Se llamaba Nelson Mandala, y, a pesar de las apariencias fonéticas y otras coincidencias, no se debería confundir con Nelson Mandela, el carismático líder sudafricano que falleció el 5 de diciembre de 2013. La vida de ambos personajes estuvo llena de vicisitudes, que es de lo que se trata, cuando se pretende entretener.
La de Mandela fue una historia de superación, en la que sufrió como pocos y, cuando le correspondía estar muerto, ascendió a las alturas y disfrutó como casi ninguno. La fama de Mandala era tan grande que no había fallecido aún y todo el mundo -toda la gente importante, se sobreentiende- estaba ya deseando su muerte para acudir a su funeral y pronunciar unas palabras de alabanza, que pudieran ser recogidas en los telediarios de sus respectivos países.
A diferencia de otros cuentos con base lacrimógena, en la que el asunto nos habla de un tipo de piel oscura, esclavo en una plantación de cacao, azúcar, algodón o marihuana, que a base de aguantar crueles vejaciones y fortísimos castigos, consigue robustecer su alma y, en un descuido de sus captores, alcanza la libertad, Mandela no se escapó de ninguna hacienda.
Por el contrario, Mandala estudió abogacía y se dedicó a la política, con tan buena fortuna que fue condenado a cadena perpetua. Lo fue después de un juicio justo, con un tribunal formado por demócratas descendientes de los conquistadores europeos, en el que se defendió a sí mismo de la acusación de haber pretendido la desvergüenza de que las gentes de piel con color negro fueran, en lo que afecta a derechos, capacidades intelectuales y sentimientos, iguales a los que habían nacido con la epidermis blanca y se vanagloriaban de haber sido elegidos por los dioses para dominar la Tierra.
Mandela estuvo 27 años en la cárcel, en una isla con hermosas vistas que él no pudo ver pero se imaginaba, lo que ya demostraba una resistencia física desmesurada, que debería haber puesto sobreaviso a los que suponían que su carisma se consumiría como la cera. Mandala tenía consigo una botella repleta de un líquido mágico, que se llama voluntad, y que se rellenaba automáticamente con solo pensar en que el objetivo que le guiaba era muy superior a lo que podría desear una persona.
Era algo por lo que merecía la pena morir, había dicho Mandela. Por eso, sus semejantes negros lo convirtieron en Madiba, el anciano sabio, un líder por encima de lo natural. Tanto, que un grupo de intelectuales que disponían de dinero y capacidad para hacer anualmente una fiesta de postín con el dinero que les había dejado el inventor de la pólvora, le dieron el Premio Nobel de la Paz en 1993; se lo dieron junto a Frederik Willem de Klerk, un desconocido blanco, que se convertiría en el Presidente de la República de Sudáfrica anterior a Mandela.
Mandala se presentó a las elecciones de su país, que se llamaba también Sudáfrica, y consiguió la Presidencia. En realidad, su programa era muy bueno para los negros, que fueron quienes le votaron y, como eran la inmensa mayoría, ganar estaba chupado. Lo que no era tan fácil de entender es que el programa de Mandela era también bueno para los blancos, que no le habían votado. Incluso muchos demócratas del país más democrático y, por ello, más rico de la Tierra, no lo entendieron así, y, por ello, su presidente, Ronald Reagan (sin parentesco con el del pato del mismo nombre) mantuvo que había que mantener separados a los blancos de los negros, para que no se contagiaran entre sí, en la línea ya experimentada en su país de que el que los pobres tuvieran un color oscuro facilitaba mucho su identificación.
Mandela fue presidente durante cinco años y se preocupó por demostrar a los blancos que los negros no comían carne humana, y a los negros de que los blancos no les hacían daño porque fueran malas personas intrínsecamente, sino porque les tenían miedo porque no los distinguían bien en la oscuridad, que es donde muchos blancos buscan la ocasión de dar sus cuchilladas.
Mandela estuvo presente en la final del Mundial de Sudáfrica en 2010, que será una fecha inolvidable para los españoles, porque su selección de fútbol ganó el campeonato, probando así, una vez más, que aquella es tierra de milagros. Algunos vieron a Mandala sentado al lado de Mandela, o incluso se dice que estaban confundidos en la misma persona. Pero no es así. En los funerales por Mandela, que se celebraron con gran fausto en la segunda semana de diciembre de 2013, quedó demostrado que Mandala era un hombre objeto y Mandela un ser sobrenatural, indestructible, eterno, incapaz de sucumbir ante el abrazo de oso de los cientos de mandatarios interesados en rentabilizar, en su beneficio, la muerte de Mandala.
Cuando se disipó el humo de las complacencias y las alabanzas por Mandala, una joven negra se subió al estrado que había quedado abandonado, después de la ceremonia, y pronunció estas palabras, apenas audibles: «Sí, puede que estemos en un país demócrata, y que los negros tengamos sobre el papel iguales derechos a los blancos, pero yo vivo en la misma cabaña que habitaron mis abuelos, gano con mi trabajo la cuarta parte de lo que ganaría un blanco, y mis hijos no van a la Universidad porque ni siquiera saben dónde se cogería el autobús para ir hasta allí».
Mandela, el inmortal, le lanzó un soplo de voluntad, aunque ya no puedo decir si alcanzó a la joven o se perdió entre la arena.
FIN
