«Cuando los recién llegados, utilizando su gigantesca capacidad de asimilación, absorbieron toda la información disponible, en los circuitos de generación del conocimiento, quedó una sola interrogante sin respuesta:
-¿Por qué no se habían dado cuenta aquellos seres de que habían sido víctimas de unos mutantes que estaban acabando con ellos?
Quizá sea necesario para entender cabalmente lo que había pasado, retroceder algunas decenas de años atrás, midiendo el tiempo con los procedimientos que se habían implantado en el planeta al que los visitantes acababan de acceder.
En ese planeta, -al que numerosa documentación encontrada se refería, una vez descifrada, como Tierra-, se habían alcanzado muy altos niveles de desequilibrio, en realidad, en poco tiempo. La población de aquellos seres extraños -es decir: los humanos- había aumentado de manera exponencial, brutal, aproximándose a los 7.ooo millones, según constaba en estimaciones de sus elementales equipos de tratamiento de datos.
La presión que ejercían esos alienígenas sobre los recursos que su planeta era capaz de generar era tan alta, que varios de sus centros de análisis de coyuntura (terminología que los visitantes no habían conseguido interpretar aún) habían estimado que serían necesarios 3 espacios equivalentes a la Tierra para lograr el equilibrio entre producción y consumo.
Incluso, -y eso lo valoraron los extraterrestres como demostración de que algunos humanos tenían atisbos de inteligencia por la que podían predecir, si bien de manera básica, el futuro-, habían detectado que, si no se tomaban medidas drásticas para reducir y corregir la generación de gases que producían un efecto identificado como «fenómeno invernadero», su planeta se sobrecalentaría, dando lugar a desastrosas consecuencias para aquellos.
Pero lo más curioso, según deducían los circuitos de conocimiento de los visitantes, similares a billones de neuronas capaces de interconectarse en nanosegundos, era que una parte de la población de humanos había conseguido hacerse con los núcleos sustanciales de toma de decisiones, y eran ellos quienes lo habían conducido hacia el caos.
Esta hipótesis resultaba, confirmada por la observación empírica de que, en un momento de la evolución de la especie humana, se había producido una mutación terrible.
Sin que el cambio fuera genéticamente apreciable por los procedimientos -relativamente elementales, de los centros de investigación humanos- los poseedores de una determinada característica se había introducido en ciertas ramas genealógicas. Y gracias a ella, se habían constituido en la clase dominante, e inexorablemente, habían conseguido ocupar, en ritmo exponencial, todos los lugares relevantes, en donde se ejercían poderes desde los que se tomaban decisiones clave .
Esos lugares clave habían sido detectados e, incluso, en algunos casos, producidos artificialmente, por los mutantes: el control de los medios de producción de bienes, tanto los llamados de ocio como los de negocio; los centros de información y mensajes, a los que fueron dotando progresivamente de la capacidad para crear y difundir falsas noticias; la capacidad para controlar y hasta definir, lo que se debería identificar con los conceptos de felicidad, solidaridad y otras ideas relacionadas con la metafísica.
Nada había sido más importante, sin embargo, según detectaron los circuitos neuronales de los recién llegados, como la ausencia de deontología que suponía la existencia de esa mutación. La aplicación, sistemáticamente adulterada de los principios éticos (que se llegó a llamar en algunos lugares Justicia y en otros religión, dogma o doctrina), forzó el desplazamiento de las mayorías humanas, que quedaron sin protección, ya que, sin el gen mutado, seguían creyendo en que la ética era universal y su aplicación, inexcusable.
Como colofón, la representación de las mayorías, que se había conseguido incardinar a través de unas figuras complejas en las que se mezclaban conceptos como votaciones, democracia, partidos, sectas, mafias, programas y memorias de gestión, se acabó concentrando en los mutantes, que se encargaban sin problemas, -dada su ausencia de ética-, en la selección de los candidatos idóneos, que eran, invariablemente, quienes tenían el gen. Al parecer, paralelamente, marginaban pisoteaban, despreciaban o incluso mataban a cualquiera que no perteneciera a sus clanes, haciendo las sociedades que formaban cada vez más secreta, y sus reglas de control, más y más precisas.
Cuando los circuitos neuronales de los visitantes repitieron la secuencia lógica de lo que había pasado a los humanos, descubrieron la explicación más probables:
La técnica de selección y reproducción endogámica de los mutantes les había ido proporcionando, de generación en generación, posiciones cada vez mayores de dominio y control sobre los demás humanos. Incluso sus retoños no tenía dificultades en fingir, momentáneamente, ser defensores y seguidores de ideas de destrucción de los sectores controlados por los mutantes, pero, en la realidad, las robustecían, proporcionando valiosa información al clan sobre los secretos, las debilidades y las ideas de quienes no pertenecía a la familia, emponzoñando sus actuaciones con trabas burocráticas, despidos, embargos, negaciones de créditos y, en fin, confusión, corrupción y miseria.
Es a este procedimiento de reproducción con el objetivo de controlarlo todo, al que los alienígenas llamaron reproducción asistida. y fue el éxito de esta situación la que llevó a la humanidad a su desastre: los mutantes, que apenas suponían el 1% de la población humana mundial, ejercían un dominio absoluto, disfrutando, como casta superior que se consideraban, del trabajo del 99% restante, al que explotaban a su gusto.
Pero no se dieron cuenta que esa concentración de satisfacción, obtenida con base en la explotación sin límites de los recursos del planeta Tierra y el desprecio a las necesidades de una inmensa mayoría, acabaría provocando el desastre fina, su exterminio como especie.»
Noé Forterius se despertó, sudando. Creyó que se había quedado dormido a la sombra de un árbol. La claridad de la tarde era cegadora.
-¡Menuda pesadilla que acabo de tener! -dijo, en voz alta- ¡Terrible! ¡Qué tranquilidad pensar que todo fue un sueño!.
Un ser de extraña apariencia asomó en su campo visual, y entendió lo que trasmitía sin palabras.
-No, Noé Forterius, te equivocas. No tuviste un sueño. La narración que acabas de escuchar es real. Tú eres el único superviviente de tu especie en la Tierra.
Noé sintió un escalofrío. Miró alrededor, y no vio más que desolación, silencio y muerte, y se echó a llorar como un niño. En la confusión interior que sintió, no estuvo seguro de haber entendido el mensaje del alienígena, que reflejaba una curiosidad precursora de quién sabe qué consecuencias.
-Estamos comprobando si tienes el gen mutante.
FIN
