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Cuento de primavera: La cigüeña partera

9 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

La inmensa mayoría de los niños de Valgamediós menores de tres años, creen a pies juntillas que los niños vienen de París, y que son traídos de allí por las cigüeñas. No existe, en la actualidad, prácticamente casi ningún adulto  que se crea tal patraña.

En los libros de texto dedicados a la educación sexual,  se explica que es imprescindible, para que se engendre una criatura nueva -en casi todo el mundo animal-, que dos seres de distinto sexo se apliquen a tal fin, realizando lo que se denomina enfáticamente  como»el acto sexual». Con todo, hay una parte relativamente importante de adultos valgamediosinos que imaginan que podría evitarse la concepción de futuros niños, sin faltar a la ejecución de la operación principal, realizando imaginativas modificaciones, algunas de las cuales (como el coitus interruptus) han recibido nombres foráneos y otras, como el uso del preservativo de punt0 lavable, no han merecido la gloria de la exportación.

Pues bien, para entender esta historia, es preciso creerse que, entre los cometidos vigentes de las cigüeñas, se encuentra todavía la de traer niños de París. Y es absolutamente imprescindible admitir, para seguir con el cuento, que una de esas cigüeñas carteras, cansada de realizar, una y otra vez, tal viaje -que puede ser largo y fatigoso, pues basta imaginar el esfuerzo de acercar a una criatura desde la ciudad francesa a Huelva-, decidió emanciparse de esa servidumbre tradicional, a la que venían dedicándose generaciones y generaciones de cigüeñas, y abrir una clínica particular.

Era un negocio claro. Lo publicitó, con rimbombancia, con estas palabras: «Diseño y Fabricación insistida de niños con ordenador». Y, en la propaganda que distribuyó, con hojas volanderas que lanzó desde el aire a los cuatro vientos, completaba la idea con este mensaje: «Evite escribir a París e innecesarias esperas o errores en el suministro. Solicite YA su descendencia al Laboratorio de la Cigüeña Partera (Doctorada en Calemania)». En la placa de entrada al local, puso incluso el cartel «Dr. Especialista en Nueva técnica Conceptual al margen de París», ocultando precisar que la cigüeña era únicamente Doctor en la Escuela de la Vida, y por correspondencia.

La cigüeña partera tenía, al margen de estudios, relativa experiencia. Había seguido un curso rápido en Pananá, con prácticas realizadas con algunos animales, vivos y muertos: rumiantes, gatos de angora, perros pequineses y ratas de alcantarilla. Con éxitos contantes y sonantes.

Para los interesados, era muy cómodo anunciar que se evitaba el viaje de la hembra humana a París, proporcionándole la semilla ya fertilizada o con posibilidad de añadir al huevo el reactivo fertilizante elegido según gustos (fresa, menta, picante, azúcar moreno, etc.). Es más, hasta se podía elegir el huevo puesto por otras hembras, ya fertilizado o por fertilizar.

Qué digo a los límites. Se podía elegir el sexo, el tipo de embrión, el momento exacto de la entrega del retoño, el sitio (clínica particular o domicilio), el embalado, y hasta se podía ejercer el derecho a devolución.

Las semillas y los embriones se guardaban en armarios en los que los frascos de material se conservaban a temperaturas suficientemente gélidas, por tiempo indefinido.

-Mira dónde te metes -le advirtió su madre, que era una cigüeña respetada, con el pico incluso algo curvo de tanto sostener las cestas en donde debía transportar las criaturas que entregaría, a su debido tiempo, a sus legítimos destinatarios.

-Está chupado -replicaba la cigüeña partera (título que se había dado a sí misma)-. He comprobado que la cosa funciona con otros animales, por lo que no veo problema alguno en aplicarlo a los humanos de Valgamediós, con lo que se ahorrarán tiempos de espera y fallos en la entrega. Será incluso posible que, sin conocer varón, una hembra obtenga el fruto deseado. Incluso en parejas estériles, con mi procedimiento, siempre les entregaré un niño, y todos los demás creerán que el retoño es suyo.

