Debería de resultar evidente para todos que la representación en un plano de las formas tridimensionales apela a un convencionalismo y, por tanto, es una llamada a nuestra capacidad de suplir una deficiencia con imaginación. La perspectiva es un engaño ingenioso porque, a poco que meditemos al respecto, caeremos en la cuenta que no vemos los objetos así como nos lo representan pintores, arquitectos, ingenieros o delineantes.
De esa falsedad han surgido otras: los difuminados, las sombras, los claroscuros. Cuando decimos de un retrato de alguien «parece como que está vivo», estamos, en realidad, afirmando, que «sabemos que está muerto», o que «no es él, es un dibujo».
Nuestro cerebro se acostumbra a ver las cosas de una determinada manera, que vamos educando con el paso del tiempo, y que tiene su centro en el yo. Vemos lo que queremos, como lo queremos o nos apetece y, si tenemos suficiente práctica, acabamos creando nuestro sentido estético, la idea de la proporción o de la desmesura, de lo correcto y lo incorrecto, en…todas las cosas de la vida.
Claro, claro. Estoy refiriéndome a la subjetividad, al relativismo, a la falta de objetividad individual que, en algunos casos, la sociedad, dominando al individuo, ha conseguido doblegar con ideas estereotipadas respecto a lo que es bello, incluso respecto a lo que es ético. Matar a otra persona debería ser abominable, pero algunos regímenes y estructuras legales lo han visto -y ven- como solución a ciertos conflictos: las guerras santas, las condenas a muerte, los exterminios de etnias, los conflictos por un quítame allá esas pajas. Hasta las revelaciones de la divinidad a algunos bienaventurados han tenido que venir a recordar ese principio, como prueba de que todo se olvida cuando apetece o conviene.
Me gusta el cuento ése de cuatro íntimos amigos que se encuentran a la entrada de un hotel. Con emoción y disgusto, ven que no van, sin embargo, con la pareja que les corresponde según el registro civil, sino con la del otro. Uno de los caballeros, haciéndose cargo de inmediato de la situación, echando mano de su condición de hábil negociador, toma rápido la iniciativa y propone la mejor solución:
-Vale, -dice- nos equivocamos. Pero somos amigos y no tiene sentido que nos liemos a discutir y a afearnos nuestra conducta. Sucedió, y ya está. Lo que razonable es que olvidemos el asunto y actuemos, desde ahora, con firme propósito de la enmienda. Aquí no ha pasado nada, y sigamos tan amigos como siempre».
El otro caballero -las mujeres no tienen protagonismo en este cuento, reflexiona unos instantes y, finalmente, expresa sus razones:
-No veo mal tu propuesta. Pero hay un inconveniente. Vosotros estáis saliendo, y nosotros, estábamos entrando.»
¡Ah, la perspectiva!
FIN

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