I
Conservo mi oficio juvenil, hacer del riesgo un placer de helados y limones,
te explico mientras vamos cogidos de la mano,
levanto susurros de voces que dicen pero no se qué dicen,
quiero enseñarte qué bien, que lo domino,
oigo jaleo de movimientos confusos muy torpes
muy polutos pero que muy aparentes;
voy pisando pasado no pienso no perdono,
evoco un exorcismo de pasados comunes,
ordeno el alma donde en trampas soy más rico,
te advierto no detengas el paso, no hagas caso no persistas,
hasta que, cayendo a los hechizos, aprovechas un descuido,
y, entre besos, colocas en mis sábanas la inquieta pregunta,
qué es lo que deja el pasado entre las manos.
La explosión me rompe el cerebro en mil mitades,
trocea la ilusión, me mancha el traje blanco;
para cuando quieres rectificar, está todo perdido,
asomados al mar, entrelazados nuestros gritos y sus voces,
contemplamos cómo las respuestas
se hacen en tu cuerpo más preguntas,
naufragan las palabras en corchetes abiertos,
cáscaras de nueces con muñecos que agitan sus banderas,
galeones con flores que encallan en barrancos muy profundos,
rocas donde se astillan las balsas que parecen papel entre las olas
y en cada trozo forman nuevas respuestas imperfectas,
así que brotan ríos de ansias en tus manos,
se te hacen inciertas las piernas, tu vientre amado es un pozo de amargura,
mis labios son el lápiz rojo sangre de tu lengua callada.
(Del libro Sin herencia precisa, poema 2, 1992, Angel Manuel Arias)

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