La cigüeña partera tenía un grave problema, y era de índole muy personal. Le gustaba excepcionalmente la bebida. Cuando se reunían varias aves de su calado, era ella siempre la que más líquido ingería, y no precisamente agua, sino otros brebajes de alto contenido alcohólico, lo que le proporcionaba pérdidas de memoria, además de un estado de exultación pasajera.

Empezó a ser normal encontrarse a la cigüeña partera agarrada a una farola cantando Valgamediós, Patria querida. Tampoco era raro, desde que su pareja la abandonó -e incluso, antes- verla entrar en locales llamados de placer, pagando porque le hicieran cosquillas bajo la cola, como método alternativo para liberar sus cavidades cloacales de la roña que se estaba formando en ellas.

En esos locales, organizaba escenas muy lastimosas, pegando al personal, negándose a pagar por los servicios o rompiendo material.

El negocio de la reproducción asistida estaba resultando muy bien. Un número creciente de valgamediosinos acudía a la consulta, que cada vez daba empleo a más gentes, todas de bata blanca y título de doctor en ciencias reproductivas, que concedía la cigüeña partera. La mayoría de los clientes resultaban satisfechos y pagaban cantidades muy altas, sin problemas; si se producía un fracaso de cualquier tipo, la cigüeña partera no dudaba en ocultarlo, utilizando diversos procedimientos.

Una noche, sin embargo, ocurrió que la cigüeña partera había bebido mucho, como era habitual, pero, tanto, tanto, que perdió la noción de dónde estaba. Se dirigió al local en donde se guardaban las distintas muestras de su negocio y, sin darse cuenta de lo que hacía, rompió varios de los frascos y los mezcló todos, cambiando las etiquetas de muchos. Se divirtió mucho mientras lo hacía, pero los efectos fueron desastrosos.

A la mañana siguiente, los empleados del negocio -urracas, cuervos, mirlos blancos, sabandijas, sapos parteros y patos mareados- se encontraron con el desaguisado. Probetas rotas, líquido desparramado, embriones danzando por ahí, los armarios de refrigeración abiertos y desordenados.

-¿Qué hacemos? Nuestros clientes nos cortarán el cuello cuando se enteren o nos castrarán con tijeras de podar -dijeron, casi a una, muy afligidos.

La cigüeña partera tuvo una idea, porque era, además de bastante impresentable, terriblemente imaginativa para la mentira.

-No hay más remedio que volver a llenar los frascos con lo que encontremos más a mano. Y no se nos ocurra decir a nadie lo que ha pasado.

Así hicieron. Llenaron los frascos de las más variadas maneras, volvieron a reconstruir las etiquetas, y a ninguno de los clientes confesaron lo que habían hecho para salir del paso. Los resultados no pasaron, sin embargo, desapercibidos: hubo papás blancos que tuvieron niños negros, y al revés; mamás que no resultaron embarazadas ni después de innúmeras intervenciones, todas ellas de pago; hubo malformaciones y abortos en número tal que la inspección valgamediosina, llamada al sitio por las cigüeñas que seguían trayendo los niños de París, levantó acta y cerró el negocio.

La cigüeña partera acabó sus días en un centro de desintoxicación. En el viejo local, ahora han puesto un comercio chino que vende  actualmente conejos, gatos y elefantes de la buena suerte, la que no siempre dan. Y las cigüeñas normales siguen trayendo a los niños de París, que es lo tradicional, lo seguro, lo de toda la vida. Las urracas, mirlos blancos, sabandijas, sapos parteros y patos mareados han pasado mayoritariamente a engrosar las cifras de desempleo o han ingresado en conventos de clausura. Algunos de ellos, sin que se encuentre la razón, se dedican al buzoneo de panfletos, otros realizan sesiones de imposición de manos a crédulos, diciéndose bienaventurados y no faltan dos o tres a los que se ha visto como distribuidores de pizzas y tortillas de patata congelada a los zoos de la periferia.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: cigüeña, cuentos, cuentos de primavera, ordenador, partera, reproducción asistida, reproducción insistida

Cuento de primavera: Reproducción asistida

3 abril, 2014 By amarias Deja un comentario

«Cuando los recién llegados, utilizando su gigantesca  capacidad de asimilación, absorbieron toda la información disponible, en los circuitos de generación del conocimiento, quedó una sola interrogante sin respuesta:

-¿Por qué no se habían dado cuenta aquellos seres de que habían sido víctimas de unos mutantes que estaban acabando con ellos?

