Majestad,
Cualquier situación de poder, arrastra, entre los efectos derivados, el aislamiento. En el caso de un jefe de Estado, y especialmente si el poder que detenta es fundamentalmente simbólico, puede resultar sorprendente que el interés por aprovecharse del halo o carisma que rodea a la institución, favorece que una buena parte, sino todos, de los que tienen acceso directo a esa figura se esfuercen por provocar el aislamiento de la realidad de aquel a quien deberían servir con lealtad.
No es, por lo demás, complicado, aislar al poder: las fuerzas que animan al encapsulamiento de la autoridad provienen también de ella misma, que suele escudarse en que el ejercicio de sus funciones le resta todo tiempo para bajar a esa calle en donde los demás mortales libran sus pequeñas batallas. Es también consecuencia del deseo de beneplácito y complacencia con que a todo prócer le gustaría fueran recibidas sus decisiones y apreciada su figura.
Como resultado, las informaciones de lo que sucede a la ciudadanía, al pueblo llano, lo que le preocupa o estimula a otros subordinados, lo que anima o perjudica a los mercados, le llegan filtradas por sus colaboradores de confianza, que le trasladan lo que les apetece, en relación con lo que a él le apetecería escuchar o entender, formado un conjunto intersección de fantasías, una cápsula de la que no es fácil salirse. «Si no tienen pan, que coman galletas» no es una frase producto de la mala fe, sino de la preocupación culpable de mantener en la ignorancia al poder simbólico, para aprovecharse de él, desde los poderes efectivos, que son, frecuentemente, de lo más pedestre.
Su caso… es excepcional, y las razones de esa excepcionalidad se encuentran en una decisión suya que fue juzgada de sorprendente, e incluso descalificada (y así fue manifestado públicamente) por alguno de los asesores de su padre, D. Juan Carlos. Me refiero, por supuesto, a su boda con una plebeya, divorciada de anterior matrimonio, periodista de cierto prestigio, y procedente de una familia de clase media, y, si me permite el atrevimiento, no exenta precisamente de problemas.
Esta actuación de alguien que tenía ocasión de emparentar con cualquier otra familia real, pues a ninguna habrían de faltarle miembros en situación de disponibles para el matrimonio, rebela a las claras una intención de romper estereotipos.
Ningún otro golpe de efecto podría ser imaginable para destruir el carisma idealizado de la Monarquía que casarse, por amor y no por conveniencia de Estado, con alguien surgido del pueblo. Que esta acción no haya sido única entre las Monarquías europeas, viene a confirmar el deseo de varias casas reinantes o más o menos recién destituidas de demostrar al resto de los ciudadanos que no se consideran clase privilegiada, sino que están asumiendo una tarea singular, sí, pero a la que quieren dotar de transparencia y difusión pública.
¿Qué mejor, pues, que una periodista, para cumplir ese objetivo?
Pues bien, llévelo Vd., Majestad, a sus últimas consecuencias. Haga que la Reina Letizia, una plebeya universitaria, abandone ese aspecto de cariátide de mármol que se encuentra en los actos oficiales sin apenas mover una pestaña, y actúe como movilizadora, canalizadora y difusora de la información que a todos nos vendrá bien poner en valor, como suele decirse ahora. Poner en valor, en el sentido de rentabilizar para que los agentes socioeconómicos tomen consciencia de su responsabilidad para actuar coordinadamente, olvidando falsos estatus o recelos provenientes de un pasado que no tendría la misma eficacia.
La Reina Letizia debiera ser mucho más activa en movilizar sus contactos, promover otros, actuar como organizadora de reuniones con personas de diversos orígenes y condición. Tiene, además de su capacidad y experiencia, una ventaja adicional. Puede pasar desapercibida mucho mejor que Vd., a quien su altura física y su rostro difícil de disimular hacen demasiado evidente en lugares públicos. Asuma Vd., conscientemente, no un papel secundario, que no conviene en absoluto a la Monarquía, pues no hay por qué precipitar el final, por mucho que se esté cuestionando su valor por los opositores, sino el papel de rector de la necesidad de poner en cuestión cualquier reducto de poder tradicional, acercándolo a la luz pública.
A expresar cómo hacerlo más en concreto, dedicaré mi próxima misiva. Esta es la Carta que escribo en Madrid, el 10 de enero de 2015.

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