulsar de verdad el desarrollo económico, la revisión de la gestión de la educación (básica, profesional o universitaria), la recentralización del desbarajuste autonómico, la garantía de la igualdad en la sanidad y, en general, en el modelo asistencial, la homogeneidad en las tasas e impuestos independientemente de la ubicación del obligado fiscal, definir una política de Defensa y Estrategia propias y coherentes, atender a la imprescindible reducción de la terrible y dispar complejidad de las legislaciones y reglamentos según regiones (en cuestiones ambientales, sociales, sancionadoras), procurar el aprovechamiento pleno de los recursos naturales, precisar un modelo energético meditado, sostenible económicamente y técnicamente realizable, definir el óptimo aprovechamiento agrario en relación con la naturaleza de los terrenos, las disponibilidades hídricas y la valoración de los mercados, cuantificar de una vez el modelo hidrológico, incorporando los riesgos de sequía e inundaciones y el uso eficiente del recurso agua,…
En este desordenado panorama, se entiende como natural la aberración que los políticos busquen solo el mantenimiento de sus puestos, en general, falsamente representativos, atentos solo a alinearse con los cabezas de fila de los partidos, cuyo lenguaje es mitinero y con intenciones de alcanzar proyección mediática, pero vacíos de contenido eficaz para captar el apoyo de la inmensa mayoría. Es cierto que «fuera de la política hace mucho frío», expresión que recoge el temor de los que arriesgan ser eliminados de las listas en las diferentes circunscripciones.
Sorprende también que se pretenda captar el voto incorporando a personas que carecen de anterior proyección social o política, de las que se desconoce cuál es su visión de lo que llevarán al Parlamento o al Senado si resultasen elegidas. ¿Ex militares en la política? ¿Jueces en excedencia incrustados en las listas? ¿Astronautas? ¿Actores? ¿Empresarios con cierto éxito en su sector? ¿Futbolistas, entrenadores de disciplinas deportivas? ¿Combinaciones imaginativas de ciudadanos tendentes a demostrar, no sus capacidades personales, sino la diversidad de sus orígenes, situaciones físicas o familiares?
Para recuperar la democracia, habrá que replantearse a quienes representan los diferentes partidos en estos momentos en liza política, y por qué han llegado a esa situación. No es casual, supongo, que todos los cabezas de partido, en encuestas de opinión entre posibles votantes, no alcancen siquiera el aprobado. El país está inmerso en la mediocridad, se presenta como apático pero dispuesto a movilizar su crispación con cualquier motivo, y, sobre todo, se encuentra falto de ideas, que es tanto como decir, a riesgo de sufrir una opa hostil de su esperanza.
El cormorán es ave de gran voracidad, combinada con una excelente capacidad piscatoria. Es un espectáculo verle sumergirse en las aguas tranquilas o agitadas y, luego de unos minutos de inmersión, aparecer en superficie con un pez en el pico. Parecería imposible que pudiera engullirlo.
Solo que, después de varios movimientos precisos, destinados a darle vueltas para encontrar la posición precisa, asistiremos al momento en que, ya sea el pez grande o pequeño, es deglutido entero, tal vez aún agitándose, vivo.

