No era muy negro, pero era negro; tampoco podría decirse que fuera excesivamente alto, pero era más alto que la mayoría. Tenía algunas ventajas, aunque eran mucho mayores las desventajas respecto al resto de la población con la que tenía que competir. Era bastante más joven que la media, estaba acostumbrado a soportar cientos horas de calor y de sed y no eran pocas las veces que se había tenido que acostar sin haber probado bocado.
¿Competir, he escrito competir? Esa no es la palabra que expresaría su actitud. Qué va. Sin conocer una sola palabra del idioma de aquellos otros con los que se cruzaba, después de tres días rebuscando entre sus desperdicios, temeroso de que, mientras separaba de las bolsas de basura algo comestible o una prenda de abrigo que fuera algo mejor que la harapienta que llevaba, alguno de esos perros que le ladraban desde detrás de las verjas y muros descubriera en ellos una rendija y se lanzara contra él, lo único que deseaba era poder encontrarse con alguien que le tratara de forma amistosa. Que le entendiera, al menos.
-¿Qué haces, tú? ¿Por qué rompes las bolsas? -le preguntó alguien que surgió de las sombras de la noche. Llevaba una linterna.
Se escabulló como lo haría cualquier animal. Por suerte, había encontrado en sus pesquisas entre los residuos, dos naranjas solo ligeramente enmohecidas por un lado, de cuyo zumo disfrutó por unos instantes. Tuvo sensación de felicidad.
Aquella noche durmió también a la intemperie, sobre un banco del parque, protegido del ligero relente por unos cartones. Soñó que estaba en el Paraíso.
Le despertó un zarandeo.
-No se puede estar aquí.
No entendió.
-Está prohibido dormir en la calle.
No entendió nada. Se incorporó, dejó a un lado el material que le había servido de somera manta, y huyó.
Estaba empezando un nuevo día, y la mañana se ofrecía como un sendero de promesas. Caminó entre olores a café recién hecho, a bollos calientes. Sorteó autos que conducían gentes que iban, con prisa, hacia ninguna parte. Vio mujeres hermosas, blancas y, seguramente, de piel suave y de olor a flores de lavanda. Algunos de los que se cruzaban con él le miraban con curiosidad; la mayoría, no le veían o le ignoraban.
No tenía ninguna dirección a dónde ir, carecía de móvil -se lo había robado en el Centro de Inmigración en donde estuvo retenido seis días- y, falto de toda información, ni siquiera sabía dónde estaba. Cuando levantó la mano para recoger el billete de autobús que le ofrecieron para ir a un lugar del que nunca había oído hablar, no tenía la menor idea de si en él se encontraría con otros como él, ni de qué iba a vivir, o porqué tendría que luchar o contra quién.
Lo que no le impedía, al contrario, desde hacía un par de semanas, disfrutar de la sensación de libertad. Además, estaba seguro de encontrarse en racha de suerte. Apretó el amuleto que llevaba al cuello, colgando de una cuerda mugrosa.
Tuvo esa suerte. A la puerta de una tienda de ultramarinos, impávido como un cazador de impalas al acecho, se encontró con un semejante. Era Tamuk, su vecino. su compañero de juegos infantiles. Ahora Tamuk estaba jugando a otra cosa, a un juego de adultos, sonriendo a cuantos entraban y salían del local -le pareció que decía algo así como «Hola»-, y recogiendo de cuando en cuando algunas monedas, a cuyo gesto correspondía con otra palabra, «Gracias».
-¡Tamuk! -gritó de alegría.
El otro le miró. La sonrisa se le heló en los labios.
-No te acerques, Hamel. No es bueno que nos vean juntos. -le advirtió el interpelado, sin responder al cálido abrazo de saludo.
-¿Por qué? ¿Qué pasa? -se extrañó Hamel, que no podía disimular la alegría de verse, por fin, con un amigo.
-¿No te das cuenta? Yo ya estoy integrado -explicó Tamuk.
Hamel se hubiera quedado convertido en estatua pétrea, pero, cuando hacía ademán de marcharse con viento fresco, oyó que su amigo le decía en voz baja, en el dialecto swahili que compartían:
-Hay un barracón abandonado junto al cementerio. Allí nos reunimos todos los días para cenar, contarnos las aventuras del día y dormir. Ya somos cinco, y, por suerte, estamos todos integrados. Serás bien venido.
Esa noche se enteró, en una conversación de máxima cordialidad, mientras saboreaba las sardinas de una lata que le había ofrecido un negro tan negro como él, que la clave para integrarse estaba en dos palabras: «Hola» y «Gracias». Y había, por fortuna, aún un par de sitios en donde sacarles rentabilidad.
FIN

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