Quizá sea necesario para entender cabalmente lo que había pasado, retroceder algunas decenas de años atrás, midiendo el tiempo con los procedimientos que se habían implantado en el planeta al que los visitantes acababan de acceder.

En ese planeta, -al que numerosa documentación encontrada se refería, una vez descifrada, como Tierra-, se habían alcanzado muy altos niveles de desequilibrio, en realidad, en poco tiempo. La población de aquellos seres extraños -es decir: los humanos- había aumentado de manera exponencial, brutal, aproximándose a los 7.ooo millones, según constaba en estimaciones de sus elementales equipos de tratamiento de datos.

La presión que ejercían esos alienígenas sobre los recursos que su planeta era capaz de generar era tan alta, que varios de sus centros de análisis de coyuntura (terminología que los visitantes no habían conseguido interpretar aún) habían estimado que serían necesarios 3 espacios equivalentes a la Tierra para lograr el equilibrio entre producción y consumo.

Incluso, -y eso lo valoraron los extraterrestres como demostración de que algunos humanos tenían atisbos de inteligencia por la que podían predecir, si bien de manera básica, el futuro-, habían detectado que, si no se tomaban medidas drásticas para reducir y corregir la generación de gases que producían un efecto identificado como «fenómeno invernadero», su planeta se sobrecalentaría, dando lugar a desastrosas consecuencias para aquellos.

Pero lo más curioso, según deducían los circuitos de conocimiento de los visitantes, similares a billones de neuronas capaces de interconectarse en nanosegundos, era que una parte de la población de humanos había conseguido hacerse con los núcleos sustanciales de toma de decisiones, y eran ellos quienes lo habían conducido hacia el caos.

Esta hipótesis resultaba, confirmada por la observación empírica de que, en un momento de la evolución de la especie humana, se había producido una mutación terrible.

Sin que el cambio fuera genéticamente apreciable por los procedimientos -relativamente elementales, de los centros de investigación humanos- los poseedores de una determinada característica se había introducido en ciertas ramas genealógicas. Y gracias a ella, se habían constituido en la clase dominante, e inexorablemente, habían conseguido ocupar, en ritmo exponencial, todos los lugares relevantes, en donde se ejercían poderes desde los que se tomaban decisiones clave .

Esos lugares clave habían sido detectados e, incluso, en algunos casos, producidos artificialmente, por los mutantes: el control de los medios de producción de bienes, tanto los llamados de ocio como los de negocio; los centros de información y mensajes, a los que fueron dotando progresivamente de la capacidad para crear y difundir falsas noticias; la capacidad para controlar y hasta definir, lo que se debería identificar con los conceptos de felicidad, solidaridad y otras ideas relacionadas con la metafísica.

Nada había sido más importante, sin embargo, según detectaron los circuitos neuronales de los recién llegados, como la ausencia de deontología que suponía la existencia de esa mutación. La aplicación, sistemáticamente adulterada de los principios éticos (que se llegó a llamar en algunos lugares Justicia y en otros religión, dogma o doctrina), forzó el desplazamiento de las mayorías humanas, que quedaron sin protección, ya que, sin el gen mutado, seguían creyendo en que la ética era universal y su aplicación, inexcusable.

Como colofón, la representación de las mayorías, que se había conseguido incardinar a través de unas figuras complejas en las que se mezclaban conceptos como votaciones, democracia, partidos, sectas, mafias, programas y memorias de gestión, se acabó concentrando en los mutantes, que se encargaban sin problemas, -dada su ausencia de ética-, en la selección de los candidatos idóneos, que eran, invariablemente, quienes tenían el gen. Al parecer, paralelamente, marginaban pisoteaban, despreciaban o incluso mataban a cualquiera que no perteneciera a sus clanes, haciendo las sociedades que formaban cada vez más secreta, y sus reglas de control, más y más precisas.

