¿Cuántas veces, al contemplar una antigua fotografía de nosotros mismos -aquella misma con la que no nos sentimos conformes, porque nos creíamos más atractivos, más hermosas- hemos reconocido «Pues no estaba tan mal»? El tiempo nos mejora el pasado, sin duda.
A medida que nuestro cuerpo se debilita, enferma y languidece -nos abandona, «va pidiendo nicho», como expresaba, con ironía gallega, un viejo amigo, nos sentimos más apegados a esa imagen que ya no somos, y que entendemos nos refleja mejor que el rostro y el cuerpo del anciano en el que, por el mero hecho de sobrevivir, nos estamos convirtiendo.
El «autoretrato» que dibujé, en fecha recogida de forma tan exacta -cinco de enero de mil novecientos noventa y ocho-, «Trozos del yo, cayendo de un autoretrato de memoria», me recuerda esa previsión del paso fatal del tiempo que vendrá, deteriorándonos y enajenándonos de la imagen preferida del yo (supongo que en el que piensan los que creen que resucitaremos algún día del más allá, con los mismos cuerpos y almas que tuvimos) .
Y, de manera que podría explicar, si me alcanzaran las ganas en esta mañana de domingo de septiembre en la que me dispongo a dar un paseo por Madrid -día de puertas abiertas del Ayuntamiento-, conecta mi hoy con un poema dedicado al cuerpo, ubicado en la colección de «Primeras precisiones de las formas».
Se trata de una serie de poemas escritos cuando yo tenía diecinueve años, y que, sometidos al juicio del «poeta mayor» Carlos Bousoño, al que unos jovencísimos vates osamos pedir que nos prologara nuestro libro, merecieron un juicio implacable: «Si tú, Arias, tuvieras un grupo de poemas como los mejores de tu libro, te diría: Publica ya» (es decir, no publiques todavía, como cuento en el Prólogo de Absueltos de todo don).
Primera Precisión de nuestra Forma
Más mansión cuanto más permanece con uno,
obediente al deseo de su solo habitante,
esta forma es el perro más fiel pretendido,
nos envuelve, nos limita, nos cierra
y se ajusta a nosotros como un traje perfecto.
Nuestro cuerpo. La forma que nos hace visibles;
la forma palpable que identifica el afecto.
Qué himno escribir adecuado a esta forma,
cuerpo en el que todos creemos, lecho nuestro,
que no quiere dejarnos partir y al fin claudica,
labios tan unidos a nosotros, inconcebibles sin las manos,
cabeza irreductible, olfato ya resuelto,
mentón del rostro con que nos reconocen.
Y tronco, y piernas nuestras, sexo firme,
inseparable abdomen, nalgas mías, forma entera
a la que hemos puesto nuestro propio nombre.
Cuando esta forma nos falte, qué será de nosotros.
(@angelmanuelarias, «Absueltos de todo don», 1989, KRK)

Deja una respuesta