Los dictadores alcanzan el poder por levantamiento militar y perduran en su ejercicio despótico hasta que otra asonada los destituye. Puede que creen una dinastía si la mayoría de la población está asustada, desencantada, desinformada o adormecida, generando incluso de este modo espurio, con el tiempo, una utópica senda hacia la democracia secuestrada.
No pretendo sistematizar acerca de las dictaduras, que historiadores con paciencia y medios han glosado muy satisfactoriamente. Lo que me resulta de dramático interés es que tanto acertado diagnóstico no ha servido para atajar el camino a dictadores, ni para movilizar la opinión pública mundial (caso de que la ética universal no sea una entelequia) para que el pueblo secuestrado recupere las riendas de su destino.
Porque los dictadores y sus validos y beneficiados sueñan con que la muerte les llegue de avanzada vejez y en la cama, con las alforjas repletas de productos de su latrocinio.
En el grupo de fieles, es imprescindible (para el dictador) que figure una mayoría de uniformados con sujeción a sus Mandisa, a los que se premiará la lealtad con buenos trozos del pastel; previamente, en la etapa de la “liberación del pueblo” se habrá asesinado encarcelado o mandado a buen recaudo a cualquiera que haya manifestado la menor oposición al levantamiento armado.
Nicolás Maduro, presidente sátrapa del hermano país venezolano, ha heredado el cetro de un levantisco, Chaves, que desbarató con la espada y el apoyo de la tropa y la mayoría de la suboficialidad, la precedente farsa de la alternancia en el poder de la élite venezolana. No tiene su carisma, aunque sí su labia de trilero. Lo anterior no era democracia -juzgada con ojos de la pureza europea-, pero se parecía.
Les fue bien a Chaves y a su hijo putativo a Maduro mientras el precio del petróleo se mantuvo a niveles de gran rentabilidad y la corrupción no alcanzó a los niveles bajos de la camarilla de seguidores y adeptos. Aislada del mundo, como sucedió (y sucede) en Cuba, Nicaragua, Ecuador o Bolivia, la población desinformada se cree que la culpa de todos los males la tiene el imperialismo, esto es, los Estados Unidos de Norteamérica.
La resistencia del chavismo-madurismo a ser despojado del poder por la Asamblea Nacional y, bajo el mando transitorio de Juan Guaidó, abrir nuevas esperanzas al país convocando elecciones libres, era normal. Las dictaduras no son vencidas con buena voluntad. Pero tampoco pueden ser sustituidas por un apoyo militar foráneo, que coloque en el poder a una alternativa. Tal intervención, contraria a la libertad de los pueblos, no legitima al líder impuesto, sino que lo desvirtúa.
El pueblo venezolano tiene que avanzar rápida y sólidamente en manifestar un clamor de rechazo hacia Maduro. La destruccion del régimen tiene que proceder del miedo del dictador hacia la población que antes le apoyaba. Doy por supuesto que la mayor parte de los que aplaudieron en su momento a Chaves y los aires de cambio que preconizaba están desengañados. Pero no basta.
Las masas (de cualquier población) tienen aversión al cambio, a cualquier cambio y teme manifestarse contra el poder. Vencer ese respeto, ese temor a que la alternativa no cuaje es, no ya obligación programática de Guaidó y quienes le apoyan desde los brotes de la resistencja a Maduro, sino una necesidad para que la controversia ciudadana no degenere en un conflicto civil de grandes proporciones.
Y, al enemigo que huye, puente de plata.