Cuando los circuitos neuronales de los visitantes repitieron la secuencia lógica de lo que había pasado a los humanos, descubrieron la explicación más probables:

La técnica de selección y reproducción endogámica de los mutantes les había ido proporcionando, de generación en generación, posiciones cada vez mayores de dominio y control sobre los demás humanos. Incluso sus retoños no tenía dificultades en fingir, momentáneamente, ser defensores y seguidores de ideas de destrucción de los sectores controlados por los mutantes, pero, en la realidad, las robustecían, proporcionando valiosa información al clan sobre los secretos, las debilidades y las ideas de quienes no pertenecía a la familia, emponzoñando sus actuaciones con trabas burocráticas, despidos, embargos, negaciones de créditos y, en fin, confusión, corrupción y miseria.

Es a este procedimiento de reproducción con el objetivo de controlarlo todo, al que los alienígenas llamaron reproducción asistida. y fue el éxito de esta situación la que llevó a la humanidad a su desastre: los mutantes, que apenas suponían el 1% de la población humana mundial, ejercían un dominio absoluto, disfrutando, como casta superior que se consideraban, del trabajo del 99% restante, al que explotaban a su gusto.

Pero no se dieron cuenta que esa concentración de satisfacción, obtenida con base en la explotación sin límites de los recursos del planeta Tierra y el desprecio a las necesidades de una inmensa mayoría, acabaría provocando el desastre fina, su exterminio como especie.»

Noé Forterius se despertó, sudando. Creyó que se había quedado dormido a la sombra de un árbol. La claridad de la tarde era cegadora.

-¡Menuda pesadilla que acabo de tener! -dijo, en voz alta- ¡Terrible! ¡Qué tranquilidad pensar que todo fue un sueño!.

Un ser de extraña apariencia asomó en su campo visual, y entendió lo que trasmitía sin palabras.

-No, Noé Forterius, te equivocas. No tuviste un sueño. La narración que acabas de escuchar es real. Tú eres el único superviviente de tu especie en la Tierra.

Noé sintió un escalofrío. Miró alrededor, y no vio más que desolación, silencio y muerte, y se echó a llorar como un niño. En la confusión interior que sintió, no estuvo seguro de haber entendido el mensaje del alienígena, que reflejaba una curiosidad precursora de quién sabe qué consecuencias.

-Estamos comprobando si tienes el gen mutante.

FIN

 

 

 

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias, Sin categoría Etiquetado como: alienígena, cuento, cuento de primavera. Noé, reproducción asistida

Cuento de invierno: Razones de sexo

17 enero, 2014 By amarias2013 Deja un comentario

No había sido fácil reunirlos, pero allí estaban. La élite de los expertos valgamediosinos en el sexo femenino. Doctores en ginecología y obstetricia, analistas laureados en el carácter y sicología de la mujer, letrados constitucionalistas y abogados penalistas, sociólogos e historiadores, obispos y chamanes de las principales religiones, políticos tanto de las regiones más desarrolladas como de los más miserables,…

La convocatoria había sido realizada a iniciativa de un grupo de expertos multidisciplinar que había conseguido, tras largos y trabajosos estudios, terminar su investigación, co-financiada por la Organización Por la Desigualdad sexual, sobre un tema apasionante: «Análisis de los fundamentos científicos de la inferioridad de las mujeres».

Entre los convocados no había ninguna mujer. Alguno de los asistentes había hecho notar, tímidamente, lo que le parecía una paradoja.

-No encuentro de recibo que en una Asamblea de este tipo, en el que el tema central, por no decir, único, sea la mujer, no se haya invitado, al menos como oyente, a alguna representante femenina, cuya bella presencia, por otra parte, alegraría los debates.

Quien así hablaba era el respetado Dr. Pelele, que había estudiado Técnicas de Reproducción Asistida en el Reino Unido, y tenía un próspero Laboratorio de Inseminación Artificial. Aunque estaba a punto de cumplir los sesenta años, aparentaba algunos menos, gracias a su cuidado acicalamiento y al gusto por llevar trajes de marca demasiado ajustados.

