
Cuando contamos lo que nos sucedió, lo normal es que nos presentemos con los colores del triunfo, Solo los cómicos profesionales suelen imaginar historietas en las que aparecen como perdedores. La exposición personal a la irrisión es fuente segura de risas entre los asistentes al espectáculo.
Los técnicos de los departamentos de metalurgia en la vieja Ensidesa éramos llamados como refuerzo de los comerciales cuando había que responder a una reclamación de entidad. Por aquel entonces, yo me encargaba de la investigación de laminados en caliente, y andábamos ocupados en encontrar la mejora de las características mecánicas de las bobinas y chapas gruesas, añadiendo pequeñas dosis de microaleantes.
Sucedió que una empresa italiana, Maraldi, a la que se había vendido un lote importante de bobina laminada en caliente, reclamaba que los tubos se abrían por el cordón de soldadura, y exigía la retirada de la remesa o una fuerte indemnización. Allá que nos fuimos un grupo de heroicos defensores de la calidad de nuestra siderúrgica, dispuestos a batirnos el cobre como correspondía.
No me pregunte nadie por qué, antes o después de recalar en Ravena, hicimos escala técnica en París, en donde se nos reunió un importante director comercial de Pemex, que figuraba como destinatario final de aquellos tubos. Y tampoco contestaré si hay alguna pregunta acerca de porqué fuimos todos, directivos y este nindungui que redacta estas notas, a Pigalle, a ver ese espectáculo que puso de moda Toulouse-Lautrec, en Le Moulin Rouge.
La noche avanzó un tanto, y cuando ya no había más razones para estar en el sitio, cogimos un taxi para volver al hotel. Los expedicionarios, nos apretujamos en el vehículo y yo, que siempre presumí de saber idiomas, indiqué al conductor a dónde íbamos: «A l´Hotel Crillon, s´il vous plaît». El tipo resultó ser un pied noir de pura cepa, con un concepto mejorable de los parisinos en general, y yo, que estaba sentado en el asiento de al lado del conductor, hilvané una larga conversación en la que repasé toda nuestra guerra de la Independencia.
Llegamos, pagué la carrera, y descendimos todos. Nuestro Hotel Crillon parecía haber disminuído como Alicia en el País de las Maravillas. Había un cartel pequeñito, con el nombre, sí, pero nada nos recordaba la magnificencia de aquel fastuoso hotel, en el que, dada la hora, no habría tiempo más que para tomar una ducha helada y el desayuno bufé.
«¡Nos ha tomado el pelo, tu argelino del c…!» , me espetó uno de mis jefes, mientras yo me acerqué a la puerta. Debajo del nombre del Hotel había otro letrero en el que podía leerse: «Entrée du personnel». Sin perder la formación, corridos y congelados por el frío de la mañana, dimos la vuelta a la manzana hasta encontrar la puerta principal, donde un uniformado disfrazado de capitán general nos saludó con «Bon jour, messieurs les clients». «En media hora, abajo, cambiados de traje y duchados, para desayunar», ordenó un jefe. «Y no se hable más «.
Hasta hoy. Bueno, no exactamente. En mi novela «Un mensaje para Elías», me refiero también a este episodio.
Uno de los momentos más ridículos de mi existencia como avezado comercial, me lo brindó un taxista de La Paz, en Bolivia. Debía tomar un avión a Santa Cruz a última hora, después de una jornada intensa, pero me resultaba difícil encontrar un vehículo libre, hasta que por fin, un coche se paró a mi altura. «¿Le llevo, patroncito?» Tenía claro que no era un taxi oficial, pero llevaba ya tanto tiempo yendo y viviendo a Bolivia, que no me importó. «Voy al aeropuerto. Al Alto», le dije, con inevitables aires de conquistador español.
El coche era una tartana, y el tráfico -merced a cientos de guaguas que recogían pasajeros a cada poco, gentes que retornaban a sus casas después del trabajo-, intenso. Cuando estábamos a medio ascenso de la montaña (La Paz está a 3,6 km de altura, pero El Alto está a 4 km), vi que el avión que debía tomar se elevaba ya por el aire.
-«Dé la vuelta, no tiene sentido que subamos más, Mi avión se fue» -le ordené al improvisado taxista.
-«No se preocupe, doctor, le digo que ese es otro. El suyo está esperando por Vd.» -y siguió, sin hacerme caso, hasta arriba.
Como podía haber imaginado, y siendo mi vuelo el último del día, el aeropuerto estaba cerrado. Las luces, apagadas, y ni un solo taxi a la vista.
-¿Ve Vd? -le grité al voluntarioso e imaginativo conductor- ¡Mi avión se fue, aquí no queda nadie, y tenemos que volver! ¡He perdido casi dos horas por su culpa!
-Ah, no señor. -me replicó el otro-. Vd. no fue enérgico para decirme que volviera. Si me lo hubiera dicho con otra voluntad, yo me habría vuelto. Pero me lo dijo como sin razón.
Me da cierta vergüenza escribir que volví en el mismo vehículo (no había otro a la vista), y aunque el tipo pretendía cobrarme doble («ida por vuelta, doctor»), tuve que amenazarle con llamar a la policía local, y, por lástima, le pagué lo habitual de una carrera al aeropuerto. Estaba, sin embargo, escrito, que aquella noche en el hotel, en donde era al parecer el único huésped, la cocinera me sirvió unos pastelillos de quinoa que me supieron a gloria.
Los días finales de este enero de 2017 vienen fríos, y lo pájaros concentran su actividad en las horas en que el sol más calienta. Al mismo tiempo, la primavera ya se asoma en algunos temperamentos, y se ven a algunas aves, más ansiosas, buscando pareja. El hueco de la rejilla de ventilación de nuestra cocina, desde hace años, viene siendo ocupado por un nido de gorriones. El año pasado fotografié a la pareja.
Desde hace días, vengo comprobando como el macho de la pareja del año pasado, trata de hacer migas con una hermosa representante del sexo femenino gorrionil, a la que acerca a su nidal, indicándole lo confortable y calentito que puede estar.
No sé lo que pudo ser de la anterior ocupante del nido, y espero que no le haya ocurrido nada malo. En todo caso, y en su memoria, sirva esta congénere que, en acrobática postura, saciaba su sed esta mañana en uno de los estanques de El Retiro madrileño.

Lo bueno de estas situaciones…ridiculas o comicas que te ocurren cuando eres joven, te preparan para, cuando eres mayor e inevitablemente te vuelven a suceder, no las cuentes.
Enrique, puede que tengas razón (en general), aunque no veo la aplicación para quien está publicando sus vivencias (cómicas o ridículas) en un blog totalmente abierto al público. O sea, yo.
Desde luego, ninguno de mis amigos lo ha hecho hasta ahora. Ya soy mayor, me siguen ocurriendo situaciones que me merecen los mismos calificativos, y las cuento.
Si tengo que dar una explicación por mi parte, diría que lo que me pasa es que me gusta escribir.
Me interesaron tus anecdotas. La vida de los ingenieros tiene cosas similares: exitos, fracasos, anecdotas…, algunas muy peculiares.
Como metalúrgico, ¿ En qué quedó lo de los tubos?. Curiosidad nada más. No merece contestación.