Volviendo de buscar hallar reposo
alejado del ruido y de la gente
por tratar de librarme del acoso
que me produce el carajal vigente,
me encontré con un viejo que, gozoso,
sentado a buen resguardo del relente
fumaba en su cachimba algo oloroso,
con tranquilo semblante muy patente.
«Buenas tardes, anciano, ¿qué se siente
para tener aspecto tan dichoso
a pesar de los males del presente?»
Atusando su bigote ya canoso,
el hombre contestó, mostrando un diente:
«Según me venga el aire, escupo o toso».
(@angelmanuelarias, «Sea por instinto» Opus 51, 2019)
Nota al pie: Está ya terminada la impresión de mi libro de Sonetos desde el Hospital, que ofrezco a la venta por diez euros (más gastos de envío por correo, en su caso). El ejemplo, junto a los más de 130 sonetos, tiene también 12 láminas a todo color, reproducción de otros tantos de mis dibujos.
Si os parece, ayudadme a difundir esta noticia literaria, que afronto con ilusión y riesgo (asumible) económico. También agradezco que me indiquéis si tenéis relación con Ateneo, Círculo literario o Foro poético regionales en donde se me da la oportunidad de ofrecer un recital, y comentar de paso algunas de mis razones poéticas.
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El fotografiado esta vez es un críalo (clamator glandarius), sorprendido a las orillas del río Tajo, oculto entre el ramaje de uno de los álamos de la orilla. Perteneciente al orden de los cuculiformes, junto al cuco, esta curiosa ave, difícil de sorprender, se comporta igual que su compañero de orden, aunque dicen los expertos en ornitología que actúa de forma más benigna. Esto es así, porque el críalo, como el cuco, aprovecha la ausencia de sus nidos de la pareja de córvidos (típicamente, urracas) a las que va a depredar, para colocar su huevo entre los de la nidada que están empollando.
Pero, a diferencia del retoño del cuco, que, provisto de poderosas espaldas desde su nacimiento, elimina del nido a todos los polluelos de la especie hospedante, éste suele perdonar a algunos la vida, dándose el caso curioso en la naturaleza de que es alimentado, sin que los padres adoptivos reparen en la desproporción de tamaños y las diferencias genéticas, junto a sus falsos hermanos de nidada supervivientes.
Ayer volví a la zona, y pude fotografíar, en su huída, a un inmaduro de esta curiosa especie, imagen que ofreceré a los seguidores de esta historia paralela para aficionados a la observación de aves en mi próximo comentario.