-Obviemos una discusión vacía -cortó el Presidente de la reunión, elegido por ser el de mayor edad, propuesto varias veces, aunque sin haber superado nunca la primera criba, al Premio Nobel de Biología, Dr. Bacon-Ham, que era experto en trasplantar órganos de todo tipo-. Ninguna mujer ha sido invitada para que las conclusiones no se vean mediatizadas. Así podremos discutir más libremente, sin ningún tipo de coacción o presión.

El Informe, que expuso -en Resumen Ejecutivo- el Dr. Florinata, como portavoz del equipo que lo había elaborado, tenía dos mil quinientas páginas y, según se anunciaba en la primera de ellas, resultaba demoledor en sus conclusiones. El Dr. Florinata llevaba el pelo algo engominado, y lucía un bigote que parecía delineado con tiralíneas. Se ajustó el nudo de su corbata de colorines antes de hablar así:

-Los trabajos se han desarrollado en tres contextos. El histórico-sociológico, que analiza las consecuencias de la división consuetudinaria del trabajo entre varones y hembras de la colectividad humana, atendiendo a las cualidades físicas de unos y otras. El sicológico, que profundiza en la práctica incapacidad de la mujer para entender las cuestiones abstractas, ya sean mapas, cuentas bancarias o grifos que gotean. Y finalmente, el fisiológico, por el que se descubre que la razón de que la mujer sea más resistente al dolor y aguante sin desmayarse ni siquiera palidecer que le extraigan sangre o le pongan una inyección, es, justamente, síntoma de su debilidad.

El obispo Dr. Kienleve -orondo bajo la sotana, con un rostro carnal que revelaba sus aficiones mundanas, y que estaba sentado junto al imán Joquechimin, con el que había comentado previamente algún aspecto, interrumpió el discurso, expresándose con su voz engolada:

-Debo denunciar la falta de espiritualidad que se infiere del análisis efectuado. ¿Dónde queda la divinidad? ¿Por qué no se ha tenido en cuenta que la mujer humana es inferior por designio divino? Eso habría acortado notablemente la investigación. Dios creó a la mujer inferior al hombre, para proporcionarle apoyo, gozo y darle realce con su grácil presencia.

El presidente aconsejó que no se cortara la intervención del ponente, y que se aguardara al debate para aportar las opiniones. Habría tiempo y lugar para todos.

-Pues bien -dijo Florinata, que se creyó obligado a abreviar su intervención-, las investigaciones avalan que la diferencia sustancial entre el hombre y la mujer, que señala definitivamente su inferioridad, es que la hembra humana se enamora. Mientras se encuentra en ese estado de enajenación, no es capaz de tomar decisiones cabales.

Se produjo un silencio en la sala, antes de que empezaran a elevarse murmullos, que derivaron en aplausos y gritos de complacencia. Un tipo de barba más bien rala y aspecto enérgico, como de profesor universitario, que, según comentaban en la mesa presidencia, no constaba como invitado, avanzó por el pasillo, hacia el estrado.

-¿Qué tontería es esa? ¡Los hombres también se enamoran! ¡Hay millones de ejemplos en la historia de la Humanidad de varones que han estado perdidamente enamorados de sus mujeres!

Los servicios de seguridad aparecieron de inmediato y llevaron al alborotador fuera del recinto.

El Presidente, restablecido el orden, tomó la palabra:

-Tengo una primera pregunta para abrir el debate. Una vez que hemos admitido como premisa la inferioridad de la mujer, ¿cómo habríamos consentir que la continuidad de nuestra especie esté en sus manos?. Propongo que votemos que los hombres, ya que somos los que tomamos las decisiones, tengamos, en adelante, la descendencia en nuestro propio vientre. Así se podrá decir que «nosotros decidimos, nosotros parimos».

No me quedé al resto de la asamblea, por lo que no estuve presente en la votación. Tampoco estoy seguro de que se haya votado. Los periódicos del día siguiente no recogieron el tema.

FIN

Publicado en: Cuentos y otras creaciones literarias Etiquetado como: asamblea, cuento, cuento de invierno, decisión, género, hijos, inseminación artificial, mujer, parir, reproducción asistida, sexo

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